Nueva contribución a las culturas del habano y  la visualidad cubana

Arte en humidores

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Los más exquisitos aficionados a los puros habanos —yo prefiero, en buen cubano, llamarlos tabacos— han demandado a lo largo del tiempo receptáculos que mantengan las propiedades originales del producto y desafíen las contingencias que degraden su sabor, quiebren sus hojas y mermen su consistencia.

Ese es el camino que ha conducido desde la elaboración de cajas y habilitaciones de probada eficacia a la fabricación de los llamados humidores, depósitos concebidos para la conservación de los tabacos bajo condiciones muy estrictas.

El arte de la manufactura de las hojas del tabaco y de la realización de humidores se ha asociado con el arte del diseño de estos últimos, en una suerte de conjunción de perspectivas estéticas.

Imagen: La Jiribilla
Humidor de Eduardo Abela
 

Así sucedió en la fábrica Partagás, mítica plaza de la industria tabacalera, cuando por mediación de la sociedad Sikerei, que promueve la alianza entre las comunidades francesas y cubanas que se mueven en el ámbito de la cultura del habano, un grupo de destacados artistas de la Isla mostraron sus diseños originales para tapas de humidores, acompañados por cuadros que testimonian sus jerarquías pictóricas,

Cada cual tomó la superficie de los humidores como soportes para desarrollar sus respectivas poéticas, que los identifican.

Entre las realizadoras se destacan Zaida del Río, que traduce en tonos sepia y dorados, la sensualidad en el placer de fumar con sus ninfas rodeadas de hojas de tabaco; Julia Valdés, indiscutible maestra de la pintura cubana, representante de la abstracción, entre texturas, transparencias y un cromatismo muy singular ofrece más sensaciones que visiones; Yasbel Pérez, derroche de feminidad, en rojo y negro, fija una figura que refleja e invierte en su traje la coloración del paisaje.

Imagen: La Jiribilla
Humidor de Yasbel Pérez
 

En esta cuerda, pero en la estética de Aldo Soler, un desnudo femenino surge desafiante entre la hojarasca del tabaco, aderezado por inflorescencias fálicas y disímiles elementos afines.

Miradas cómplices en este ofrecimiento emerge en la realización impecable de Eduardo Abela, que recuerda el ambiente de las ilustraciones de las mejores estampas del siglo XVIII, con un perceptible toque de humor. Rubén Alpízar, fiel a sí mismo, despliega en sus característicos nichos un retablo de figuras vinculadas al arte del tabaco. Andy Rivero no podía renunciar a sus abstracciones líricas, ni Juan Arel a sus gallos.

Imagen: La Jiribilla
Humidor de Juan Arel
 

Un relente nostálgico se asoma a la tapa pintada por Adrián Cuba, con alusiones directas a Partagás y al ámbito de las litografías de la industria; atmósfera que también se advierte, con una pátina difusa, en la obra de Osmar Yero, y declara su denominación de origen en la estampa de Milton Bernal. Los elementos florales de Kelvin López remiten a una visión tópica del trópico. Por la vía de las asociaciones, Roberto González se inclina por recrear la taza humeante de café vinculante a la contemplación del humo.  Pero si de cubanía se trata, entendida esta como referente lúdico y simbólico, el dominó desplegado por Guillermo Ramírez Malberti sella el compromiso insular con el tabaco.

La realización de esta muestra se vio fortalecida, como en ediciones anteriores, por la acción del personal técnico de la Galería La Acacia.

A fin de cuentas todos los artistas que respondieron al convite asumieron un planteamiento básico: cómo hacer coincidir la imagen con su posibilidad, acertijo lezamiano que se resuelve en la seducción de estos humidores poéticamente encantados.

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