Entrevista con Reina María Rodríguez

Mi tiempo lo quiero puramente para escribir

Nirma Acosta • La Habana, Cuba

En su edición número 17, de agosto del 2001, La Jiribilla publicó una entrevista con Reina María Rodríguez que ahora, a propósito de ser galardonada con el Premio Nacional de Literatura 2013, retomamos.
 

La mejor tertulia de poesía de los años 80 se inventaba, de ahora para ahorita, en la azotea de su casa. Intensa y contradictoria en su modo de ver, Reina María Rodríguez es una de las voces femeninas más recurrentes de las letras cubanas de las últimas décadas. Juega con el tiempo, conversa con las hojas de los árboles e invita a la lluvia a correr descalza. Nació en La Habana, en 1952. Estudió licenciatura Hispanoamericana y es ganadora del Premio Casa de las Américas en el género poesía por sus libros: Para un cordero blanco (1984) y La foto del Invernadero (1998). 

Reina María Rodríguez
© Andrés Walliser, 1998
 

Quien bien la conoce, sabe que no descansa. Se levanta cada día a las cinco de la madrugada y dedica el mayor tiempo del mundo a la Literatura, a la obra que debe quedar. Así, desde el 6 de enero de este año, con el apoyo del Ministerio de Cultura, emprendió una suerte de sueño personal y generacional: una Torre de Letras donde los más jóvenes puedan ir a leer, escribir, meditar... Su sede, y quizá por azar es, en otra azotea, la del Palacio del Segundo Cabo. Allí, cuando apenas empezaba, tuvo lugar esta conversación.

-Hay quien asegura que la literatura es un estado emocional ¿Qué piensa Reina?

-La literatura siempre se da como una inspiración. Existe un don, una propiedad, por ontogénesis. La tiene igual el poeta, el carpintero, el ebanista, o la modista con el hilo y la aguja, pero creo que a eso hay que ponerle trabajo.

-¿Es, entonces, el trabajo la vía para sobreponerse al susto de la página en blanco?

La literatura siempre
se da como una inspiración..."
-Siempre puede aparecer el susto o la desesperación de una página en blanco. Es igual para cualquiera. Sobrecoge con el mismo terror cuando tienes 20 años o más. Trabajo mucho sobre mis propias incapacidades, mis propios errores, esa es la única manera de adquirir las armas frente a la cuartilla vacía. Cada libro no es más que un proceso para lograr mejorarte, si es que existe la mejoría, si existe eso que uno puede cualificar como Literatura, se va hacia algo, se va hacia algo que no es ningún fin. Es como cuando uno se levanta por la mañana, sale, y se sienta en un banco, en otro y otro, otro parque y otro, buscando una sombra que le sea propicia.

El poeta se coloca siempre entre la locura, la enfermedad y la normalidad… es una dicotomía, línea divisoria entre lo que la sociedad ha tomado como norma, lo lógico y lo otro, diríamos lo que se escapa a eso dentro de las sensaciones, aproximaciones personales, percepciones. Me gusta esa idea de que un intelectual, un poeta, un artista puede llegar también a la percepción por otras puertas, que existe un grado de ebriedad que no solo lo da el alcohol, también el lenguaje, las propias palabras. Se nos presentan mantos y mantos de asimilación, de relaciones que permiten jerarquizar unas y dejar otras. 

-¿Qué explicación tiene que una mujer tan citadina refugie y sustente su poesía en la naturaleza... las luces, los cielos, los árboles, los animales?

-Soy muy citadina, pero a la vez tengo una relación especial con la naturaleza. Si tuviera alguna posibilidad construiría un zoológico. Tengo una relación afectiva muy fuerte con los animales. He criado gatos toda la vida, pero me gustaría tener monos, pájaros, chivos… Me gusta la naturaleza, pero incluyendo la arquitectura, las casas, la lluvia, todo lo que tiene que ver con la ciudad, las rejas, los balcones, las texturas, las calles, los sonidos… Eso sí, creo que la torre de marfil está dentro de uno, de marfil, o de hojalata, o de lata o de cualquier cosa..., no en lo exterior, como alguien puede pensar. Incorporo lo exterior a lo que está dentro. Puedes echarlo a perder, quererlo o malograrlo.

-¿Qué cree que ha obtenido o malogrado?

-No puedo decir lo que malogré o no, lo que logré o no, no lo sé ni lo voy a saber nunca. Cada uno tiene adentro capas y capas de una celebración que la puedes reciclar y relacionar, pero que viene desde cuando se fue concebido, si la mamá cantó o no durante su embarazo, si lloraste, reíste… Cada día puedes olvidar cosas, pero no aquellas que tienen que ver con la memoria, no la repetitiva, sino la que está en cualquier lugar.

La memoria es mucho más sutil que el recuerdo de una hora, fecha o movimiento artístico, es la manera con la que uno entreteje las cosas. Creo en la memoria de la biografía que constantemente se está haciendo. Es la memoria de cómo uno recoge las cosas, no la aprendida en una escuela, lineal o cronológicamente. La memoria es tu propio acervo, cómo fue ese momento o aquella película, aquel día, con esa luz, ese frío, con esa persona que te acompaña. Hay que insistir en cómo uno va apoderándose de la cultura a partir de la memoria. Es muy personal, con ella nos llevamos desde la fotografía colocada en la mesita de al lado de la cama hasta la luz del atardecer que disfrutamos, acompañada o sola. 

Creo que mi poesía tiene más que ver con los ocres, los claroscuros, no es una poesía pintada ni retocada… se ven los pardos, los tonos de la tierra, blancos, negros...- Si tuviéramos que darle colores a su poesía. ¿Cuáles llevaría por ontogénesis?

- En eso nunca había pensado, pero creo que mi poesía tiene más que ver con los ocres, los claroscuros, no es una poesía pintada ni retocada… se ven los pardos, los tonos de la tierra, blancos, negros…

La foto del invernadero es más frío. No tiene nada que ver con el último libro que escribí que se llama Catch and Release.

-Ha dicho que prefiere trabajar con los residuos, los ripios ¿Cómo se aprecia esto en su obra?

-No me gustan las cosas de primera mano. Así construí mi casa, mi vida. Con lo reciclable de lo que pueda percibir hasta donde puedo llegar con la capacidad que me fue dada o adquirí con el tiempo. La foto del invernadero, por ejemplo, es un libro frío, pretende ser más intelectual. Está dado por la pátina de las revistas Correo que leía, por las fotografías muertas de lugares que ni siquiera he conocido, es un libro que estaría velado, un azul pálido y frío. En un tiempo que tenía realmente mucho hastío, lo que hacía era reciclar, pasaba las hojas, crecían las sensaciones de los viajes que no hice. En mi poesía hay una relación con la luz porque tengo una relación fuerte con las violetas, los claroscuros, los días nublados, la caída de la lluvia sobre la cal. Tiene mucho que ver con los colores de las telas, los retazos. Mi mamá es modista y quizás por eso tengo que ver mucho con el lenguaje de los ripios, los sobrantes, los pedazos de las telas, los vestidos. De alguna manera funcionó en mi imaginario y funcionó a un nivel que yo no era consciente.

Reina María Rodríguez
© Francesco Gattoni
 

-¿En esa relación especial con la naturaleza, hay también, sabores omnipresentes en sus poemas? 

-En el texto hay sabores presentes, referenciales o sugeridos. Por ejemplo, una mermelada que se derrama en el mantel o el delantal, las harinas -que me interesan mucho-, los cereales, los helados y todo lo que uno pueda ingerir que tiene una textura le da un matiz doméstico. Pero eso no es más que el interés por remitirme a la memoria de las personas, por algo que tenga que ver con lo que ellos han probado. No tenía como una técnica, pero me di cuenta que se ha ido incorporando.
Con los años me percaté que dejé de tomar el chocolate, la fresa y preferí la avellana, las frutas. Mi mamá también cambió e incorporó otros gustos, fue prefiriendo los helados blancos, beige, y empecé a retomar cosas que tenían que ver con ella. Todos esos cambios y sabores están en mi poesía.

-En esos cambios aparece la idea de "buscar una sombra propicia" como usted misma dice. ¿Es ello lo que le mueve a fundar la Torre de Letras?

-Más o menos. La Torre de Letras, satisface una especie de dualidad entre la escritora y la promotora que hay en mí. Es mi idea de lo que es un escritor, de lo que debe ser la casa para un escritor. Como yo misma construí mi casa y no está hecha a la medida de nada, sino a la medida de mis posibilidades, de mis debilidades, de mis afectos. Esta casa debe ser un lugar que sirva para leer, para escribir y para pensar. Quisiera que este lugar tuviera un poco ese espíritu, no solamente el mío sino el de otros amigos y escritores como Antón Arrufat, Víctor Fowler, Omar Pérez, Javier Marimón. Si solo dos o tres lo hacen suyo, ya puede parecerme importante.

-¿La Torre de Letras viene a reeditar lo que algunos conocimos como La Azotea de Reina, quizá la mejor tertulia de poesía de los años 80 en Cuba?

No exactamente. Este es un proyecto que se empezó en la azotea de mi casa, pero no es la azotea de Reina. La azotea es insustituible. No se puede sustituir a las personas, el espíritu de los lugares, las luces, las circunstancias. Siempre pensé construir una biblioteca muy especial, digamos iniciática, en la que se pudiera encontrar a aquellos títulos y autores que necesitamos los escritores. Algo bien extraño porque no son los mismos para todos, ni hay una escuela donde pueda darse este tipo de literatura. Son los libros digamos que yo le presto a Marcelo Morales o Javier Marimón, que Antón Arrufat presta a Jorge Ángel Pérez o a otros. Son los libros más cercanos al proceso de formación de un escritor, que es muy íntimo, personal, específico y a su vez variado. Cuando yo tenía la edad de ellos, tuve la suerte de que un amigo me mandó, por cajas, libros determinantes para mi formación como escritora. Así conocí la obra de Virginia Woolf, Rosario Castellanos,-la escritora mexicana-, Roland Barthes, Isaac Dinesen. Lo más importante es que alguien, en algún momento nos dé un "gajito" o lo que otros llamarían una claridad, una iluminación porque después puedes interesarte en buscar esos autores.

En los años de la depresión editorial, nos pasábamos los libros de mano en mano. Nos ayudábamos. Esa es la idea de lo que puede ser esta biblioteca que aún no está armada completamente y que debe resultar muy especial para los autores. En la Torre de Letras, en un principio pensó llamarse Casa de Poesía, proyecto que tuvo no sé cuántos años de idea, participación de muchos amigos, algunos están aquí, otros no viven en Cuba, otros van y vienen, era tener un lugar que fuera una casa para ese ser que es el poeta aunque escriba novelas también y que sirva para conservar esas poéticas. 

-¿Qué la diferenciará o distinguirá de cualquier otra casa de poetas o biblioteca especializada?

Además de la magia, este lugar debe conservar la memoria de las voces, los originales de los libros, saber por qué a un artista le interesa y estudia a Pessoa y no a Proust, o prefiere a Anna Ajmátova y no a Marina Tsvetáeva. Le permite tener un background de cómo van esos procesos, la incidencia de esas lecturas y búsquedas con el autor. El proyecto incluye la realización de talleres de traducción. Son importantes porque no hay un seguimiento de la traducción de textos literarios que nos caen en la mano, nunca hemos leído las mejores traducciones de poesía. No esperamos tampoco que alguien se haga perfecto porque lea las traducciones mejores. Pero si logramos tener obras traducidas por buenos traductores ya estamos ayudando, y si además promovemos que los cubanos hagan traducciones, los mismos escritores hagan traducciones, vamos a promover que se vaya a recibir lo más cercano posible a esa versión, a esa lengua.

Esto se daba de manera espontánea en la azotea pues eran mis amigos aunque tuviéramos diferentes tendencias estéticas. No eran de mi generación, siempre fueron "los que vinieron después". Pero era un lugar donde el que llegaba comía, se bañaba, el que no tenía dónde quedarse, se quedaba. A veces tenía 17 personas tocándome a la puerta. Esto conspiró mucho contra mi deseo de poder trabajar. Algunas de esas personas ya no están, pero nos comunicamos por e-mail. Sostengo que la cultura no es territorial, la literatura no lo es y mi propuesta de siempre ha sido poder lograr una mayor integración, universalidad y diversidad en lo que hago.

-Justo cuando está en una etapa de madurez y estabilidad profesional aparece este proyecto ¿qué viene a ser esta Torre de Letras en la vida de Reina María Rodríguez? ¿Una carga? 

-Esto es un proyecto, no es una institución. No tengo cargo ni salario. Quiero dejar una cabaña, un lugar. Como la película, el leñador está haciendo una cabaña, sabe que no le va a quedar tiempo ni fuerzas para disfrutar de ella, pero quiere dejarla construida para los que vendrán. Mi idea es que los que tienen 20 años ahora puedan recibir con más rapidez esos libros que yo he perdido, por prestarlos o regalarlos... que puedan tener esas lecturas, esos talleres. La casa está en una torre, un lugar con una vista hermosa, y se ha convertido en mi vicio.

A veces una ve algo grande y lo nombra. Eso es un error. Prefiero que las cosas sean pequeñas, minúsculas, como biotecnología en la literatura, como una fábrica, un taller. Los resultados irán in crescendo o no, de acuerdo a la capacidad y la inteligencia que tengamos en poder hacer más o menos cosas.

-En esa cabaña de letras que estás ayudando a fundar, los noveles poetas, van a recibir, conscientemente o no, los mensajes o sugerencias para iniciarse en el arte de escribir. En este sentido ¿qué les diría?

-Que siempre confié en el trabajo. Cuando uno empieza, hay una veleidad, una vanidad. Después te vas dando cuenta de que eso no significa nada, que los muertos ilustres están en los anaqueles, son las personas que te están mirando desde cualquier lugar o de un sin lugar y esa vigilancia cae sobre uno en algún momento. Cuando están esos muertos ahí, hay que respetarlos. Es la única humildad a la que se puede aspirar y el único orgullo que se puede tener: renunciar a la fanfarria, la mediocridad y la participación inocua.

Le recomiendo a los jóvenes, leer. El trabajo en la máquina, la computadora, con un lápiz, bolígrafo, frente a una página en blanco o un papel es importante. Porque lo único que uno puede dar -y a la vez hacernos diferentes- es ese momento donde dentro de todo lo que les han dado otros, dentro de las influencias hay un pedacito, un momento de la sintaxis, de la palabra que escogiste que es tuyo. Esos son momentos mínimos y casi siempre se los debes también a alguien, pero para encontrarte con ellos, sólo puede ser con disciplina: escribir todos los días, llevar un diario, es decir trabajar. Nada de lo que puedan recoger con sus antenas debe perderse. Creo en las herramientas que son los libros, no todos los autores, sino aquellos que van de acuerdo con tu sensibilidad, tu gusto… Bourdieu decía que existen niveles de hidrógeno, capas de conciencia. Para adquirir esto vas desentrañando a estos autores, pero también cuando tocas un árbol o ves derramarse el vino sobre una mesa, vas desentrañando y aprehendiendo la realidad. Las dos cosas son importantes. 

Mi hija me llevó a un jardín y me decía esta planta se llama así… Me dijo nombres de plantas que yo no conocía, siempre estás aprendiendo. Con un jardinero, con el que trabaja la madera, el que quita las capas de cal en una pared... esas son las distintas maneras por las que entras por los caminos de la sensibilidad, un camino que no es lineal, racional, lógico… ç

Reina María Rodríguez

-¿Digamos entonces que el consejo es “leer y vivir”?

-Y escribir. Y ver buenos filmes. En los años 80 se pusieron las mejores películas del campo ex socialista. Se puso a Tarkovski, Marta Meszaros, Wadja, todo el cine polaco, francés, italiano… Ese lenguaje que asimilamos por la vía de las películas, no solo por los guiones, sino también por las imágenes y conceptos que venían de esas imágenes. 

Creo que el cine también es fundamental. Es imborrable. Mientras mejores películas veas, más te preguntarás por qué perdiste el tiempo con aquellas que no te dejaron nada y entonces vas a meditar sobre cómo cuidar más tu tiempo. Lo único que es una riqueza, no tiene precio y nadie nunca te va a pagar es el tiempo. 

Les pido a los jóvenes, si es que pudiera concebirme como alguien que dejó de serlo, que cuiden la riqueza mayor que tienen: el tiempo. Lo único que uno no puede dar, ni regalar, ni botar es el tiempo. Y mi tiempo lo quiero puramente para escribir.

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