El alma de Malakhov

Leandro Estupiñán • Holguin, Cuba
Martes, 10 de Diciembre y 2013 (6:22 pm)

Hay algo en su constitución física que revela adiestramiento del cuerpo. Si no supiéramos de quién se trata, solo de mirar descubriríamos a una persona que ha estado sometido a una férrea disciplina durante años. No es musculoso como un gimnasta, pero algo en él sugiere que la herramienta fundamental es la maquinaria de huesos y músculos que nos permiten la existencia. Avanza con delicadeza y suele vérsele una sonrisa en el rostro. Un mechón de pelos tiende a ocultarle la frente. Cuando se detiene, los ojos dejan la impresión de una persona insondable, como si estuviera pensando en la remota Ucrania donde nació, tan lejana de este suelo que ahora pisa, el del Teatro Comandante Eddy Suñol, la principal sala de Holguín.

Vladimir Malakhov llegó sobre la siete de la noche por la puerta trasera. Saluda a los porteros y al personal cercano y sigue por un pasillo. Hay espejos en uno de los laterales y firmas a plumón sobre un espacio de la pared escogido para constatar las múltiples visitas. Luego de atravesar un par de puertas queda junto al escenario. Bordeando las cortinas y siguiendo un acceso poco iluminado llegará a los camerinos. Es una sección totalmente nueva, construida para la reinauguración en el 2009. Anda  escoltado por cuatro personas entre quienes se encuentra una espigada bailarina de Danza Contemporánea y su pareja, un hombre de cuarenta años que hoy viste camisa de mangas. Se le ha visto la mayor parte del tiempo junto a la estrella de la danza, por años director artístico de la Opera de Berlín y quien desde el venidero mes de julio inicia una nueva etapa de trabajo con la de Tokio. El nombre de este hombre es Paul Seaquist y se desempeña como su manager desde hace 17 años.

¡Wow!... 17 años, expresa Seaquist cuando hablamos del asunto.

Aunque nació en Alabama, es de origen chileno. De Santiago son sus padres, una pareja dedicada al magisterio como el resto de  la familia. A través de ellos se acercó a las arte y a la literatura, de manera que además de su relación con el ballet desde su posición como promotor y empresario cuenta con una historia en las letras. Ha escrito dos libros, uno de poesía (Silencios) y otro de cuentos (Cartagena). Habría querido ser bailarín, pero después de estudiar en Suramérica por ocho años uno de sus profesores, Ivan Nagy, le aseguró que nunca llegaría a desempeñarse como primera figura. “Como no quería hacer de árbol toda mi vida le di las gracias y me fui a estudiar literatura.” Era un buen lector y seguía amando el ballet, razón por la que siendo alumno de Yale se iba a New York para ver toda clase de funciones de Ballet. “Lloraba viéndolas”, dice. Un día escribió un libreto que le vendió a Malakhov y aunque no llegaron a montarlo fue el inicio de su amistad. El bailarín se puso en comunicación con él para pedirle que fuera su manager. “De pronto se me abrieron las puertas de todos los teatros grandes del mundo. ¡Yo hacía negocios con La Scala de Milán, con el Met de Nueva York, con la Ópera de París, con la Ópera de Londres…! ¡Negocios enormes! Y yo era un niñito de veinte años”.

Mientras nos adentramos en una conversación por la que empiezan a desfilar autores cubanos como Carpentier, leído por Seaquist a los 15, Lezama, quien le hizo enamorarse de nuevo de la literatura cubana después del encuentro prematuro con Carpentier, Cabrera Infante y Leonardo Padura, autor con el que ahora quiere establecer comunicación porque se considera otro de sus fanáticos, Malakhov surge tímidamente en el escenario. Avanza mirándolo todo como si estuviera reconociendo el mundo. Seis bailarines de Codanza ensayan Muerte prevista en el guión, coreografía de la argentina Susana Tambuttia que presentarán en poco más de una hora, luego de que la estrella invitada abra la noche con una pieza escrita para él cuando dejaba el Bolshoi para adentrarse en caminos inhóspitos y difíciles, pues daba la espalda a cuanto había conseguido, solo para crecer como artista.

- Para ser ruso parece bastante friolento, digo y el entrevistado sonríe.

Malakhov lleva el cuerpo forrado con chaqueta y pantalones negros. A veces se frota los brazos y encoge un poco los hombros. Ubicado en una esquina del escenario escudriña las lunetas hasta dar con su manager, sentado frente a mí en el tabique interpuesto entre la primera fila de asientos rojos y el foso. Pide en inglés que suspendan el aire acondicionado por un rato, algo que Seaquist solicita, elevando la voz para que llegue a Maricel Godoy, la directora de Codanza que ha estado probando las luces desde una cabina sitiada a la altura del tercer piso. La voz de Maricel se reproduce por no sé cuál bocina.

- Ya he pedido que lo bajen, responde.

Godoy es una mujer de fuerte temperamento que ha entregado su vida al trabajo de la danza y más de veinte a Codanza, compañía que fundó a principios de los noventa cuando ya soñaba convertir una ciudad con sensibilidad para las artes en una verdadera capital para la danza. Aunque sus esfuerzos, acompañados por la voluntad del Consejo Provincial de las Artes Escénicas y la Dirección Provincial de Cultura, hayan permitido la materialización de espacios para la promoción y el intercambio de la danza como el que se desarrolla durante las Romerías de Mayo o el que tiene como punto de partida el aniversario de su compañía, nunca antes había estado tan cerca de fundar el festival internacional de sus sueños. El hecho podría hacerse real gracias a lo que fue primero un encuentro fortuito con Seaquist que devino lo que desde el miércoles hemos constatado, una jornada en la que seis compañías procedentes de Santiago de Cuba, Guantánamo, Camagüey y Holguín se unieron para intercambiar con quien es por muchos considerado como “el bailarín del siglo”, calificativo que sale de la limpieza de sus movimientos, de la poesía que transmite en las presentaciones y del extraordinario dominio técnico que le ha acompañado y que aún sigue mostrando en cuarenta y cinco años llevando el cuerpo a los límites.

En el 2010 sufrió una rotura en los ligamentos cruzados de ambas rodillas que lo mantuvieron seis meses distante de los escenarios. “No podíamos parar. Teníamos compromisos firmados por dos o tres años. Yo le advertía que había que operarse, pero insistía en cumplir los compromisos. Lo llevamos lo más lejos que pudimos hasta que un día vi una función en Berlín y le dije: Para.”

Tendido sobre el escenario está Malakhov, con los brazos y las piernas abiertas y la cabeza echada sobre el tabloncillo, posición que debe permitirle una visión peculiar del sitio sobre el cual bailará. Traspuestos debe encontrar a los muchachos que siguen ensayando Muerte prevista en el guión, traspuestos las barras y los telones. Un directivo de la empresa encargada de la seguridad durante el espectáculo, parado junto a él por casualidad o no sé por qué motivos, baja el rostro curioso para inspeccionarlo porque el bailarín parece una mancha humana en su afán de calentar los músculos y estirarlos lo más que pueda. Desde el suelo pareciera uno de los muchachos de Codanza. Se ha comportado como uno más desde que llegó al aeropuerto. Sin importar el lugar y los interlocutores anduvo sin poses, demostrando que la grandeza no está contrapuesta con la sencillez, lo cual subrayó con su disposición a escuchar y compartir conocimientos como ha quedado patente en las clases magistrales que durante las mañanas impartió a estudiantes de ballet e integrantes de las compañías que participan en la temporada anunciada con un pasquín enorme situado frente al teatro en el que se lee: “Un regalo de Malakhov”.

En el cartel hay una foto donde el bailarín nos observa con una expresión amable y briosa. Una pieza blanca le cubre la mitad tronco y observa con la misma mirada enigmática que habíamos advertido antes. Tendría unos diez años menos. O esa es la impresión que me había dejado y por la cual, al verlo en persona antes de la conferencia de prensa, volví a pensar en eso de que el tiempo es imbatible, algo que él sabe muy bien. Quizá por eso también haya aceptado este nuevo proyecto que lo acerca a la ciudad de Holguín y a una compañía anfitriona que, al decir de Seaquist es hoy “la mejor de Cuba”.

El día de la conferencia respondió todas las preguntas que le fueron hechas. En algunas se investigaba sobre aquel deseo de su madre, quien ante la imposibilidad de ser bailarina soñó con que su descendencia lo fuera. Otras insistían en sus relaciones con Cuba, país con una tradición en el ballet clásico y contemporáneo por la cual cual él mismo ha tenido maestros como Loipa Araujo y Fernando Alonso. Una vez bailó con Alicia Alonso. Ocurrió para el aniversario de Temas y Variaciones de George Balanchine. “Kevin McKenzie, director del American Ballet Theatre me dijo: Vladimir sería bonito que bailaras El espectro de la rosa con Alicia Alonso. Por la edad ella debía mantenerse sentada. Entonces yo empecé a hacer lo mío. Y como cortaron todas las partes en que ella debía bailar, bailé toda la pieza solo. Me dije: Te morirás si lo haces. Pero era mi única oportunidad para bailar con ella. Alicia estaba hermosa en la silla, divina, y me preguntaba: ¿Vladimir dónde estás? Y yo no tenía fuerzas para responderle. Al final me dijo: Esta pieza la bailé una vez con mi esposo y ahora la hago contigo”, comentó sonriente como un infante al punto de contagiarnos a todos.

“Vladimir es un pan de dios”, dice Seaquist, quien interrumpe la conversación sobre escritores para hablarme de un Malakhov más personal. “En el escenario es muy duro, porque él es una marca. Pero apenas estamos en la calle ni él es la superestrella ni yo el empresario. Nos reímos, bebemos vino, cocinamos.”

- ¿Y le gusta cocinar?, pregunto.

-  ¡Espectacular!

- ¿Qué platos prepara?

-Todos

-¿Pero tendrá preferencia?

-Uno que a mí me encanta. Es mi plato favorito: Tártaro de salmón o atún. Es el pescado picado muy finito, con limón, mayonesa y mostaza francesa. Todo eso se revuelve y se hace una pastica que  es la locura para comer con galletas.

Miro al bailarín como para comprobar quién es la persona que prepara el tártaro de salmón de la manera tan exquisitamente descrita y descubro que se ha ido. Todos se han ido del escenario. El telón está cerrado y las luces han sido prendidas. El público comienza a llenar  las localidades y uno debe marcharse a su puesto.

Codanza estuvo fabulosa en sus dos presentaciones y dejó claro que luego de un impase ha vuelto a ser lo que en un inicio. No menos sorprendente se vio al resto de las compañías, a todas y desde la primera vez que lo hicieron, la noche del jueves, cuando homenajearon al invitado con muestras de su repertorio. Algunas escenas fueron provocadoras, como las propiciadas por Ad Libitum a través de su obra Geisha, un solo de Yanosky Suárez que dejó boquiabierto al público con el desnudo. Otros demostraron la limpieza al ejecutar la técnica clásica en obras como el pas de deux de Don Quijote, llevados a escena por Laura Rodríguez y Oscar Valdés, ambos del Ballet de Camagüey.  Tan impresionante habían estado que Malakhov debió quejarse: “Me habría gustado ver  más”, dijo.  

Sin embargo, no es secreto que todos querían verlo bailar a él. Y lo vimos viernes y sábado, en dos obras pensadas para su estilo por coreógrafos italianos diferentes. La muerte del cisne se debe a la creatividad de Mauro di Candia y fue la primera pieza que bailó después de sus operaciones de rodillas. Voyage también fue una pieza para inaugurar ciclos, en este caso aquel iniciado cuando salió de Rusia. Es el resultado de una persecución, la de una melodía que parecía acosarlo a toda hora. Día y noche escuchaba y cantaba el Concierto No. 23 de Mozart hasta que un día Seaquist encargó a Renato Zanella escribir una coreografía.

- Zanella le preguntó: ¿Qué es lo que menos te gusta Vladimir hacer en este mundo?, cuenta Seaquist: Y Vladimir le respondió: Viajar. Así nació la pieza.

Aunque Malakhov odia viajar, porque viajar implica mucho trámite desagradable y casi torturante, su vida está signada por el movimiento. No ya porque sea eso lo que le ha dado notoriedad, sino porque debe trasladarse de un extremo al otro para cumplir compromisos de toda índole. Esta semana parte a Bélgica, donde monta una pieza que en enero estrenará en Berlín durante un espectáculo que denominan: “Malakhov and friends” Luego les espera Tokio, lugar que seguro significará otro de esos ciclos vitales.

- No paramos nunca en un lugar por dos semanas. Es duro viajar con una persona durante 17 años todos los días. De Viena a Tokio, de Berlín a Nueva York. Así vivimos.

Tanto en la noche de viernes como en la del sábado Vladimir Malakhov fue largamente aplaudido y ovacionado por un teatro repleto. Luego de su presentación, siempre intercalada con las de los artistas cubanos, firmó autógrafos, cientos, y escuchó a los admiradores decirle cuánto le agradecían la visita. Uno de ellos lo hizo a nombre de todos, en el escenario, cuando aún los artistas reciprocaban con gestos los aplausos que llenaban la sala. Era el director de cultura quien, en ruso, comunicaba cómo a partir de ese minuto el bailarín visitante era considerado Hijo ilustre de la ciudad de Holguín. Malakhov escuchó emocionado, casi desnudo, vistiendo solo como debía para la pieza acabada de interpretar, La muerte del cisne. Y cuando tomó el micrófono aseguró que aquel no era el final, sino el comienzo de una amistad.

Las zapatillas con las que bailó Voyage en el Suñol quedaron en el teatro para siempre. Las entregó Paul Seaquist en el escenario, donde muy emocionado  aseguró que en septiembre estarían de vuelta. Después vinieron nuevas fotos, y más firmas, y al rato las luces se apagaron y solo las del lobby estaban encendidas para dejarnos ante una exposición de retratos. Gracias a ellos y por algún tiempo recordaremos cómo baila Malakhov.

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