Para un mapa de Galich

Roberto Fernández Retamar • La Habana, Cuba

Antes y hoy, y en el futuro, muchas cosas serias y justas se han dicho y se dirán sobre nuestro magnífico compañero Manuel Galich. Me correspondió el triste privilegio de reiterar varias de tales cosas junto a su tumba recién cerrada. Ahora quiero evocarlo, además de en algunas de las vertientes que lo hicieron merecedor de esos elogios, en otros aspectos de su vida, también memorables.

Imagen: La Jiribilla

Conocí a Galich hace 51 años, en 1962, cuando ambos fuimos por primera vez jurados del Premio Casa de las Américas. Una amistad honda nos unió desde el principio, no obstante la diferencia de edades: una amistad que no haría sino profundizarse y enriquecerse. Pero siempre, hasta el último instante, se trató de una relación en la que uno de los dos —él, por supuesto— era el maestro, y el otro un fervoroso y agradecido discípulo. Ocho años antes de nuestro primer encuentro, la CIA había derrocado al gobierno progresista de su entrañable Guatemala, impidiéndole regresar a ella. En el exilio viviría el resto de su existencia: 30 años fuera de la patria, cuya evocación, a aquel hombre de enérgico carácter, le nublaba a veces la voz. Oyéndolo hablar con vehemencia, y luego leyendo con avidez sus textos, aprendí no poco sobre las maniobras criminales del imperialismo yanqui, que él detectaba como baquiano avezado mientras a otros pasaban inadvertidas. Me explicó además muchísimas cosas de nuestra América. Recuerdo, por ejemplo, cuando me hizo ver, con delicadeza que no excluía la reciedumbre, que mi apreciación de Justo Rufino Barrios no era correcta. Y ejemplos así podría multiplicarlos.

Galich —como pronto iban a saberlo sus afortunados alumnos de la Universidad de La Habana— era, entre tantas cosas, un maestro privilegiado. Me atrevería a decir que un maestro socrático, si no fuera porque, a diferencia del Sócrates platónico (del verdadero sabemos poco), no era hombre frugal. Su vitalidad era contagiosa; sus carcajadas, homéricas; el caudal de sus memorias y chascarrillos, inagotable; su capacidad de incorporarse los manjares de este mundo, prodigiosa. Baste decir que en horas inolvidables departió en estas lides con contendientes del calibre de Roque Dalton, sin que hubiera vencedores ni vencidos. Tras noches no indignas del ágape griego, vimos amanecer en el malecón habanero, merecedores del ópalo modernista y de ejercer el fiero desdén al Norte revuelto y brutal.

Aquel año 1962 ya Galich había sido invitado a trabajar en la Casa de las Américas, y tres años después la gran Haydee, que tanto lo quiso y respetó y a quien él quiso y respetó en grado superlativo, me hizo similar honor, lo que naturalmente contribuyó a aumentar los vínculos entre el insigne guatemalteco y quien escribe estas líneas. En Galich encontré infaltablemente el consejo oportuno ante circunstancias o textos arduos: y al autor de no pocos de los mejores trabajos que la revista publicara. Un hilo rojo los atraviesa a todos: el amor sin fronteras por la patria mayor, nuestra América (no en cambio escribió con agudeza sobre Bolívar y Martí), y “el odio invencible a quien la oprime”. No voy a glosar todos esos trabajos, bien conocidos por nuestros lectores. Pero creo que si tuviera que escoger uno entre ellos, tarea difícil, me quedaría con su Mapa hablado de la América Latina en el año del Moncada, que escribió al cumplirse los 20 años del 26 de julio de 1953. Toda su experiencia personal, toda su pasión revolucionaria, toda su sabiduría de historiador, todo su brío de escritor se volcaron en ese texto, tan vasto —por otra parte— que hubo que publicarlo en dos números de la revista y reunir después en un sobretiro.

En aquella oportunidad, de acuerdo con una inveterada costumbre con que agobiaba a mis pacientes y fraternales compañeros del consejo de dirección durante nuestras meditabundas reuniones, hice llegar a Meme —como se le llamaba cariñosamente en la intimidad— el deshilachado soneto de ocasión, del que no sé por qué conservé este borrador, con el que voy a terminar estas líneas al hermano del alma:

 

A MI SEÑOR Y MAESTRO DON MANUEL GALICH, AGRADECIÉNDOLE EL MAPA —Y EL VIAJE

 

                   Mi querido cartógrafo Manuel:

                   Tu mapa es una joya, y tú lo sabes:

                   Serpientes, pumas, pulgas, raras aves

                   Van, turbias, arrastrándose por él.

 

                   Y de pronto, al romper la madrugada,

                   Amedrentando al lupanar de fieras,

                   Se levantan las másculas banderas,

                   Hoy más vivas que nunca, del Moncada.

 

                   No soñara el señor Juan de la Cosa

                   Al dejar en el viejo pergamino

                   Aquella gota de cartografía,

 

                   Que casi a cinco siglos de camino,

                   De su herencia saldría, dura rosa,

                   La maravilla de tu geografía.

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