Díaz Torres y Vives, la justeza
de dos homenajes

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Dos creadores muy diferentes reciben homenajes en esta edición del Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano: el director Daniel Díaz Torres (1948-2013) y el productor Camilo Vives (1942-2013). Cada uno de ellos, desde perspectivas diferentes, contribuyó a enriquecer el séptimo arte en la Isla.

Cuando Daniel sorprendió al público cubano con su primer largometraje: Jíbaro, en 1984, ya tenía una importante andadura en el mundo del cine. Para esas fechas poseía casi una década de experiencia como documentalista y había realizado alrededor de un centenar de ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano, sin contar su apreciable labor como asistente de dirección en varios filmes insulares. Sin embargo, su nombre se hizo particularmente conocido en 1991, con el estreno de Alicia en el pueblo de Maravillas, largometraje con guión de Eduardo del Llano, cuyo tono satírico fue mal acogido por ciertos funcionarios culturales y desató encendidas polémicas dentro y fuera del país. En realidad, la obra prolongaba los modos de expresión crítica que se habían hecho habituales en la plástica joven de los años 80 y en un sector de la literatura cubana del período. No fueron muchos los que comprendieron por entonces esos nexos, ni los que, tras aquel humor negro con pinceladas orwellianas, supieron ver una obra que apostaba por la comedia en una atmósfera singular que llegaba a integrar hasta el bad painting en la ambientación de algunas escenas. Era una propuesta artística imperfecta pero singular, que rompía con la relativa monotonía del cine costumbrista de años anteriores.

Personalmente, no creo que Quiéreme y verás (1995), Kleines Tropikana (1997) y Hacerse el sueco (2000) fueran obras que merecieran sobrevivir a la temporada de su estreno. En todo caso, poseían una factura profesional, una capacidad de comunicación con el espectador común y un modo de comentar la realidad sin demasiada metafísica, que las convertía en creaciones aplaudibles pero limitadas.

La madurez del cineasta llegó de la mano de sus dos últimos largometrajes: Lisanka (2009) y La película de Ana, estrenada durante la pasada edición del Festival. En ambas se perciben ciertas enseñanzas aprendidas desde Alicia… en el primer caso, el extrañamiento en el tratamiento de un tema singular, en el que puede mezclar sátira y pinceladas de melodrama, además de valerse con ingenio de la intertextualidad cinematográfica; en el segundo, Díaz apuesta por el cine dentro del cine, en un juego de espejos donde un supuesto documental testimonial se convierte en realidad en un discurso de ficción a la vez verosímil y disparatado, allí hace del humor un ingrediente que colabora en la reflexión sobre los límites de la ética en el ámbito de la lucha por la supervivencia cotidiana. Si se mira, La película… es una obra más problematizadora que Alicia, solo que llega a las pantallas más de dos décadas después, en un ambiente cultural mucho más diverso y abierto a la polémica.

Imagen: La Jiribilla
Escena del rodaje de La película de Ana
 

No puede exigirse al cine de Díaz Torres la profundidad de las creaciones de Titón o la exquisitez de ciertas cintas de Solás. A los grandes discursos históricos pareció oponer un supuesto “tono menor”, una complicidad con ese invisible “espectador medio” y supo trabajar la comedia con la seguridad de un estilista. La película de Ana permitía pronosticar un período de mayor alcance y profundidad en sus creaciones, pero la muerte vino a dejar truncas tales promesas. Si se juzga su trayectoria en el cine no solo por los largometrajes sino también por esos documentales que merecerían mejor divulgación: La casa de Mario, Los dueños del río, Vaquero de montaña, resulta indudable que ninguna historia del cine en Cuba puede dejar de incluirlo.

Ignoraba Camilo Vives que cuando decidió estudiar Economía de Empresas, se preparaba en realidad para una peculiar labor artística. De hecho, su llegada al ICAIC no mucho después de la fundación de la institución tuvo algo de providencial. Sobre la marcha debió convertirse en productor. Los funcionarios le pedían desarrollar su labor de un modo completamente distinto a como lo hacían sus poderosos colegas de Hollywood y los directores cinematográficos le exigían milagros. Él logró ambas cosas, ahí están para demostrarlo: Lucía, La última cena, Fresa y chocolate, Miel para Oshún, La vida es silbar.

Imagen: La Jiribilla

Pronto ganó prestigio en su especialidad. No era un economista que buscaba y regateaba dinero, sino alguien que se implicó en el arte desde el lado quizá más ingrato. No trabajó como el poderoso censor que hace y deshace películas en nombre de la taquilla, sino como el colaborador que tiene que pergeñar cifras casi siempre insuficientes para ayudar a cuajar un proyecto artístico. Es lógico que en este trabajo ganara amistades duraderas y animadversiones igualmente fuertes. Tuvo que elegir en momentos difíciles para la sociedad cubana y alguna vez se le quiso echar a un lado con fútiles pretextos, pero supo hacerse imprescindible con una suficiencia de buena ley.

Incapaz de envejecer en su labor, estuvo junto a los directores más jóvenes, así lo demuestra su colaboración en obras como: La edad de la peseta (Pavel Giroud) o La piscina (Carlos M. Quintela). A ello puede sumarse su ejecutoria docente en el Instituto Superior de Arte, su participación en coproducciones extranjeras y su labor como presidente de la Junta Directiva de la Federación Iberoamericana de Productores de Cine y Audiovisuales (FIPCA).

La muerte nos ha obligado a ver a Vives en su justa dimensión, porque habitualmente su nombre se escribía con letras pequeñas en esa parte de los créditos que casi nadie lee. Si algo nos consuela de su pérdida es que su magisterio ayudó a formar otros profesionales y si él no posee una lista de filmografía propia, está disuelto en muchas y forma parte de su mejor espíritu.

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