Teresa Carreño: la niña prodigio

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Es indudable que la pianista venezolana Teresa Carreño (Caracas, 22 de diciembre de 1853-Nueva York, 12 de junio de 1917) se sitúa por derecho propio entre los máximos intérpretes de su tiempo. El gran musicólogo español Adolfo Salazar llegó a expresar, refiriéndose a ella, que “realmente creo, en toda sinceridad, que fue la más grande artista del piano que yo haya escuchado nunca”, a lo que añadió –tal vez para recrear sutestimonio- que un profesor del Conservatorio, famoso por su mala lengua, decía que los pianos se echaban a temblar cuando veían aparecer a la Carreño, que del primer zarpazo los dejaba como para el arrastre.

Imagen: La Jiribilla

Pero hay más. “Situada en lo más viviente de una época magnífica para la historia de la música –postrimerías del romanticismo, paso a la época actual, con sus nuevas estéticas-, rodeada de compositores insignes, de intérpretes prodigiosos, Teresa Carreño se mantiene, a todo lo largo de su carrera, en una escala digna de los grandes tiempos que le tocara vivir”, como escribió Alejo Carpentier en El Nacional, de Caracas, en 1953, en ocasión del centenario de la artista.

No es de extrañar pues, que la capital cubana se deslumbrara con su talento. Sin embargo, no es muy conocido que cuando la ilustre venezolana, siendo apenas una niña, se presentó por primera vez en La Habana en 1863, su actuación provocó una fogosa polémica, que llegó a la altura de escándalo profesional, según cuentan los entendidos.

Lo cierto es que la pequeña pianista, que alcanzaría fama mundial años después, llegó con una carta del compositor Louis Moreau Gottschalk, recomendándola a Nicolás Ruíz Espadero, para que la atendiese:   “Es un genio. No tiene más de 9 años. (…) Quiero que hagas todo lo que puedas para ayudarla. Es una niña simpática, encantadora. Entiende todo lo bueno”.

Sus conciertos se programaron en los mejores teatros de La Habana y Matanzas. Pero el encuentro entre los dos músicos no fue afortunado. La pianista prodigio despertó un ambiente de aplausos desmedidos. Y Espadero, quien estaba convencido que ese elogio incondicional podía perjudicar a la pequeña, se negó a apoyar este coro de alabanzas, considerando que ello podría malograr su prometedora carrera. La noticia estalló como una bomba.

La historia la cuenta Alejo Carpentier: Transcurría el año 1863 y Teresita –como entonces la llamaban- se encontraba en La Habana: una Habana llena de crinolinas paseadas en calesas de cocheros de altas chisteras, donde la niña extraordinaria acababa de hacerse aplaudir de modo apoteósico. Los críticos habían dicho, con razón, lo que debe decirse de quien acababa de interpretar maravillosamente las obras de un repertorio superior, en dificultad,  al que solía asignarse, entonces, a personas tan jóvenes. Pero, en eso, apareció en el escenario de su vida un hombre, que era, en la Cuba de aquellos días, el pianista más respetado, tanto por su talento de ejecutante como por el prestigio de una obra que se editaba en París: Nicolás Ruíz Espadero. Y Nicolás Ruíz Espadero dijo a la pequeña gran pianista que acababa de serle revelada:

-¡Magnífico! ¡Extraordinario!... Pero tendremos que ver ahora cómo llegarás a medirte con Camila Pleyel o Clara Schumann.

Como se conoce, la Schumann, era una de las pianistas más grandes de su tiempo. Y, al citarla como ejemplo de grandeza, -sigue diciendo el autor de El siglo de las luces- Espadero quería fijar a Teresita la meta más difícil, para que entendiera, bajo sus palabras, otras que entonces no se oyeron, y pudieron haber sido: “Ahora es cuando vas a tener que trabajar, que conocer los años de más ardua labor, de más austera disciplina para llegar a donde llegó una Clara Schumann”.

Los años pasaron y esta historia que un día movió la opinión pública de aquella Habana decimonónica, fue tan solo un recuerdo. Más de una vez la gran artista venezolana regresó a Cuba, donde siempre fue muy aplaudida. Su último concierto tuvo lugar en 1917. Pocos meses después fallecía. Sus admiradores no la olvidaron.

“En los días de mi infancia, -escribió Carpentier- Teresa Carreño visitó La Habana. Todavía recuerdo su noble perfil, su empaque majestuoso, su elegancia de gran estilo, estampadas en las fotografías exhibidas para anunciar sus recitales. Los entendidos hablaban de ella con veneración –como se hablaba entonces de un Paderewski, de un Sauer, o antes, de un Leschetizky. La presencia de Teresa Carreño era un acontecimiento memorable y poco faltaba para que, a usanza antigua, se le entregaran las llaves de la ciudad”.

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