Meme…, mi abuelo

Yo iba a cumplir 15 años, cuando lo internaron en el Hospital CIMEQ, en el intensivo, solo sus hijos pudieron entrar a verlo, y compartir con él sus últimos momentos. Finalmente, después de casi mes y medio, él murió, el 30 de agosto de 1984.

No pude verlo más, ¡se fue... para siempre! mi abuelo, “Meme” como le llamábamos todos sus nietos, amigos y vecinos, “desapareció” físicamente sin poder decirle adiós..., pero nos dejó su legado, invaluable.

Imagen: La Jiribilla

El vivió suspirando por su tierra, por Guatemala, añorando poder regresar algún día, pero eso no le fue posible, pues murió en el exilio, mientras Guatemala vivía y escribía uno de los capítulos más terribles de su historia.

Después de su muerte, las coronas y las flores no se hicieron esperar, no cabía una más, y por aquel lugar desfilaron todo tipo de personalidades, gente de teatro, de cine, historiadores, políticos, intelectuales, etc.

No quise acercarme a la caja, no quise verlo así, preferí guardar su recuerdo lleno de vida, poderoso, imponente, con una personalidad que ocupaba espacio..., mucho espacio, ¡una voz, un aura y una presencia genial e impresionante! Jovial, ameno, sociable, ecuánime, con un sentido del humor gigantesco, con “voz de Trueno y corazón de Bronce”, activo, siempre de un lado a otro, y si no, inmerso en su máquina de escribir, en su “escritura”, en la de sus obras o en el libro que no pudo terminar, o en sus lecturas y revisiones, o en sus estudios.

Siempre elegante, bañado y perfumado, en el día y en la noche, sufriendo el calor exuberante de nuestra Isla, con sus guayaberas impecables, de manga larga, cuando iba a dar clases a la Universidad de La Habana, y de manga corta, para ir a trabajar a la Casa de Las Américas. Hasta para dormir mi abuelo se ponía su mejor atuendo, sus mejores pijamas.

Comía con estilo, hasta el pollo con el tenedor y el cuchillo y podía dejar los huesos como si los hubiera chupado.

Mi hermana Adriana, un año mayor que yo, y yo, vivimos con él, y fue, no solo nuestro abuelo, sino también nuestro padre y madre, por varios años, lo cual fue una experiencia incomparable; nos llevaba al cine, a la playa, a las premières de todas las obras de teatro puestas en La Habana, de las que recibíamos invitación especial.

A nuestra casa llegaban a verlo personalidades y amigos, todos lo querían y lo admiraban.

Su cuarto de estudio, era acogedor, toda una biblioteca, diseñada de manera tal, que las paredes estuvieran cubiertas de sus libros, todo cuidadosamente ordenado y bien dispuesto, una de las paredes dejaba espacio para su mesa de trabajo, con una lámpara empotrada como luz directa; ahí pasaba mi abuelo “Meme” largas horas escribiendo, y luego se sentaba en el balcón de la casa, a tomar el aire fresco que venía del mar, mientras revisaba y corregía sus escritos.

Mis profesores de Historia fueron alumnos de él, y recibir las palabras de admiración refiriéndose a él era fascinante, hablaban de su excelencia como académico, como maestro, de su inteligencia, de su carisma, y yo me sentía feliz y orgullosa.

¿Pueden imaginarse nuestra casa sin él? ¿Ese apartamento de Miramar, frente al mar, sin su presencia?
Era un vacío y un silencio demasiado profundo e interminable, que llegaba y aún llega, estemos donde estemos, a la médula de los huesos.

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