Los elocuentes Vega

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Fuimos por recomendación de una colega. “Son los mismos de Octubre, buenísima. Así que debe valer la pena”. Me escapé y media hora más tarde estaba sentada en una bulliciosa butaca del cine Riviera.

No tenía idea. De Octubre no sabía que había obtenido el Premio del Jurado de Un certain regard, en Cannes. Esta era solo una película peruana titulada El mudo. Nada elocuente. Dos hermanos firmaban el guión y la dirección. De eso algo sabemos: Cohen, Taviani…

Ni siquiera nos fijamos en la sinopsis. 86 minutos, el tiempo justo para volver.

Todo indicaba que el asunto iría con formalidad. Veinte minutos pasadas las diez, hubo arrepentimiento. Bajaron los micrófonos, abrieron el telón, apagaron las luces y la banda sonora del Festival estremeció la sala semivacía. No puedo evitar la extraña sensación que produce escuchar la maravillosa melodía de Vitier acompañando un listado de patrocinios, agradecimientos y financiamientos del Festival, minutos antes de rodar la película. Algo rarísimo.

El mudo es el segundo filme de los hermanos Daniel y Diego Vega. Por lo general, la segunda obra de un artista es rebajada a la condición de paso o puente que antecede otra revelación, otro estado de cosas. Con El mudo, a los hermanos Vega la leyenda les sale fatal. La película es una contundente obra de arte, un puñetazo sobre la mesa, y mi colega nos confirma que sí, seguramente, porque Octubre estaba buenísima.

Imagen: La Jiribilla

Constantino Zegarra es el personaje que va hilvanando la historia: un juez recto, drástico y severo (sabremos que algo de ello le debe a su madre, una jueza asesinada en plena Lima veinte años atrás).  De repente, su vida da un viraje que pone en duda ante nosotros, nunca sabremos si para él, esas convicciones que dictaban su comportamiento y moral.

La corrupción, cuidadosamente estructurada, de la vida social y también aquella que va penetrando el ámbito privado, va saltando sutilmente ante nuestra vista. Desde el guión, magistralmente cosido, con delicados gestos que van pincelando al resto de los personajes y desde la perspectiva del protagonista, los hermanos Vega van tejiendo una singular mirada sobre el Perú contemporáneo.

Un suceso va desencadenando otros hasta culminar en la absoluta tragedia. La muerte por suicidio del inocente y también la tragedia por el reconocimiento de ese error. Ello conducirá al protagonista a una simbólica reconciliación con su yo más interior, aquel que supuestamente no ha sido perturbado ni corrompido, durante la secuencia final.

Vamos percibiendo el deterioro no solamente físico que lo incapacita para hablar, sino el desmoronamiento moral del juez: el soborno, la amante, la borrachera, la mentira, el desamor hasta desembocar en la vileza de imponer falsos cargos al supuesto culpable de su fatalidad, con la colaboración de un poderoso magistrado, amigo de su padre. Solo en la relación filial con su hija encontrará un alivio auténtico y su catarsis final. Pero la mudez de Constantino es también mostrada como un posible acto voluntario con el cual el personaje se resiste ante los demás, se rebela en su silencio que solo busca venganza a cualquier precio.

Fernando Bacilio, ganador del premio de actuación en el Festival de Locarno, Suiza, expone en una magistral interpretación los sentimientos que van lacerando su impoluta postura. Contentivo, minucioso en sus gestos, Bacilio revierte esa mudez en una elocuente interpretación. Ante nosotros, un hombre consumado por una fuerza que lo subyuga y de la cual no puede escapar. De esa imposibilidad, en el obstáculo de su incomunicación, física, moral y social, Fernando Bacilio construye un personaje verosímil y convincente. Es su rostro en soledad, contraído por la tensión y la fatalidad, el que se contrapone en una potente secuencia a la multitud rumiante en un estadio de fútbol.

Antes de llegar a La Habana, El mudo fue exhibida en Festivales de Canadá e Israel.

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