Los títeres, esos conocidos desconocidos del templo del teatro

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Diciembre es uno de esos meses que no mas comenzado anuncia ya su esencia de cierre, de terminación, de desenlace de un ciclo. Sucesos muy especiales cercanos al mundo de los muñecos, vienen a mi memoria a modo de resumen del año. Entre estos, las desapariciones físicas de artistas como Teresita Fernández, imprescindible desde sus aportaciones a la música, la literatura, los niños y los títeres. Lo mismo sucede con las contribuciones creativas de Abelardo Estorino, dramaturgo de talla mayúscula, vinculado al teatro todo, el dramático, la comedia, el musical, el de figuras. El 15 Festival Internacional de Teatro de La Habana con fuerte impacto titiritero, tanto en sus propuestas para los infantes como para los adultos. Comenzaron los preparativos del 11no Taller internacional de Títeres de Matanzas, que acogerá en abril de 2014 el Consejo Mundial de UNIMA (Unión Internacional de la Marioneta) por primera vez en Cuba y en la región del Caribe y Latinoamérica.

Sobreviene entonces la pregunta: ¿Cuánto hemos ido ganando para el género que, como arte vital en activa transformación, adquiere tanto como descarta? Ya no se nos podrá despojar de lo que hemos ido alcanzando, los aportes de beneficio han sido muchos y hay que pensar sobre eso si queremos continuar en la búsqueda de dignidad para la profesión titiritera.

Nuestra labor ha saltado la imagen puntual y romántica del titiritero trashumante, nacido de la nada, por pura inspiración natural. El teatro de títeres dialoga hoy de tú a tú con el teatro de actores. La conversación a veces parece de sordos, pero mayoritariamente pasa por un intercambio armonioso y fructífero. Si hacemos bien lo que nos toca, el inmenso y falso vado que ha separado por tanto tiempo a los títeres como un teatro otro, puede y tiene que acortarse. El público que asiste a los espectáculos titiriteros gana cada vez más espectadores de diferentes edades, y en esa ganancia los hacedores del teatro con muñecos, objetos y otros elementos escénicos, tenemos gran responsabilidad, no solo desde el terreno de lo estético, sino también de lo ético. Hay que enfrentar el trabajo teatral, para además de disfrutarlo y hacerlo bien, dejar en todos una huella que tiene que ver con las palabras arte, sociedad y futuro.

Imagen: La Jiribilla

No hay que tenerle resquemor a la ciencia del teatro, ella existe para que dominemos los misterios que se nos escapan, para entender las cuitas de la fantasía, las dudas, tristezas y alegrías de los hombres y mujeres. Un titiritero no debe conformarse con ser el magnífico intérprete de un muñequito bien animado. En esa excelente habilidad tiene que existir también la capacidad del riesgo creativo, de un lance  que le permita enfrentar  los problemas sociales con la multiplicidad de valores que poseen el arte y la cultura. Desde las sombras coloreadas y las siluetas del teatro en Asia o la India, pasando por las festividades rituales con figuras en África y América, junto al empuje de los héroes populares  europeos, tenemos que conocer  los ismos más potentes del género a través de la historia, ellos nos ayudarán a entender los avances y retrocesos conquistados y padecidos. Todo puede  cambiar. La rebeldía innata de los títeres y titiriteros no debiera ser nunca un arma para enarbolar en contra de la sabiduría, la sensibilidad o lo artístico, sino para lograr espacios negados, inexplorados, para adquirir independencia y fortaleza teatral.

Con una buena dramaturgia, visualidad, sonoridad e interpretación, los resultados pueden ser imbatibles. Una tierra de triunfo donde vencen los pequeños y los grandes espectadores, pues quien gana verdaderamente es el teatro,  sus componentes  en activo, la certeza de lo que podemos y debemos alcanzar. El público sigue ahí, esperando, el mundo frágil y finito también. No los matemos a ambos de aburrimiento con tonterías dramáticas, ni acciones pedantes en la escena. Los títeres, esos conocidos desconocidos, pueden ser, junto a sus oficiantes, algo más que los personajes díscolos de la familia del teatro y mucho, mucho más, que aquellos entes marcados por la infinidad de veces que han sido expulsados del templo.

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