Convergencia

¡Cuídame, Madiba!

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba
“Temblaba de valor
desde la cocorotina
a los berocos
de su pensamiento,
porque le gritaba
a los hermanos
invalorizados:
Yo sigo hasta la muerte”.
Eloy Machado, El Ambia

Murió Mandela. No lo conocí en persona pero estoy desconcertada, estoy llorando sola, suave, pero sin parar, como cuando se murió mi papá. Dios mío, no es que desaparezca un símbolo ni nada de eso; saber que él murió es tan impresionante como si hubiéramos perdido al último elefante del planeta. Siento que la humanidad ha quedado huérfana, sin asideros. Da miedo, ¿eh?,  estamos solos. Y me parece que esto no ha sucedido con la partida de otros, también iluminados. No sé, no sé cómo decirlo. Claro, los grandes seres dejan su ejemplo, su obra, sus ideas; dejan su querida presencia entre los vivos. Pero con Mandela sucede lo que a veces decimos de la madre o del amigo más entrañable: “aunque lo vea de Pascua a San Juan, necesito saber que está ahí”. Un poeta dijo que Martí es para los cubanos ese misterio que nos acompaña; pero es que Mandela, desde que lo veíamos en las fotos, encarcelado, ya era “un misterio” que empezó a acompañar al mundo entero. Ojalá que los espíritus existan y que el de Nelson Mandela nos cuide, que no podamos olvidar su sonrisa… ¡protégenos, Madiba!

Hoy pienso en mis amigos y familiares negros. Todos ellos me han contado anécdotas donde sufrían por su color y su cultura; también he experimentado  discriminaciones, pero, con los más “claritos” son disimuladas, sutiles. Una amiga “tinta”, intelectual pero criada en solar, me afirmó: ¡Tú no sabes lo que es eso, Ivette, tú no tienes idea! Otra del mismo corte, me preguntó: Ivette, ¿tú te sientes negra? No, le contesté y ella salió corriendo y llorando. Y otra, cuando yo le señalo ciertos fallos, baila y ríe, exclamando: ¡Es la cultura del barracón, manín, las raíces, las raíces…! Una conocida que “parece blanca” siempre va con un pañuelo en la cabeza; le pregunté por tal enigma al marido (“blanco de ojos azules”) y él me confesó: “ah, porque ella no tiene pelo, tiene pasa”. Cierta amiga (negra), la llevé a consultarse con mi cardióloga, profesional de excelencia (también negra); ésta se asomó para avisarnos:

−Espérenme, enseguida las atiendo.

Mi amiga dio un respingo, preguntándome: ¡¿Esa es la cardióloga?! Y enseguida quiso marcharse, explicándome que “ella no quería nada con negros”…  Y así.

¿Usted es negro orgulloso de serlo o lo vive como una desgracia? ¿Es blanco ajeno a “esas cosas de negros” o es negro desconfiado de los “macris”? ¿Es clarito como yo y a veces pasa por blanco? ¿Cuándo le preguntan su raza en una planilla, pone negro, blanco o mestizo…? Bueno, mientras se decide yo quiero dedicarle un cuento. Nunca lo terminé, pero fue mi primer intento “literario”, ni título tiene. Pienso que en verdad sí lo terminé (sólo que en la vida real),  cuando diez años después reencontré a Celiana, la protagonista, en el hospital Lenin, de Holguín. Me habían ingresado con una depresión profunda y ella era la enfermera, la que me cuidó, bella, toda vestida de blanco. Yo no la reconocí, fue ella la que me preguntó: ¿Tú eres Ivecita?

Entonces, dedico aquel escrito adolescente A mi querido Madiba:

“La muchachita andaba en blúmer por la calle.

Así andaba esa niña que te digo. Con los moñitos sin peinar y los pies en el suelo, toda sucia y llena de ñáñaras.

Ella vendía lechugas y se llamaba Celiana. Iba con una caja de madera en la cabeza, y desde la mañana tempranito, gritaba:

— ¡Lechugas! ¡Lechugas…!

Vendía los mazos a cinco centavos, o a diez, según el tamaño.

Ella empezó a ser amiguita mía porque mami Ana la vio pasar y parece que le dio lástima y la llamó. Le compró un mazo de lechugas y le dio un vaso de leche.

Celiana se quedó un ratico en la puerta, mirando para dentro con cara de curiosidad y con un poco de temor. Parece que miraba el piano de la sala, ¿a Celiana le gustaría tocar el piano…?

Por eso yo me acerqué y empecé a conversar con ella. Me dijo que le gustaban las muñecas y le traje las mías y nos sentamos en el quicio de la escalera.

— ¿Cómo se llama esta muñeca?

—Alicia, y es francesa —le dije.

— ¿Qué cosa es ser francesa? —me preguntó Celiana tímidamente.

— ¡Ah, nada, que nació en Francia, otro país!

Celiana me miró bien fijo… no me entendía. Ella no sabía nada de geografía. Entonces me enteré.

— ¿Tú no sabes leer? —le pregunté.

—No.

— ¿No sabes leer? —repetí muy asombrada de que una niña de mi tamaño no supiera leer—. ¿Y tú no vas a la escuela?

—No, yo nunca he ido a la escuela.

Al otro día, Celiana volvió.

Mami Ana le compró lechugas otra vez —aunque no hacían falta en la casa— y le dio un dulce. Yo volví a sentarme un ratico con ella.

— ¿Y cómo se llaman tus muñecas? —le pregunté.

—Yo no tengo ninguna.

— ¡Ah, pues yo te regalo esta! —y le puse en sus manos una muñequita rubia de pelo brotado.

Pero Celiana no la cogió. La miraba y le tocaba el pelo con la punta de sus dedos, y le tocaba el lazo que la muñeca tenía.

—No, yo no me la puedo llevar, déjala en tu casa.

—Pero si yo te la regalo.

—A mí me gusta, pero déjala aquí…

Y Celiana se fue sin la muñeca rubia.

Cuando volvía —porque venía todos los días— estaba con la muñeca abrazada todo el tiempo y luego me la devolvía. ¿Por qué? ¿Por qué Celiana no quería llevarse su muñeca, si yo se la regalé completa?

Un día, yo no pude más y le pregunté:

—Celiana, ¿a ti no te da pena andar en blúmer?

—Sí —me contestó, bajando la cabeza.

—Entonces, ¿por qué tú andas así, eh?

—Porque no tengo vestidos.

— Pero, ¿no tienes ningún vestido?

—No.

Y me enteré que Celiana andaba así por la calle porque no tenía ropa. Yo me quedé pensando y se lo dije a mami Ana:

— ¿Por qué no le damos uno de mis vestidos a Celiana?

− Sí, podríamos darle el de florecitas rojas, le vendría bien.

Y al otro día esperé a Celiana muy contenta y se lo di enseguida: el vestidito limpio y planchado. Mami Ana se lo puso y le amarró la banda roja a la cintura.

Cuando me asomé, Celiana iba con su caja de lechugas en la cabeza, pregonando, y ahora iba vestida de florecitas rojas, ¡qué bonita iba!

Pero, cuando llegó la noche vimos a Celiana que aparecía en blúmer otra vez.

— ¡Celiana! ¿Y tu vestido?

Lo sacó dobladito de la caja de lechugas y me lo dio.

—Guárdamelo hasta mañana —me dijo.

—Pero, ¿por qué?, si es tuyo, es para ti.

Pero se fue otra vez en blúmer, solita en la noche, la negrita con su cajón de madera en la cabeza.

Al otro día, cuando regresó, se volvió a poner su vestido.

Y por la noche, lo dejó doblado otra vez. Y así, todos los días pasaba lo mismo. Celiana se ponía su vestido por la mañana y se lo quitaba por la noche.

Celiana se había hecho mi amiguita. Todas las mañanas llegaba, comía alguna cosita que le daba mami Ana y conversábamos un poco (ella, con su muñeca abrazada).

Se ponía su vestido de florecitas rojas y se iba con sus lechugas. Mientras, yo esperaba la guagua del colegio, con mi uniforme azul con broche de plata y mi blusa de hilo.

A veces yo la veía desde la guagua y la llamaba:

— ¡Celianita!

—Señorita Vian, ¿usted la conoce? —me preguntaba la monja del colegio.

—Sí, es mi amiguita que vende lechugas.

Yo me quedaba pensando y no entendía: ¿por qué Celiana no iba a la escuela y yo sí? ¿Por qué ella no tenía muñecas y yo tenía muchas? ¿Por qué Celiana, si era tan buena y era una niña como yo, andaba en blúmer?

En esa época yo no entendía por qué le pasaban esas cosas a Celiana.

Y bueno, pues, un día, por la noche, cuando Celiana se apareció a devolver su vestidito, no se fue. Se quedó sentada en el quicio. Yo conversé con ella, le busqué su muñeca y la tuvo abrazada; le dimos leche a tomar. Pero Celiana no se iba.

Mami Ana me mandó a acostar, porque iban a dar las once. Yo tenía pena con Celiana, y mami Ana le dijo:

---Celiana, ya es tarde, ve a tu casa que está muy oscuro.

Y de pronto, Celiana se echó a llorar, tapándose la cara y escondiéndola entre sus rodillas.

—Pero, ¿qué te pasa, Celianita? ¿Por qué lloras?

Pero Celiana no dejaba de llorar, y así estuvo, llorando sin decir nada.

Y llorando y llorando, hasta que por fin dijo:

—No he vendido las lechugas, y si vuelvo a mi casa me pegan mucho…

Entonces, nos dimos cuenta que en el cajón quedaban varios mazos de lechugas.

Ya eran las once de la noche y allí estaba la niña negrita, sucia y sin ropa, llorando, cansada de caminar y con sueño.

Y papi decidió comprarle los mazos que quedaban y llevarla hasta su casa en la máquina. Y la llevó. Yo me quedé con mami Ana.

Al otro día me enteré de lo que papi se había encontrado en casa de mi amiguita Celiana:

Su casa estaba en La Chomba, donde todo era de guano y no había electricidad; la gente se alumbraba con mechoncitos que se llamaban chismosas. Celiana no tenía ni papá ni mamá; vivía con dos tíos borrachos y con su abuelita muy vieja, tan vieja que no podía con su alma…”

Holguín, 1959

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato