A Guitarra Limpia:

Ay, Teresa, con esa música en el alma...

La capacidad de emocionarme, esa que he ido perdiendo con los años, la recuperé toda y de golpe el 30 de noviembre. Fue, quizá, en el lugar y en el momento menos apropiados: una galería repleta de gentes, convertida con urgencia en sala de conciertos, con un improvisado escenario rodeado de libros, luego de más de 24 horas de intensos y constantes aguaceros.

Imagen: La Jiribilla

La artífice: Teresa Parodi, una argentina que tiene una hermosa y potente voz, que es una gran comunicadora, que es cálida e inmensamente sencilla, pero que es mucho, mucho más.

Se trata de que sus canciones “son luminosas compañeras del amor”,  de que cuando se fue de maestra a los montes descubrió “que había dos países: uno de adentro, marginado, y otro mirando hacia fuera para copiar”, de que le canta a los sin voz como Celestina Batista, quien “vende por pocas monedas tanta paciencia tejida”.

Teresa nos volvió a presentar, treinta años después de su nacimiento, a Pedro Canoero, quien sigue río arriba y río abajo con su carga; convirtió a su Argentina querida en Paloma palomita y nos leyó (cantó) a todos su íntima carta A la abuela Emilia.

Imagen: La Jiribilla

Nos trajo también a los desaparecidos, que “no se fueron, porque estamos construyendo desde la memoria generaciones nuevas para hacer un nuevo país”. Así lo cantó en Nunca más y nos explicó que “aprender la lección de la historia debe ser no perder la memoria”. Manejó las esdrújulas de una manera especialmente vibrante, se rió de los años y nos sedujo con el mito de la eterna juventud, confirmó su militancia y su optimismo cuando nos aseguró que “son nuestras las flores nuevas, no hay quien las mate y están naciendo por todas partes”.

Y si fuera poco, nos regaló una canción recién hecha, Verde azul –“¡Qué belleza!”, exclamó Vicente Feliú–, nacida de su descubrimiento de esta Isla en su primera gira por el interior de la nación,  “con tanta gente hermosa”.

Le tiene prohibido a sus jóvenes y talentosos músicos acompañantes (Matías Arriazu, guitarra, y Gaspar Tytelman, percusión) decir que ellos cantaban sus canciones cuando niños. No obstante, a los dos se les nota la admiración y el orgullo de compartir equipaje y escenario con una grande de la música latinoamericana.

Lo que me ocurrió ese sábado en el Centro Pablo, con casi 60 años, solo lo había vivido en dos ocasiones anteriores, en la década de los 70 del pasado siglo: en una salita pequeña de la Biblioteca Nacional José Martí con Silvio Rodríguez estrenando su Sueño con serpientes y, cuando sorteando con dificultad la distancia entre la Universidad de La Habana y el anfiteatro del Parque Lenin llegué tarde y lejos para ¿ver?, ¿escuchar? por primera vez, en vivo, a Joan Manuel Serrat.

Imagen: La Jiribilla

Ahora, desde el primer acorde de Pequeñas revoluciones y hasta el último de Y qué más,  fui soltando lastre. Volví a conmoverme,  a creer.

Limitada en mis aptitudes musicales –que me llevó muchas veces a la fila última del coro femenino de la escuela con la sugerencia de la profesora de “abre la boca, pero canta bajito” –, me sorprendí de regreso a la casa repitiendo el estribillo que cantamos todos juntos: “y qué más, qué más quisiera, la música en el alma y el amor en las trincheras”.

Demostró Teresa Parodi, nuevamente con este concierto, que ella es el canto que no cesa. Démosle las gracias porque, ¿qué seríamos con su silencio?

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