Concurso de animación

Muñes para Nuestra América

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

Desde Humorous Phases of Funny Faces, aquella primera película del norteamericano James Stuart Blackton, realizada en 1906, sin dudas, la producción de cortos y largos animados se ha transformado notablemente. En la actualidad, en América Latina, las obras de animación rescatan las mejores tradiciones del género e incluyen historias que resaltan los valores identitarios de tan diversas naciones. La certeza de tales palabras queda confirmada en las 31 obras que, este año, concursan en la sección oficial del 35 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Las técnicas de animación son múltiples y variadas. El empleo del 2D, del 3D, del stop motion y de la animación tradicional siguen siendo las estéticas predominantes entre los creadores. El color prevalece sobre el banco y negro y continúa caracterizando las obras que, en su mayoría, provienen de México, Brasil y Cuba.

Diez de los fantásticos relatos de Julio Cortázar, que aparecen en Historias de cronopios y de famas, son convertidos en un largometraje, dirigido por el argentino Julio Ludueña. Una obra inclasificable que, en 83 minutos, recorre sensaciones, lugares e impresiones, a partir de dibujos y pinturas creados por una decena de reconocidos artistas argentinos.

Los hechos reales nunca dejan de ser contextos sugerentes para construir historias. Prueba de ello resulta la obra Padre, cuyos sucesos ocurren luego de la última dictadura militar argentina. El corto, coproducido entre Argentina y Francia, pertenece a Santiago “Bou” Grasso, quien en la edición 30 del festival habanero obtuvo el Primer Premio Coral de Animación con El empleo.

Imagen: La Jiribilla
Fotograma del corto Padre de Santiago “Bou” Grasso
 

Chile imaginario, docu animado, de Claudio Díaz Valdés, reconstruye, a través de nueve testimonios de jóvenes nacidos entre el Golpe de Estado de 1973 y el Bicentenario de Chile en el 2010, la historia de esa nación latinoamericana.

El largometraje Uma história de amor e fúria, de Luiz Bolognesi, relata pasajes olvidados de la historia brasileña en cuatro episodios, que pasan por la colonización, la esclavitud, el régimen militar y el futuro en el año 2096. Sucesos que abarcan más de medio milenio y están protagonizados por el idilio de un héroe inmortal y su amada Janaína.

La aventura es otro de los géneros preferidos por los más pequeños. Este año, los niños han podido disfruitar del largometraje peruano-argentino Rodencia y el diente de la princesa, de David Bisbano. El relato está protagonizado por el ratón Edam, joven aprendiz de mago, quien tendrá, junto al noble Roquefort y al comilón guerrero Gruyere, la misión de encontrar el famoso diente de una princesa humana.  

Los cortos Nuestra arma es nuestra lengua, del argentino Cristián Cartier Ballvé, y La cacería, de la chilena Margarita Cid Lizondo, también centran sus tramas en grandes aventuras por los paisajes más variopintos de la realidad latinoamericana.

Aparecen, igualmente, las aventuras vividas por pequeñas y perspicaces niñas. En Anina, coproducción colombiana-uruguaya, dirigida por Alfredo Soderguit, se cuentan las andanzas de Anina Yatay Salas, nombre tres veces capicúa. Basada en el libro homónimo, del escritor y maestro uruguayo Sergio López Suárez, este largometraje representará a Uruguay en los Premios Oscar.

Otra de las niñas protagonista de grandes peripecias, es la detective cubana Fernanda, cuyo largometraje, Fernanda y el extraño caso del Dr. X y Mr. Jai, del experimentado Mario Rivas, es el primer filme de animación digital producido completamente en la Isla.

En el corto Momentos, la cotidianidad, constantemente ajetreada, sitúa ante disímiles circunstancias a un niño, un adulto y un anciano, quienes nunca usan la palabra hablada ni la escrita. Con esta obra, el argentino Pablo Polledri obtuvo la Medalla de Oro y la mención especial a la mejor banda sonora, en el Festival de Cortometrajes UNICA 2013, en Austria.

La búsqueda incansable de sentimientos, utopías e ideales es, también, una constante en las historias contadas. Los personajes de El hombre que quería…, del cubano Alexander Rodríguez González; Mai, el gran cazador, del ecuatoriano Xavier Chávez Cóndor; Vigilante Nuar, del salvadoreño José Aguirre, y Flamingo, del venezolano Carl Zitelmann, no cesan en sus empeños por alcanzar sus anhelos.

Las ausencias también forjan memorias, como la del pequeño que, ante el fallecimiento de su padre, decide abandonar su aldea y descubre un universo maravilloso. Se trata de O menino e o mundo, primer largometraje del joven cineasta brasileño Alê Abreu, galardonado, este año, con el premio especial del jurado en el Festival de Ottawa, en Canadá.

El cambio de roles es la esencia de Coronas y cascabeles, de la cubana Ivette Ávila Martín. Por otra parte, el asombro de un vampiro, ante un nuevo contexto, es la propuesta del animado mexicano El regreso del vampiro, de Cristián Alain Vázquez Carrasco.

Imagen: La Jiribilla
Fotograma de Coronas y cascabeles de Ivette Ávila Martín
 

Los cortos venezolanos Cumpleaños feliz, de Vanessa Arteaga; Danza orgánica, de Nelson Guerra Rojas, y Génesis, de Claret Canelón, son los únicos cuya duración no sobrepasa los 60 segundos. En ese breve lapso de tiempo, se refieren, respectivamente, a la ancianidad, la búsqueda del yo interior y la esencia de la humanidad.

Las obras de animación, en concurso durante estos días del 35 Festival, proponen miradas múltiples, diversas y reflexivas en torno a la existencia humana y sus avatares. Animados que reflejan las luces y las sombras de los convulsos tiempos modernos.

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