Formación profesional vs. Mercado laboral,
frente a la tormenta globalizadora:

¿Qué comunicador queremos?

Raúl Garcés • La Habana, Cuba

El campo profesional de la Comunicación se expande actualmente como remolino en el ojo de una tormenta. A diferencia de otras especialidades colmadas de certezas, la nuestra interactúa con saberes rápidamente cambiantes y se inserta dentro de una era de la información que ha revolucionado de manera abrupta todas las esferas de la vida. No creo que el Derecho Romano, las Ingenierías o las Matemáticas sobrevivan como nosotros al borde de tantos y tan descomunales peligros.

Imagen: La Jiribilla

A diferencia de etapas precedentes, donde la información ocupaba un espacio específico como fuente de interacción y articulación entre las personas, se trata ahora de un modo radicalmente distinto de gestar y configurar las relaciones sociales a escala planetaria, con implicaciones en el desarrollo del proceso civilizatorio. En el siglo XXI, la UNESCO o la UNICEF podrán invocar mejoras en los índices de escolaridad de los niños de América Latina y el mundo, pero eso no basta para dejar de ser analfabetos. Analfabetos son también quienes están privados, por razones económicas o de otro tipo, de apropiarse tempranamente de las tecnologías, quienes no desarrollan a lo largo de su formación habilidades para hacerse competitivos en el mercado laboral, quienes se dejan arrastrar de adolescentes por la maquinaria propagandística de las industrias culturales y van renunciando, voluntariamente o no, a convertirse en ciudadanos.

Si asumimos con Darcy Ribeiro que el subdesarrollo equivale a desconexión más pérdida de la memoria histórica, admitiremos que no es solo el crecimiento del Producto Interno Bruto de nuestros países lo que permitirá catapultarnos hacia una vida mejor. La geografía de América Latina se va poblando cada vez más de ciudades con apariencia primermundista, pero no necesariamente detrás de los rascacielos y las vidrieras hay un salto cultural. La globalización neoliberal ha sabido conectar sorprendentemente todo lo que gravita en torno a la lógica del mercado, pero ha desconectado, al mismo tiempo, lo que existe al margen de él. El affaire de una pareja de famosos puede sacudir hasta el cansancio las pantallas de la televisión mundial, mientras decenas de costumbres y tradiciones de nuestros pueblos están condenados, casi de modo permanente, a la invisibilidad. No nos engañemos: para cierto tipo de público, un catarro de Lady Gaga o de Justin Bieber casi compite en relevancia con el estallido de la Segunda Guerra Mundial o la caída del Muro de Berlín.

José Saramago nos lo había advertido hace más de dos décadas: se puede vivir inundado de información por todas partes y estar desinformados. Las estructuras de dominación de la sociedad contemporánea han comprendido muy bien que tienen en la información y la comunicación recursos estratégicos para acomodar el mundo a imagen y semejanza de sus intereses.

Saquemos las lecciones, por ejemplo, de las revelaciones recientes de Edward Snowden: a pesar de los esfuerzos de Barack Obama por restarle importancia al escándalo del espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional, no es fortuito que personalidades tan dispares como Vladimir Putin, Angela Merkel, o Dilma Rousseff hayan coincidido en plantarle cara al Presidente norteamericano. Empresas de EE.UU., Canadá, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, entre otros países, han demostrado que, si de obtener información se trata, poco importan las relaciones políticas, las buenas prácticas de los socios comerciales, el clima de confianza entre aliados estratégicos. Los espías penetraron las arcas informacionales del gigante brasileño PETROBRAS, las conversaciones telefónicas de la Merkel, las confidencias de varios mandatarios europeos y probablemente muchos otros espacios privados que algún día conoceremos. Si los conquistadores antiguos ambicionaron lingotes de oro para hacer crecer el botín de sus riquezas, los conquistadores modernos codician las bases de datos de Facebook, Twitter y Google para planificar estrategias de mercado, disparar sus ventas, chantajear a los adversarios ideológicos e imponer a su antojo el poder.

Relaciones con la enseñanza del Periodismo

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la enseñanza del Periodismo, la Comunicación y las Ciencias de la Información? ¿Acaso no están esperando ustedes que yo les hable de mapas curriculares, de formación de profesionales en pre y posgrado, de cómo se articulan los procesos sustantivos que dan vida a la enseñanza universitaria? Prometo que lo haré, pero permítanme primero relacionar lo que he dicho hasta aquí con algunas premisas, probablemente polémicas:

1. Hay una distancia profunda entre el carácter arremolinado y turbulento de la sociedad informacional contemporánea y el inmovilismo, o la pasividad, o la falta de reacción a los estímulos del entorno social de los diseños curriculares de la Educación Superior. Como regla, nuestras carreras se levantan sobre arquitecturas demasiado rígidas, herederas de enfoques predominantemente instrumentales, más concebidos para resolver con urgencia problemas prácticos, que para dotar a los estudiantes de claves interpretativas que les conviertan en portadores de la transformación social.

Las propias exigencias del mercado laboral alimentan de un modo definitivo esa realidad. Una empresa o medio de prensa generalmente espera de nuestros graduados que escriban bien, que conduzcan eficientemente estrategias de marketing, que produzcan contenidos atractivos o que incrementen las audiencias de la radio y la televisión a costa de mensajes impactantes. A escala global, los escenarios de comunicación están colmados de recetarios y estandarizaciones al acecho de nuestros egresados. Muchas instituciones y sus directivos prefieren a reproductores acríticos del discurso oficial, que a agentes realmente productores o creadores de sentido.

2. Atomizados y dispersos, nuestros planes de estudio han impedido en ocasiones a los estudiantes reconocer el carácter integrador del conocimiento, a costa de fragmentarlo en una marea de asignaturas que articulan separadamente los haceres y los saberes. Tales fracturas han contribuido poco a pensar la realidad críticamente y a concebir el proceso comunicativo como un conjunto complejo de interrelaciones mediadas. Por más que critiquemos a Harold Lasswell, muchas de las entrevistas, reportajes, diagnósticos y estrategias de comunicación salidos de nuestras aulas están arropados bajo la fórmula “quién dice qué, por qué canal y con qué efectos”.

Si alguien quisiera aterrizar la reflexión anterior en un escenario específico, considere por ejemplo el modo en que abordamos la mediación tecnológica. La enseñanza de la tecnología irrumpe en nuestras facultades modelada en asignaturas específicas para resolver problemas muy concretos. Mientras hablamos de convergencia digital, seguimos impartiendo prensa impresa, radio y televisión como lenguajes independientes. Mientras invocamos post, podcasts, blogs —y vlogs— nos aferramos a los géneros periodísticos como una de las irrenunciables columnas vertebrales de nuestras especialidades.

Sabemos que la tecnología ha marcado para siempre la experiencia de vida de los nativos digitales que hoy estudian en nuestras aulas y que transversaliza el modo en que se configuran las relaciones sociales, pero no conseguimos que ella atraviese, también de modo transversal, la organización de los currículums.

Nuestros alumnos, que no son tontos, se han percatado, tal vez mucho mejor que nosotros, de que la comunicación no responde más al paradigma de los medios tradicionales, ni al espíritu de tertulia que inundó hasta hace pocos años las redacciones de los buenos periódicos.

De su misma práctica frente a la computadora han aprendido que un community manager, con una gestión intensiva de contenidos en las redes, puede llegar tan lejos o más que el brillante columnista de un medio tradicional. O que un bloguero sagaz puede poner en jaque sofisticadas agendas mediáticas, incluso trasnacionales. O que el consumo informativo se reparte cada vez más entre los viejos y los nuevos medios, dentro de un mundo donde mucha gente accede a Internet, y otras muchas se pasan de mano en mano, o de pent drive en pent drive, los contenidos disponibles en la web.

3. Aún cuando puede hablarse ya de una teoría latinoamericana en nuestros campos, que ha hecho contribuciones importantes a la gestación de un pensamiento alternativo y a la activación de una masa crítica de comunicadores, estamos lejos de convertir esos resultados en bibliografía al alcance de todos, o en renovación de nuestros sistemas de conocimientos o, más ambicioso aún, en un proyecto político de comunicación de alcance continental.

Varios factores conspiran contra la voluntad de lograr el propósito anterior: uno tiene que ver con nuestras lógicas investigativas, lastradas en muchos casos por la falta de presupuesto o el escaso contacto con circuitos regionales e internacionales de investigación. Es difícil reconocer al otro desde la ausencia de diálogo o desde la ignorancia en torno a métodos, técnicas, procedimientos que permitan dar saltos cualitativos y no reproducir milenariamente diseños empíricos rutinizados, arcaicos, vencidos por las propias demandas de la práctica social.

En segundo lugar, la carencia de un proyecto político claro de comunicación diluye muchas veces las prioridades y nos pone a estudiar de la nube al microbio, sin que muchos de esos resultados puedan aplicarse o trascender los estantes empolvados de algunas bibliotecas universitarias. Construir un pensamiento alternativo implica necesariamente un ejercicio de subversión del poder y, en el caso que nos ocupa, de un tipo de poder que utiliza los símbolos, la información y el conocimiento para perpetuar relaciones históricas de dominación.

Comparto con Francisco Sierra la noción de capitalismo cognitivo para designar un modelo de integración mundial que condena la mayor parte de la producción cultural, como dije antes, a las lógicas del capital globalizado. Pero, al mismo tiempo, subrayo que no es posible construir un proyecto alternativo a ese poder si no también desde la información, el conocimiento y la cultura.

No basta conectar a los 7 mil millones de habitantes de la Tierra a Internet, ni multiplicar exponencialmente las redes de banda ancha, ni abaratar los costos de smartphones y blacberrys para que accedan a ellos un número creciente de usuarios. Las tecnologías no son por sí solas garantía de ningún cambio social. Burlándose precisamente del determinismo tecnológico, un simpático Rector de una universidad inglesa dijo alguna vez a sus alumnos: “señoras y señores, las nuevas tecnologías son la respuesta. Por favor, ¿cuál era la pregunta? Justamente en las preguntas radica el gran desafío. ¿Cómo articulamos un discurso nuevo y generamos a su vez un ejercicio nuevo de la política? ¿Cómo hacemos para producir contenidos que edifiquen, y no que esclavicen o embrutezcan? ¿Cómo despojamos a la Universidad, a nivel global, de la burocracia que la consume y le restituimos su pasión por la deliberación, el debate y la vocación de hacer ciencia?

4. Las interrogantes anteriores me conducen a subrayar un cuarto y último aspecto. Dentro del mundo contemporáneo, resulta suicida que la realidad viva de espaldas a la academia, o que, en sentido contrario, la academia cierre sus ojos frente a la práctica social. Esto, que parece una verdad de perogrullo, constituye un problema que todavía estamos lejos de resolver.

Los “academifóbicos” nos ven casi como objetos raros de laboratorio, incapaces de responder con prontitud y sentido práctico a sus demandas. Los “academifílicos”, por su parte, canalizan a través de nosotros su profundo desprecio por el mundo exterior, a cuyos contrastes y contradicciones les cuesta, desde su supuesta altura, descender.

En el fondo, una y otra posición coinciden en su naturaleza retrógrada y son nefastas para el protagonismo que la Universidad debiera demostrar en la vida política, económica y social contemporáneas. No es posible pensar en Investigación + Desarrollo + Innovación sin el papel crucial de las universidades. Sería utópico pretender desatar las potencialidades de la Sociedad de la Información y el Conocimiento, si precisamente la Información y el Conocimiento no se sitúan en el centro de nuestros modelos de desarrollo.

Jesús Martín Barbero, en una polémica entrevista advirtió hace algunos años sobre un problema que he venido bordeando en estas páginas y que ahora enfatizo, a través de sus palabras: “las Facultades de Comunicación —decía Barbero— no pueden renunciar a un proyecto de país”. Estamos ante la presencia cada vez mayor de una comunicación empresa rentable...... y una universidad mediocre que no deja tiempo para investigar, que ni siquiera tiene profesores que ganan para comprar libros (…) Mucha gente no encaja porque las empresas de medios no quieren gente que venga a cuestionar y que venga a democratizar lo que está pasando. Lo que quieren es “cargaladrillos" que se pregunten muy pocas cosas sobre el mundo, sobre la vida y sobre el país. Cuanto menos se pregunten, mejor”.

Si queremos alentar un proyecto de país desde nuestras Facultades, hay que estimular en los egresados un universo de inquietudes que no solo nazcan de los libros, sino también de una relación compleja y contradictoria con el mundo. Debiéramos preferir investigaciones imperfectas pero osadas, antes que otras pulcras, pero herederas de una muy costosa mojigatería intelectual.

Estrategias profesionales

Nadie nace genéticamente preparado para pensar de manera crítica su entorno. Si no existe un ambiente de pensamiento crítico, una esfera pública universitaria que lo estimule y unas circunstancias objetivas y subjetivas institucionales que lo favorezcan, sería como pedirle peras al olmo. ¿Cómo estimular esas circunstancias? ¿Cómo darles vida y encontrarles cauce dentro de los procesos de formación, investigación y extensión universitarios? Sin ánimo de ser conclusivo, me aventuraría a plantear algunas ideas:

a) No es prudente aplazar para mañana o para el futuro lejano la construcción sistemática, progresiva, consistente de una teoría de la comunicación y el periodismo contrahegemónicos. Mucha de la literatura que utilizamos proviene de universidades primermundistas —y no lo critico— pero la verdad es que, en medio del “vivir al día” que nos acecha, dejamos escapar cotidianamente experiencias alternativas dignas de estudio y resultados empíricos que podrían integrarse de forma paulatina a una teoría mayor.

Vivimos, probablemente sin que nos demos cuenta, en un continente que es epicentro de muchos cambios. De aquí han emergido movimientos sociales con una extraordinaria potencialidad comunicativa, se gestan leyes de prensa y normativas jurídicas que intentan democratizar todavía más el acceso a la información, se articulan medios comunitarios con prácticas de comunicación muy singulares, se discuten políticas públicas que podrían servir de referente a lo que ocurre en otras latitudes. Pero nos cuesta sistematizar ese conocimiento para convertirlo en pensamiento que drene hacia una actualización permanente de nuestros planes de estudio de pre y posgrado.

En el caso específico del posgrado, la situación desventajosa de la enseñanza en las universidades del Tercer Mundo, le hace poco favor al propósito de avanzar investigaciones maduras, consolidadas en su naturaleza transdisciplinar y con potencialidad para generar teoría. Solo un dato: EE.UU., con el 5% de la población del orbe, forma hoy el 34% de los doctores de todo el mundo, mientras que apenas el 13% de los más de 2 mil centros universitarios latinoamericanos tienen capacidad para otorgar ese grado científico.

b) Hay que armonizar las agendas públicas y las agendas investigativas, de modo que contribuyamos cada vez más, de un lado, a la solución de problemas planteados por la práctica social y, de otro, a producir la teoría contrahegemónica que mencioné antes. Jerarquizar la investigación tanto a nivel de pregrado como de posgrado ha implicado para nuestra Facultad:

  • Definir, de conjunto con el mercado laboral, agendas investigativas comunes que, permitan a los estudiantes generar resultados aplicables a problemas y contextos concretos.
  • Desarrollar habilidades investigativas a lo largo de todo el mapa curricular, en tres niveles: uno elemental, otro básico y uno último de profundización. Especialmente entre tercero y quinto años los estudiantes no solo deben apropiarse de herramientas, métodos y técnicas para investigar, sino también escudriñarlos en estudios específicos, que son descompuestos y luego recompuestos críticamente en talleres teórico metodológicos. Concretar la investigación en proyectos de naturaleza transdisciplinar, que puedan sumar las fuerzas y las competencias de estudiantes de todas nuestras especialidades y permitan reconocer las fortalezas de cada campo profesional, y sus potencialidades de integración a corto, mediano y largo plazos.
  • Socializar nuestros resultados en espacios nacionales e internacionales de discusión y diálogo, donde participen no solo los autores, sino también profesionales de nuestros ámbitos y decisores políticos, y donde se genere un ambiente de legitimidad para la investigación, como recurso estratégico del desarrollo del país.
  • Actualizar permanentemente las prioridades de pre y posgrado, de modo que las investigaciones se asocien a las necesidades emergidas de la institución y su contexto.

c) Un tercer aspecto a considerar tiene que ver con la construcción de los mapas curriculares. Los planes de estudio no pueden ser más la suma acumulativa de conocimientos, sino la integración de ellos a partir de mediaciones transversales al universo de nuestras carreras. Comparto la preocupación de quienes han señalado que la ética, las prácticas profesionales, la historia y la teoría de la comunicación, los marcos regulatorios comunicativos, son enseñados las más de las veces como asignaturas independientes, y no como partes de un solo cuerpo de conocimiento.

Si realmente queremos formar pensadores críticos, deberemos proveerlos no solo de las herramientas que les permitan ser empleados en el mercado laboral, sino también de una articulación de ideas, convertidas en claves interpretativas para participar activa y eficientemente en los espacios de la sociedad de la información contemporánea.

Refiriéndose específicamente al campo del Periodismo, un autor norteamericano, Stuart Adam, ha dividido en por los menos cinco ejes las mediaciones articuladoras de la especialidad: al primero lo llama “la filosofía del Periodismo”, donde incluye lo relativo a la historia de la profesión, o de conceptos históricamente asociados a ella como libertad de expresión y de prensa, o los presupuestos éticos del ejercicio profesional. Un segundo eje tiene que ver con las habilidades del periodista; es decir, la redacción, el manejo de los lenguajes, las diferentes técnicas de producción comunicativa. Un tercer eje se relaciona con el contexto; esto es, hacer del comunicador un humanista a través de un conocimiento cultural, económico social y político que le permita desarrollar otra sensibilidad frente al mundo. A uno cuarto le llama criticismo: es decir, la capacidad de deconstruir las prácticas periodísticas desde una dimensión intelectual, estética y moral. Y por último señala la metodología como desarrollo de una autoconciencia para evaluar los métodos más efectivos a la hora de producir conocimiento.

Cito este ejemplo porque ilustra cuán universal es la preocupación por evitar atomizaciones o fragmentaciones poco funcionales de los contenidos. Si añadiéramos a las mediaciones anteriores la tecnología, completaríamos así un mapa que, a mi juicio, atraviesa de un extremo a otro nuestras especialidades, independientemente de nuevos temas que puedan añadirse según lo demande la propia evolución de la sociedad informacional. La filosofía de la comunicación, la práctica de la comunicación, el contexto de la comunicación, la crítica de la comunicación, la metodología de la comunicación y la tecnología al servicio de la comunicación.

Tal vez va siendo hora de someter a revisión el modelo ciespalino de comunicador que recorrió muchos de nuestros países en los años 80 y 90. No para darle necesariamente la razón a Gabriel García Márquez, y a las ideas contenidas en aquel artículo explosivo de 1996 (“El mejor oficio del mundo”), que arremetía contra la integración de un periodista-comunicador. Pero sí para admitir que en ambas posiciones hay aspectos ciertos, atendibles e ignorarlos no va a restarles importancia ni va a contribuir a resolver el problema. Tan dañina es una concepción instrumental de la comunicación, que la reduzca a estrategias, diagnósticos y productos comunicativos, como una visión teoricista, que la convierta en abstracciones y generalizaciones ajenas a las demandas del mundo real.

d) En cuarto lugar, quisiera referirme a la práctica laboral de los estudiantes. Es usual para nosotros que los alumnos se vinculen a los medios nacionales de prensa y ejerciten, al menos durante dos meses al año, los conocimientos aprendidos en las aulas. En realidad, solemos hablar de una práctica concentrada (que acabo de citar) y otra sistemática, que tiene lugar durante toda la carrera.

Lo que llamamos disciplina “práctica laboral” es esencial para los futuros comunicadores en, al menos, tres aspectos: primero, darle sentido a la teoría, realizarla en un espacio profesional concreto e imponerla progresivamente como herramienta de cambio frente al utilitarismo prevaleciente en el mercado laboral. Segundo, darle sentido a la propia práctica, a la técnica comunicativa que los estudiantes desplegarán durante sus coberturas mediáticas o en los departamentos de Comunicación Institucional, publicidad y marketing donde suelen ser ubicados. Y tercero, relacionarse “in situ” con las tendencias emergentes de la sociedad de la información, y con los cambios radicales que ellas entrañan para el proceso comunicativo.

Ideas de cierre

Es obvio que no es lo mismo la historia contada que la historia vivida en carne propia. Tropezarse, por ejemplo, con redacciones de prensa integradas, marcadas progresivamente por el imperativo de la convergencia digital para conformar sus agendas, entender las nuevas rutinas y dinámicas de producción de mensajes, trabajar para públicos concretos, que en muchos casos acceden a las noticias a través de dispositivos móviles y no de los medios tradicionales, y que han transformado, consecuentemente, sus lógicas de recepción y consumo informativo, es vital para hacer crecer la madurez intelectual de los estudiantes y una actitud profesional “con los pies en la tierra”. Yo diría que la distancia entre los saberes y los haceres casi desaparece cuando hay una práctica laboral fecunda y bien conducida.

No tengo que decir que generar un pensamiento crítico toma años, quizá toda la vida, pero resulta imprescindible para nuestras especialidades. El torbellino de la tormenta globalizadora ha traído consigo ventajas indiscutibles, pero también ha esparcido a la velocidad de la luz los gérmenes de una sociedad enferma. Sube la marea del infotainment, decrece el número de personas que leen, escuchan o ven noticias. Un estudio reciente del Pew Research Center multiplica en varios puntos el porciento de norteamericanos que ya no cree en los medios de comunicación ni en los políticos. Tenemos más Internet, pero tenemos también un aumento alarmante del consumo de pornografía a través de la web. La comunicación pública palidece incluso en la vieja Europa, que había sido paradigmática de este modelo desde tiempos de la BBC. Ignacio Ramonet llama a generar un quinto poder o un poder ciudadano que se active permanentemente y ejerza contraloría sobre el potencial narcotizador de los medios.

En ese contexto, sería suicida que no nos integráramos y no visibilizáramos nuestras experiencias. A los latinoamericanos, suele resultarnos más fácil estar al tanto de lo que sucede en los EE.UU. o Europa, que saber lo que pasa entre nosotros mismos. Hay que articular los medios comunitarios, los observatorios de comunicación, el pensamiento de nuestras universidades; multiplicar la investigación comparada de la comunicación de nuestros países, que no por gusto es tan utilizada hoy en los estudios de naciones primermundistas. Si convenimos en que la información es poder, estaremos de acuerdo en que alejarnos de la sociedad informacional es condenarnos a la pobreza intelectual y la exclusión. Esta pelea se gana participando, marcando la ofensiva, dejando nuestra impronta en el terreno de las redes sociales, los blogs, los medios comerciales, los públicos, las empresas, en todas partes. A pesar de los obstáculos, tenemos capital cultural, capital político y más tecnología, de modo que ganar esta pelea depende, como nunca antes, de nosotros mismos.

 

 Ponencia tomada de Comunicación e Información contrahegemónicas en los escenarios de la integración: memorias ICOM 2013. Universidad de La Habana, Cuba, 2013.

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