Tres revistas con igual título: El Ateneo

Cira Romero • La Habana, Cuba

El Ateneo fue el título adoptado por tres revistas literarias publicadas en La Habana, Nueva York y Matanzas en 1868-1869, 1874-1875 y 1879-1883, respectivamente. La primera en el tiempo se subtituló “Revista quincenal ilustrada de / Agricultura, industria, comercio  Física. Química. Metalurgia. Arquitectura. Mecánica. Telegrafía. Jurisprudencia. Medicina. Historia natural. / Meteorología. Literatura. Pintura. Escultura. Fotografía. / Bancos. Empresas. Navegación. Ferro-carriles. Cambios. Crédito. Contabilidad. Tipografía. Bibliografía, etc.”. En el interior de la publicación se lee: “Revista quincenal enciclopédica, ilustrada con grabados”, pero después cambió a “revista quincenal ilustrada de ciencias, industria y comercio”. Comenzó a salir en julio de 1868. Aunque estuvo dedicada a cuestiones de carácter científico, agrícola e industrial, prestó atención a lo literario. Publicó poesías y artículos costumbristas y de crítica literaria. Entre sus colaboradores estuvieron el conde de Pozos Dulces, José Fornaris, Enrique Piñeyro, Antonio Bachiller y Morales y Felipe Poey. Este último, aunque dedicado al estudio de  las ciencias naturales —fue fundador del Museo de Historia Nacional de La Habana, en 1839, y miembro de numerosas instituciones científicas cubanas y extranjeras— cultivó también la literatura y en 1888 vieron la luz sus Obras literarias. Colaborador de importantes revistas como La Piragua y Floresta Cubana, dio a conocer en El Ateneo su égloga A Silvia, de la que reproduzco un fragmento:

Ven a mis soledades, Silvia bella,
Acompaña a tu amante
En medio de estos árboles tranquilos
Donde ya tantas veces ha soñado
Su loca fantasía
Que contigo sus sombras recorría.

Mi voz te llama ansiosa en los collados,
A mi voz no respondes,
En el llanto te busco vanamente:
Por todas partes solitario vago
Pensando en tu hermosura.
Lejos de ti privado de ventura.

Con tu ausencia las flores se marchitan,
Los bueyes afligidos
No aprecian el cogollo de las cañas;
Ya pierde su color el verde prado,
El sol pierde su brillo
Y olvida su cantar el pajarillo.

Juan Ignacio de Armas, quien había tenido cierta carrera periodística en Cuba —a fines de 1868 dirigió La Aurora, de Matanzas— marchó a los Estados Unidos para establecerse en Nueva York. Allí fundó y dirigió el periódico literario El Ateneo. Más tarde fundaría, en esa propia ciudad,  La América Ilustrada y, de nuevo en Cuba, El Museo.

El Ateneo se subtituló “Repertorio ilustrado / de arte, ciencia y literatura” y comenzó en el mes de julio de 1874, número en el cual se expresó que “la más completa abstención de controversias políticas y religiosas, el respeto más severo a la moral, formarán el carácter distintivo de la redacción de El Ateneo”. Aparecía mensualmente y publicó cuentos, novelas y traducciones de poetas norteamericanos y franceses. Reprodujo grabados del también pintor francés  Gustavo Doré (1832-1883), poseedor de una fértil imaginación, con una obra continuadora del romanticismo, y de otros pintores famosos, así como algunos artículos de costumbres de Jeremías de Docaranza, seudónimo de José María de Cárdenas y Rodríguez, como los titulados Médico de campo y Un título, donde a través de personajes ficticios como el conde de La Palma, el barón de Tornasol y el marqués de la Guanábana se burla de aquellos que ambicionaban tener un título nobiliario. También dio a conocer artículos sobre un tema que le preocupó mucho: la educación de los niños y se mantuvo opuesto a que los padres complacieran a sus hijos hasta en los caprichos más insólitos. Los titulados Educado fuera, que trata del peligro de educar a los niños en el extranjero, y Colocar al niño, donde se refiere a las curiosas gestiones de los padres para conseguir un empleo adecuado al “niño de la casa”, que de niño ya tiene poco, pues usa tremendo bigote.

El último número de que se tiene referencia de esta publicación data de junio de 1875.

Matanzas, bien llamada “La Atenas de Cuba”, tuvo también su revista El Ateneo, que comenzó como órgano oficial del Ateneo de Matanzas, institución cultural dedicada a promover los valores artísticos de la ciudad y fuera de ella. Dirigida por Fernando Romero Fajardo, contó con la colaboración de Nicolás Heredia, dominicano radicado en esa ciudad desde niño, autor de las novelas El duelo de mi vecino y Leonela, Bonifacio Byrne y Miguel Garmendía, entre otros.   Byrne, entonces iniciándose en la poesía,  había recibido el espaldarazo de Julián del Casal, quien con su natural generoso y modesto, afirmó: “Tanto por su elevada fantasía como por su exquisita sensibilidad, es el primero de los poetas de la nueva generación. Byrne ha irrumpido en el tono monótono de la poesía cubana, lanzando en ella una nota nueva, extraña y original”. En El Ateneo adelantó poemas que después recogería en su libro Efigies de 1897, donde, sin abandonar el ideal romántico, incorpora elementos modernistas, como el titulado Mi sepulturero, concebido dentro del tema satánico, donde muestra la irreverencia característica de la nueva corriente, en este caso frente a la gravedad de la muerte:

Inútiles muebles, odres ya vacíos,
él se ha imaginado que los muertos son:
y aburridos a veces de hallarlos tan fríos,
con mano sacrílega les da un bofetón.

Aunque no lo publicó en El Ateneo valga recordar también su antológico poema Los Maceo, donde evoca, con alto contenido patriótico a esa

Estirpe de colosos y titanes.
Ellos alimentaban sus legiones
con médula y con sangre de leones
para logar mejores capitanes.

Su séquito era solo de huracanes,
su música, la voz de los cañones,
las nubes del espacio, sus bridones,
sus amigos ausentes, los volcanes.
Para narrar sus épicas hazañas
hay que escribir exámetros de acero
interrogando al mar y a las montañas.

Y para ese milagro es lo primero,
descender de la tumba a las entrañas
y a Dios pedir que resucite a Homero.

Valga señalar que, ya en el siglo XX, entre 1952 y 1957,  hubo también una “Revista mensual literaria, artística, científica y de información cultural” llamada Atenea, publicada en Cienfuegos, donde colaboraron, entre otros, Aldo Menéndez, Alcides Iznaga y Manuel Isidro Méndez, dedicada a divulgar las actividades del Ateneo de esta ciudad.

La sabiduría, para hacer gala al título de estas publicaciones, intentó apropiarse de las páginas de estas publicaciones. Unas las consiguieron más que las otras, pero muestran, todas, un marcado  interés por hacer del arte y de la literatura medios posibles para enriquecer el espíritu.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato