Enrique Álvarez:

“No quiero hacer películas que estén construidas en mi cabeza”

Susadny González • La Habana, Cuba

Hacer cine desgasta y no hacerlo, peor”. Cautivo de esa contradicción vive el director y guionista Enrique Álvarez, aferrado a un ambiente de trabajo creativo con un grupo que funcione de forma orgánica alrededor de un proyecto y le permita “liberarme de mí mismo, trabajar desde la incertidumbre, como si fuera la primera vez”. Jirafas, su más reciente entrega, patenta, al igual que Venecia –realizada gracias a la financiación en masa (crowdfunding) y aún en postproducción- esta necesidad suya.

Imagen: La Jiribilla

Ambas toman como contexto una sociedad en plena transformación, donde irrumpen otras generaciones y distintas maneras de afrontar la realidad. Las dos representan un modo de asumir la producción cinematográfica al margen de la institución, con un enfoque comunitario –actores y técnicos aportaron su trabajo gratis-, y sobre todo, validan una certeza del autor de Sed, La ola, Marina: hacer cine es apelar al punto de vista como germen de la creatividad.

Luego de su tránsito por la sección oficial del Festival de Cine de Róterdam (2013) y de cosechar el Premio Spirit Award de Ficción en el Brooklyn Film Festival de este año; Jirafas, una historia intimista que condena a sus tres personajes al encierro, y en la que algunos críticos encuentran rasgos del dramaturgo Samuel Beckett aligerado por el choteo tropical, integra la muestra nacional en competencia por los Corales que otorga la fiesta del celuloide de La Habana.

¿Cómo se gesta la película?

Jirafas nació de una provocación de Nicolás Ordoñez (director de fotografía) que me  mostró la calidad de la imagen digital que se podía obtener con su cámara de fotos y me dijo, con esto podemos hacer  una película; y de  una  idea que Claudia Muñiz (co-guionista) tenía en su cabeza y que fue escribiendo, mientras, Nicolás, Ivonne Cotorruelo y yo hacíamos el diseño de producción que nos permitió rodarla en mi casa y bajo un régimen  de cooperativa en el que todos, actores, creativos y técnicos aportaron su talento y su  trabajo.

Ud. dice que no existen discursos totalizadores sino diálogos con un segmento determinado de las audiencias. ¿Cuál es el público potencial de Jirafas?

Para ser precisos los discursos totalizadores sí existen, pero lo que sucede, a mi modo de ver, es que ya no logran alcanzar, ni siquiera a nivel de emisión, sus propósitos mesiánicos; vivimos en una geografía hiperfragmentada, atravesada por  múltiples  voces que complejizan los relatos y las versiones del mundo, dentro de una sobreabundancia enunciativa que termina anulando cualquier pretensión de jerarquía. Sus protagonistas son en primera instancia el público potencial de Jirafas; jóvenes que están buscando construir convivencias y espacios donde poder desplegar sus identidades, a partir de reconocer sus diferencias. De ahí en adelante, cualquier crecimiento de individuos que se puedan relacionar con la propuesta de  esta película me resulta impredecible. Jirafas lo único que explora es la posibilidad del entendimiento humano que comienza con la aceptación de que ninguna persona es igual a otra.

Imagen: La Jiribilla
Escena de Jirafas, tomado de Cubacine
 

Según afirma este filme no satisface todas las expectativas que crea a nivel de relato. ¿No le parece demasiado arriesgado?

No, creo que la construcción de relatos necesita intentar caminos de renovación que le permitan recuperar su dimensión lúdica. Cuando un espectador adivina o descubre lo que está convenientemente anticipado y eso lo hace feliz porque se siente inteligente, yo siento que lo están estafando. Me niego a la máxima de que si una pistola aparece en una historia sea para matar a alguien. En Jirafas hay momentos en que la historia gira hacia lugares inesperados, porque los personajes accionan y reaccionan a partir de sus propios sentimientos y no por la conveniencia del relato. Al final siempre habrá quien diga: yo sabía que eso iba a terminar así, pero eso que parece un fin es el principio de algo mucho más complejo que nunca sabremos hacia dónde va.

Su casa ha derivado en un set de filmación por excelencia...

En mi casa de Trocadero he rodado tres películas: La ola, Domingo y Jirafas, pero tengo otros dos cortos menos conocidos: Crisis y La persistencia de la memoria que rodé en un apartamento del Vedado en el que estuve viviendo cuatro años. Samuel Beckett decía que para escribir una historia de las suyas no necesitaba mucho más que dos personajes de los suyos; yo, que nunca igualaré siquiera la menor de sus obras, siempre he necesitado un poco más… y para rodar en mi casa nunca he tenido que pagar, ni pedirle permiso a  nadie.

¿Será Venecia su filme más consecuente con el pensamiento participativo, de la construcción colectiva por la que aboga? ¿Podría ser esta su fórmula para crear?

Venecia es el resultado de un grupo de ideas que apenas he comenzado a explorar. Está situado al principio de un camino por recorrer, que entre otras cosas no es un único camino. Si algo tengo claro es que no quiero practicar fórmulas o métodos que sean excluyentes. Cada película que haga de ahora en adelante, cada proyecto en el que me involucre, tendrá su propio diseño de producción, sus propios condicionamientos creativos.

¿Prefiere trabajar a partir de la improvisación?

La base de la improvisación es la atención, estar pendiente del otro, vivir el instante, accionar y reaccionar. Ya no quiero hacer películas que estén construidas en mi cabeza antes de ser filmadas. No soy, no quiero y me niego a ser Dios. Los seres humanos somos inescrutables y ya no quiero perderme lo que me puede regalar un actor, porque lo estoy obligando a reproducir lo que tengo en mi cabeza. Es ahí donde empieza a jugar la construcción colectiva; ninguna persona reacciona igual a otra en una situación similar, por qué tendría yo que condicionar un comportamiento.

En su opinión este cine independiente significa más una manera de hacer que una forma decir. ¿Prioriza el proceso?

Priorizo el proceso. Transformar los procesos de creación terminará por transformar los contenidos. De una manera u otra esto ya está sucediendo. En los 60 las películas latinoamericanas se escribían desde manifiestos estéticos y políticos que incidían en el punto de vista y la autoría, pero hoy los relatos se construyen a través de laboratorios, talleres, asesorías, fondos de desarrollo de proyectos y la legitimación que algunos festivales van dando a una manera de hacer o decir que responde a sus políticas editoriales. Lo que yo he intentado hacer con Jirafas y Venecia es introducir el dispositivo de construcción colectiva dentro del proceso de creación interna de la película, para preservar un espíritu iniciático e independiente. La contradicción y el peligro que pueden tener los fondos de fomento, y todo el mundo sabe que estoy abogando y trabajando por que se instauren en Cuba, es que deformen su imparcialidad a partir de ejercer políticas editoriales excluyentes.

Imagen: La Jiribilla
Escena de Jirafas, tomado de Cubacine
 

A pesar de carecer de una plataforma legal el cine independiente en Cuba se ha convertido en un síntoma. Podría dar su valoración de acuerdo a lo que este supone en términos de centralización de los recursos, modelos narrativos, modos de producción y distribución.

La realidad es quien escribe las leyes y más que un síntoma, el cine independiente cubano es una realidad que ha venido a oxigenar, complejizar y democratizar nuestra producción cinematográfica, ensayando estrategias de producción mucho más pragmáticas y coherentes con nuestras posibilidades económicas. No somos un país que puede darse el lujo de mantener una gran productora; el modelo de los estudios de Hollywood o Mosfilm siempre fueron inoperantes para nosotros. Nuestra economía no da para superproducciones; deberíamos aprender a ser más modestos y creativos desde una conciencia plena de nuestra condición. Si algo están demostrando las producciones independientes es la posibilidad revitalizadora de esos senderos.

A partir de los debates que hoy sostiene un grupo de cineastas del cual es parte, ¿considera posible una coexistencia democrática entre las producciones independientes y las institucionales?

La coexistencia siempre es posible si tiene como base el reconocimiento y el respeto del otro, y no se monta sobre una competencia desleal. Con un fondo de fomento abierto a las producciones independientes, no tienen por qué dejar de operar las instituciones que trabajen con presupuestos propios. Lo que sí sería peligroso es que las producciones independientes y las institucionales concurrieran a los mismos fondos.

¿Cree que el cine independiente entra en contradicción con las políticas culturales que defiende el Estado?

Lo único que estaría en contra de la política cultural que hasta hoy ha venido promoviendo y defendiendo el estado cubano sería dejar morir al cine en sus instancias creativas, productivas, de exhibición y conservación. Lo que sí sería contradictorio es continuar permitiendo el deterioro y el empobrecimiento de nuestra vida cultural. La complejidad que traerá consigo la democratización de los modos de producción y los contenidos de las nuevas películas cubanas, es una realidad que no se puede soslayar ni evitar. A nuestra sociedad le toca complejizarse y aprender a vivir, a desarrollarse y a preservarse, dentro de esas nuevas circunstancias. Lo contario sería vivir bajo el síndrome del avestruz y eso sería suicidarnos.

¿Cómo lograr la visión inclusiva y abierta que demanda el cine cubano?  ¿Considera que las producciones cinematográficas actuales contribuyen al diálogo cultural?

Desde hace más de seis meses los cineastas, a través de sus asambleas abiertas y el grupo de trabajo que los representa, estamos contribuyendo al diálogo cultural de la nación, aportando una  visión sistémica de nuestra actividad creativa. Lo que sucede es que  no  se  nos ha escuchado lo  suficiente y a veces parece que estamos construyendo un monólogo incesante que puede terminar convertido en cháchara si nuestros interlocutores no reaccionan. Si a un gesto no se le responde con otro gesto, no hay juego de pin pon, ni dialéctica posible.

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