Descompuesta

Frank David Frías Rondón • La Habana, Cuba

La sacudió por el cuello delante de todos y no pareció importarle a nadie. Lo venía siguiendo a lo largo de ocho cuadras, suplicándole que no la botara, que no quería terminar en el rastro de Jeremías & Clift. Y él, Alex García, atrapado en el nuevo curso de cambiar de acompañante cada año, como se hacía con los autos, terminó por tomarla de la garganta y darle un apretón tan fuerte que alguien de la cola del estanquillo le gritó, a ella, que lo dejara en paz: todas son la misma mierda. Eso dijo ese alguien del punto donde compraban la prensa cada mañana y el resto no lo puso en duda: Vete de aquí, basura. Muévete, perra. El único que no le gritaba a Rebecca era un cura demasiado viejo sentado en uno de los bancos del parque metropolitano, con la vista en el último número de Mecánica y Sociedad; sereno como los álamos que desparraman con la ayuda del viento puñados de hojas secas alrededor de él.

Dentro de la cafetería el ambiente fue el mismo: desde los dependientes hasta los clientes, desde la cajera hasta la mujer india sin dientes que cuidaba el baño miraron a Rebecca con rabia. Los vientos de cuaresma le habían arruinado el chorro de pelos negros que le caía sobre los hombros y el polvo matutino le opacaba el brillo en su piel de silicona. Lo hubiese resuelto con una pasada del cepillo y aceite restablecedor de tonos; pero, andaba demasiado cerca de Alex para fijarse en otros detalles, y por eso al sentarse frente a él en la mesa para dos provocó una mueca de asco en la muchacha que se acercaba a tomar el pedido. Y no por eso, sino por otro aspecto sencillo (estaba obstinado de ella) le dijo Alex a esa muchacha:

—El único que va a desayunar soy yo, éste traste no anda conmigo.

Traste: palabra como muchas otras de condimentos dejadas por la compañía en cada microchip con el propósito de no ser utilizadas. Es posible que algún virus burla-vacunas penetrara el potente antivirus inmunológico y le provocase a Rebecca cierto tic nervioso en uno de los párpados, o una picazón, fácilmente controlable, en algún seno; pero nunca saldría de su boca ni traste ni púdrete, ni estoy harta de ti, porque el programa que se encargaba del estrés y los impulsos, había sido diseñado por un ejército de programadores en los departamentos más alegres (de colores pasteles y un mini-campo de golf) de Jeremías & Clift. Sin embargo, nadie fue capaz de justificar los sueldos al pasar por alto los efectos secundarios: ahorros de lágrimas al escuchar esas palabras clasificadas como prohibidas, usadas contra ellas por las bocas malolientes y cariadas de los humanos.

—No empieces con eso, deja de llorar—le dijo Alex García mientras se quitaba con el dorso de la mano el bigote de yogurt, y agregó: O me dejas en paz y te pierdes por ahí, o te entrego al rastro del viejo Abel Salas.

Abel Salas, nombre que le sonó a esbirro a Rebecca la primera vez que lo escuchó. Eran muchas las historias del rastro. Un lugar lleno de Rebeccas abandonadas, o de lo que de ellas quedaba. Al centro: la prensa hidráulica; al caer la noche, cuando todos se largaban a sus casas, aparecían los quejidos, los lamentos. Por eso llamaban al rastro El valle de las innombrables. Pero aquello le parecía exagerado a Rebecca. Sobre todo cuando era feliz. Cuando iba al mercado en busca de plátanos para hacerle tostones a Alex. Siempre encontraba buenas manos pero la tarde del calor insoportable todas le parecían flojas y le preguntó al vendedor: ¿Tiene algo mejor en las cajas? En las cajas no, pero en el almacén sí. Venga. Y la llevó por un corredor hasta el final, donde se filtraba bajo una puerta el olor de los mangos y las cebollas. Adentro: cientos de cajas y sacos y algo más: una de las muchachas que Rebecca había visto un par de años atrás en los salones iluminados de Jeremías & Clift, se arrastraba con la ayuda del único brazo que funcionaba, sin piernas. El vendedor le tiró un trapo a la cara y le ordenó que puliera las losas que eran imposibles de pulir por tanta agresión de tierra colorada en tiempos anteriores. ¿Qué le pasa a ella? Preguntó Rebecca y la respuesta del tipo fue. Se la cambié por un majá al viejo Salas. ¿El del rastro? Sí, ese, esta basura era lo único que se movía por allí. Veo que tienes un serio problema. El vendedor acababa de ver el número de serie en el antebrazo de Rebecca. Acababa de entender que solo una de ellas, bastante deteriorada, podía hacer tantas preguntas. Empezaban a darse muchas fallas en los sistemas. La gente protestaba. El rastro florecía y los rumores apuntaban a un disidente que vivía en el lado oeste de la capital.

Rebecca abandonó el mercado al trote mientras el vendedor le contaba a los demás. Los taxis parecían esquivarla hasta que finalmente uno la condujo por la Quinta Avenida, por orden de ella, porque necesitaba despejar la cabeza. Pero al ver que no lo conseguía le dijo al taxista que la llevara al rastro de Abel Salas. Estuvo mejor al bajar del auto (el taxista le miraba demasiado el antebrazo a través del espejo retrovisor) y respirar un poco de aire, aunque, después de hacerlo por unos segundos, captó el olor del metal fundiéndose en los hornos, no muy lejos de allá. Apenas la separaban cincuenta metros de la entrada. Se quitó el abrigo y lo enrolló en el brazo. Avanzó hacia el custodio segura de convencerlo de que era una inspectora de sanidad. Iba tranquila porque estaban hechas a gusto de los clientes, eran cada una la representación de fantasías cocinadas por años, al menos hasta la mayoría de edad, hasta que la cartera estuviese inflada de billetes. Excepto copiar al dedillo a cualquiera, se podía combinar. A veces mezclaban y el resultado solo complacía al dueño. A veces la mezcla atraía a más de uno. Rebecca avanzaba segura con su acople de Ava Gardner y Rita Moreno. El custodio no tuvo más remedio que tomar el auricular para pedir instrucciones y al regresar vio que Rebecca no estaba frente al portón principal. La buscaron, no mucho, dentro del rastro y no dieron con ella. Debe haberse dado media vuelta en la entrada, dijo alguien y todos parecieron de acuerdo.

A media noche pudo salir de su escondite (una pila de cajas) y atravesar el patio a hurtadillas, nerviosa, aunque no había luces en aquella cazuela de bruma y circuitos en mal estado, una luna llena y podrida iluminaba bastante. Más nerviosa estuvo, no obstante, al llegar a casa, antes de meter la llave en la cerradura. Todos los modelos de Jeremías & Clift estaban programados para no ir más allá del hogar, excepto para hacer compras. Nunca llegar después de las seis. Cero chismorreo, cero oposiciones al marido o al sistema político. Cero aumento de cerebro: las dimensiones de un maní era lo adecuado. Por eso al meter la llave ella creyó tener un cáncer cibernético, un virus mortal. Empezaba a hacerse preguntas. Y por montones: ¿Qué es esto?

Alex había retrocedido espantado al ver como Rebecca tiraba una cabeza de quien fuera una pelirroja. Aún tenía los ojos abiertos. Más aún los tenía Alex al ver aquello.

—¡Qué cojones!, ¿te volviste loca? Sí… estás loca, loca.

Iba a llamar a la policía y se detuvo al escuchar la historia de Rebecca. Encontró la cabeza en el rastro (había muchas). Trataba de saber por qué.

Mañana lo sabrás, cuando te venda al mismísimo Abel Salas, loca.

Alex García durmió con algo de sobresaltos. Rebecca ni siquiera cocinó, se pasó toda la madrugada sentada en el alfeizar de la ventana de cristales en la sala, con los brazos cruzados sobre los senos, mirando la ciudad a oscuras. No paraba de murmurar por qué.

Porque estás rota, eso, ni siquiera me darían cincuenta por ti. Alex García terminó el yogurt y pidió una cerveza.

—¿Vas a beber?

—Me tienes hasta los cojones, si no te vas y no regresas, voy a pararme en medio de la calle y le voy a decir a todos

que estás rota.

Rebecca apoyó la espalda en la silla. Había visto como apedreaban a una de ellas después de que el marido le gritara delante de unos fanáticos reunidos en un bar para ver un partido de fútbol. El código era simple, gritar tres veces estás rota. Luego llovían las piedras. Pero últimamente la mayoría escogía los rastros para deshacerse de las muchachas de compañía, en parte porque pagaban, en parte por la compañía de reciclaje.

La dependiente regresó con la cerveza y en la servilleta le dio una nota a Alex: Tengo un virus nuevo en mi memoria que puede achicharrarla en un par de días. Bien, murmuró Alex, bien bien bien. Espérame aquí, voy al baño y luego nos vamos a casa, te quiero.

Rebecca lo miró hasta que no lo tuvo a la vista. Bajo otras circunstancias lo habría esperado: cuestiones de sistema. Pero el suyo poseía un virus implacable. Uno de esos que no necesitaban de un doble clip. Un código capaz de subir la temperatura, de provocar un tic nervioso en los párpados y de meter depresión sin cuidado en la cabeza.

Bien, musitó Rebecca y añadió: No voy a casa, no señor, no voy. Y salió de la cafetería antes que Alex regresara. El estanquillo había cerrado. La calle estaba vacía. Lo único con vida era el cura que aún leía el ejemplar de Mecánica y Sociedad en el banco del Parque Metropolitano. Rebecca apuró el paso. Sus tacones producían golpes secos en medio de la ventolera. Las hojas desprendidas de los álamos formaban remolinos que iban a enredársele en las piernas. Sabía que al Este reinaban el rastro; las sucesivas convenciones sobre tecnología, los grandes almacenes de muñecas sexuales traídas de Japón, las ferias de objetos extravagantes y los clubes de pedofilia. Y sabía que al Oeste, donde la cuaresma aún iba por los cañaverales sin la oposición de los rascacielos, vivía El Renegado, El Informático loco. Un tipo al que muchos atribuían la creación del sistema W15 Extreme Submission. Sistema, según los rumores, robado y patentado por Andrés Jeremías y Mike Clift. El tal informático era capaz de arreglarlo todo, decían. Apuró aún más el paso Rebecca y justo al atravesar el Parque Metropolitano el viento le levantó el vestido y el cura, al ver que no lo advertía, cerró la revista y le dijo, se le ve una de las lucecillas. Rebecca se bajó el vestido. Ambos se miraron un instante. Ella lo hacía directo a los ojos, él le miraba el número de serie en el antebrazo.

Siga, joven.

Gracias, padre.

Continuó su camino y unos segundos después oyó al cura gritar: ¡Dicen que la caña es más dulce en el Oeste! Rebecca lo miró, desconcertada. El hombre abrió otra vez la revista y ella, decidida, se deshizo de los zapatos (nunca le gustaron tan altos) y dirigió la marcha por la calle mal pavimentada que llevaba al Oeste, con pasos cortos y rápidos, con un chorro de pelos negros agitados por el viento.


Mención en cuento de ciencia ficción en el V Concurso Oscar Hurtado 2013 de literatura fantástica.
 
Frank David Frías Rondón (1977). Presidente del Consejo Municipal del Libro de Plaza de la Revolución. Premio de cuento Ernest Hemingway 2008. Premio de cuento Alfredo Torroella 2009. Premio de narrativa Félix Pita Rodríguez 2009. Mención de narrativa en el Premio Calendario 2010 y 2011. Finalista en el concurso de cuento La Gaceta 2011. Premio de narrativa Calendario 2012. Ha publicado los siguientes libros de cuentos: Una recta entre dos puntos negros (Editorial Extramuros 2009), Rigor Mortis (Editorial Unicornio 2010), La capital de los muertos (Editorial Atom Press, 2011) y Ellas quieren ser novias (Editorial Abril, 2013).

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