Entrevista con Alicia Scherson

El cine: una herramienta para cuestionar la realidad

Ana Lidia García • La Habana, Cuba

Una novelita lumpen, del escritor chileno Roberto Bolaño, llegó a Alicia Scherson por casualidad. Nunca imaginó que en ese libro encontraría una película. Pero la voz lúcida, lejana y sabia de Bianca que camina por Roma cuestionándose su presente y futuro, la conmovió desde el principio: “Me cautivó la visión tan tremenda y desolada del mundo que tiene esta adolescente, sumergida en una ciudad al borde del colapso. Enseguida supe que quería contar esta historia con imágenes en movimiento”, relata.

Así surgió la idea de su tercer largometraje El futuro (2013), que obtuvo el reconocimiento de la crítica especializada en el más reciente Festival Internacional de Cine de Rotterdam (Países Bajos) y el del público en Sundance (EE.UU.). Luego de Play (2005) –Coral de ópera prima en La Habana– y Turistas (2009), esta graduada de la Escuela de San Antonio de los Baños, decidió asumir la difícil empresa de adaptar al cine una obra literaria.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuáles fueron los mayores retos en el proceso de adaptación cinematográfica?

Necesariamente la película es una obra independiente; sin embargo, siempre quise respetar la trama de la novela. Todos los acontecimientos y personajes, así como la estructura temporal del libro, están en la cinta. Como la historia es corta, de unas 50 páginas aproximadamente, y tiene un argumento muy fuerte, me gustó el desafío de mantener esos aspectos. Ahora bien, la parte más interesante y compleja fue la de traspasar la atmósfera de la literatura a la película, porque son dos lenguajes diferentes. ¿Cómo llevar a escenas fílmicas la sensación que te deja la novela? Esa era una pregunta que me hacía todo el tiempo. Cuando uno lee el libro se da cuenta que está lleno de imágenes, pero Bolaño no es un escritor que utilice muchos adjetivos o describa cada uno de los ambientes donde se desarrolla la acción. No se encuentran en sus obras alusiones al color, las texturas, los olores.

Comprendí que la atmósfera literaria es algo que surge de manera muy sutil entre las palabras y hay que encontrar un paralelo para que surja también entre las imágenes. Ese proceso de búsqueda fue lo más entretenido y lo más difícil también. El sonido fue una herramienta que me ayudó mucho a transmitir las sensaciones.

Este filme –una coproducción con Alemania, Italia y España– describe un mundo atomizado, poblado de individuos solitarios, en el que las relaciones humanas y sociales se ven degradadas frente a un futuro que parece siempre incierto. ¿Por qué decidió hacer una película sobre este tema, que además se aleja de la realidad latinoamericana?

Me interesa el modo en que la gente vive en el mundo contemporáneo, cómo nos las ingeniamos para sobrevivir, no solamente desde la perspectiva material sino también cómo resolvemos internamente nuestra existencia, cómo logramos estar bien en las circunstancias actuales. Creo que esas preguntas recorren mis tres películas. En tal sentido, me gustan los personajes en crisis que tienen que inventarse una estrategia para sobrevivir. Esta vez, tenemos a Bianca (Manuela Martelli) y a su hermano Tomás. Ellos quedan huérfanos, son adolescentes, están solos en el mundo, abandonan la escuela, inician un luto oscuro y peligroso, y descienden al submundo de una gran ciudad.

Debido a que la película no cuenta la realidad latinoamericana y no se desarrolla en el continente, queda fuera de muchas categorías. Por esa razón, me hizo muy feliz que el Festival de La Habana tuviera una visión vanguardista y la seleccionara. Las fronteras cada vez se disuelven más y el mundo se vuelve un lugar mucho más conectado. Creo que los festivales y las instituciones cinematográficas tienen que ir dando cuenta de dicho fenómeno. Muchos siguen pensando que el cine nacional es el que se hace en el país y con los ciudadanos de esa nación. Eso ya no es así, existen muchas mezclas y es común que una directora chilena como yo filme una película en Italia, con actores europeos y latinoamericanos, basada en la novela de un coterráneo que creció en México pero desarrolló su carrera en España. Así es nuestro mundo y somos un ejemplo desafiante en ese sentido.

¿Por qué hasta el momento sus películas han girado en torno a un personaje femenino?

Primero, es la experiencia que tengo más cercana. Es cierto que muchas películas en la historia del cine han tomado a la mujer como centro, pero la mayoría desde la mirada de los hombres; entonces pienso que hay muchísimas maneras de pensar y actuar que aún no han sido representadas. No descarto hacer una película con hombres, simplemente que hasta el momento estos son los conflictos que me han impulsado. 

¿Cuál cree que sea la responsabilidad social del cine?

Creo que el cine y el arte de manera general tienen que hacer preguntas sobre nuestra realidad, plantearnos problemas, desafíos. No me interesan las obras que dan respuestas. Sería muy soberbio pensar que los artistas podemos dar lecciones. Todo el tiempo observamos el mundo y lo cuestionamos y el arte es la mejor manera de exponer nuestras reflexiones.

¿Considera que el cine chileno está cuestionando la realidad?

Estamos viviendo un momento muy interesante, se han hecho muchas y muy buenas cintas en los últimos tiempos. Las obras son muy diferentes entre sí pero se puede hablar de un discurso sobre Chile en el cine. Además, los cineastas de mi país buscan estrategias nuevas para relacionarse con la política, la sociedad, alejados de los centros de atención. Las películas ya no siguen la estructura lineal de un conflicto central y un héroe que lo resuelve. De pronto, el héroe no es tan héroe, el problema central no es el más importante o lo es, pero los personajes se dan la vuelta y miran el paisaje y eso se vuelve más interesante. A veces, los caminos laterales son más entretenidos que el principal.

¿Esta amplia producción cinematográfica ha impulsado nuevas leyes que regulen el mercado y aseguren una correcta distribución del cine nacional?

Seguimos sometidos a la hegemonía del cine comercial norteamericano que nos satura las pantallas de manera violenta. Como tenemos tanta producción empezamos a tener problemas de exhibición, ya los directores no encuentran lugar ni para estrenar sus filmes. Eso sucede porque en un mismo multicine el 80% de las salas están tomadas por la misma película hollywoodense. Solo el Estado puede regular tal situación. Si se deja el cine, la cultura de manera general, en manos de las leyes del mercado, el saldo va a continuar siendo muy negativo.

¿Qué acciones propone para revertir esa situación?

Lo primero que debe suceder es que los decisores comprendan que el cine es un bien de valor patrimonial; por lo tanto, no debe estar sometido a las leyes de la libre competencia. Por otro lado, es inminente crear políticas de educación para la recepción, porque el público se ha desalfabetizado. Ya casi no tenemos cines en Chile porque los han cerrado y los que quedan solo exhiben películas de Hollywood, entonces las personas han perdido la costumbre de ver producciones nacionales o latinoamericanas. Todos saben que esas son las soluciones, solo necesitamos que alguien con mucha valentía las lleve a cabo.

¿Cuánto le aportaron a su carrera como cineasta los estudios en la Escuela de San Antonio de los Baños, Cuba y luego en Illinois, EE.UU.?

Llegué a Cuba a principios de los 90 del siglo pasado, en un momento muy difícil para el país porque se atravesaba la crisis económica conocida como período especial. La escuela también vivía una etapa de transición, éramos pocos alumnos pero compartíamos mucho cine. Vi en esos años las películas que nunca imaginé que vería. No hacíamos más que hablar y pensar en el cine. Fue muy intenso el tiempo que viví en la Isla. Aquí amplíe mi horizonte cinematográfico.

Luego volví a Chile y decidí terminar la carrera de Biología que había comenzado antes de viajar, porque yo necesitaba un título universitario. Ya para ese entonces no me interesaba en lo absoluto la ciencia pero, a la vez, necesitaba el nivel universitario para continuar mi carrera como cineasta. Al graduarme, me fui a los EE.UU. a cursar una Maestría en Bellas Artes en la Universidad de Illinois. Allí todo era bien diferente. Mientras que en la Escuela de San Antonio de los Baños teníamos el apoyo de muchas personas y gran cantidad de equipos a nuestra disposición, en EE.UU. cada uno tenía que rascarse con su propia uña, no es tan fácil conseguir lo necesario para trabajar ni a personas que te ayuden. A partir de ese momento me pasé al digital y desarrollé la capacidad de resolver por mí misma las ideas con aparatos más pequeños y, sobre todo, esa mentalidad de los artistas americanos de hacer las cosas pase lo que pase, de no detenerse. El mundo del arte independiente no tiene nada que ver con Hollywood donde hay muchos recursos.  Ellos tienen una energía para llevar a cabo los proyectos que yo nunca había visto. Allí las personas no le dan tantas vueltas a los proyectos, los emprenden y ya, como sea. Hice, junto a cuatro amigos, muchos videos arte de dos minutos en ese período. Las dos experiencias me ayudaron mucho porque regresé a Chile con mucho conocimiento mezclado y lista para crear. Llegué y me dije “esta película, Play (mi ópera prima), la voy a hacer a como dé lugar”.

Y actualmente en lugar de recibir clases las imparte. ¿Qué ha significado esta experiencia?

Doy clases de Dirección de Ficción desde hace seis años en la Academia de Cine y Televisión en Chile, y eso ocupa la mitad de mi vida. Me encanta la experiencia y constituye una vía para mantenerme activa, cuestionándome todo a mi alrededor y estudiando para actualizarme constantemente. Los alumnos te preguntan todo el tiempo y eso es un incentivo.

¿Sus procesos de creación están marcados por los conocimientos científicos que posee? 

Puedo decir que sí. Primero en la curiosidad, que es común entre el arte y la ciencia. Mirar un fenómeno, interesarse y analizarlo desde diferentes ángulos es algo que hace tanto un científico al analizar la naturaleza como un cineasta al estudiar las situaciones y las personas para luego representarlas. En mi caso, tengo un método casi científico para trabajar: disciplina, organización. Pienso que la dispersión es fatal. Siempre me propongo una metodología de trabajo, no me gusta mucho la improvisación.

Hacer una película tiene puntos de contactos con la realización de un experimento. Uno pone a prueba ciertas ideas, hace cine para hacer preguntas sobre el mundo, con la esperanza de que a partir de esas interrogantes salgan más ideas o más preguntas. No creo que el arte pueda imponer una verdad absoluta. El espíritu científico también tiene que ver con estarse preguntando y dudando de lo antes demostrado.

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