Ante los 50 años del Teatro Nacional de Guiñol:

En los bolsillos de la memoria

María Laura Germán • La Habana, Cuba

En un bolsillo de mi corazón

La mayoría de mis recuerdos teatrales son gracias a mi madre. Ella, mejor que yo, podría presentarse en cualquiera de los paneles en los que he estado y hablar durante horas, sin escribir una palabra apenas, porque hay mucho recuerdo en sus ojos.

Fue sentada sobre sus piernas que aprendí del silencio respetuoso de los teatros; de lo bueno de jugar a creerse las fantasías; y que existían personas detrás de los retablos que aunque yo no conocía muy bien, eran las mismas año tras año, inventándose historias diferentes que me harían llegar a lo que soy.

Imagen: La Jiribilla

De esa manera, sutil, poética y un poco borrosa, aparece en mi memoria por primera vez el nombre del Teatro Nacional de Guiñol, bajo las voces de Xiomara Palacios y Armando Morales. Al resto del equipo no logro redibujarlo,también mi rostro debe haberse disuelto para ellos, pues el tiempo te deja en los bolsillos mil remembranzas a cambio de llevarse tu lozanía empinándote desde los talones; pero algo sí quedó muy claro en mí: esta huella de inspiración que ahora devuelvo en mi quehacer teatral enfocado en el trabajo titiritero.

En el año 2007 ingresé al Instituto Superior de Arte. La vida me ofrecía la invaluable oportunidad de reencontrarme con quienes colmaron mi niñez de ensueños. Sentada otra vez frente a un retablo, en una de las primeras filas del Teatro Nacional de Guiñol, di vuelta atrás a las manecillas de  todos los relojes y otra vez fui una chiquilla embelesada ante la magia de sus títeres.

Un año después, me incorporo a la carpa de duendes que es Teatro de Las Estaciones, sin imaginar que me conducirían directamente a mi próximo encuentro con Armando y Xiomara, esta vez ya como una joven teatrista con ansias de titiritera.

Entonces volvieron a rondarme sus nombres y cada vez se hicieron más claras las imágenes de La lechuza ambiciosa y La cucarachita Martina; cada vez más cerca resonaron las carcajadas de Chímpete Chámpata y Del panadero y el Diablo.

Imagen: La Jiribilla

Armando y Xiomara de la mano de un nuevo equipo de trabajo; Xiomara y Armando rodeados de un sinfín de muñecos que danzan a su alrededor; circundan mi cabeza y aterrizan de dulces y sonrisas los bolsillos de mi niñez.

En el bolsillo de un títere

La pregunta fue: “¿dónde la guardé?”

El titiritero decidió subir a la montaña para ver de lejos su teatro, y para no extraviar las llaves las colocó en el bolsillo de un títere. Cerró las puertas e inició su travesía tranquilo, seguro de que al regresar todo estaría en su justo sitio.

Casi un año duró la ausencia del titiritero, tiempo provechoso fue el camino para reflexionar y escribir alguna que otra pieza nueva. Mas al llegar a la cima de la montaña descubrió el histrión que desde la altura su inmenso teatro se veía cual teatrino. Regresó volando en aves de papel para acelerar el retorno, y al llegar, varado de la tristeza ante la puerta, entendió que no era la distancia la que opacaba los colores, sino la ausencia. Ya no rodeaban los niños el teatro, ya la brisa juguetona no movía sus banderillas, yel mismo titiritero no recordaba en qué bolsillo, ni en qué títere, había guardado las llaves del lugar.

Entonces preguntó: “¿dónde la guardé?” Y sus títeres, incapaces de reconocerlo, se negaron a contestar.

Mis preguntas: “¿en qué bolsillo guardaron los titiriteros de mi infancia las maniobras que me hacían delirar? ¿A qué títere entregaron sus ímpetus juveniles?”

Hace ya tiempo que no encuentro en los labios de mi generación la devoción que debería provocar un nombre como el Teatro Nacional de Guiñol, al menos no una como la mía. No puedo injertar mis recuerdos en los corazones de otros, si lo hiciera, tal vez algo cambiaría. No puedo más que andar las calles de mi Isla repartiendo evocaciones, y hablar a mis estudiantes con un fervor que me es correspondido con silencios.

A quien importe entrego mis temores ante la conformidad: mi generación, ahora interesadísima en el teatro de títeres (algunos por moda y otros por suerte no), trae en el pecho un síntoma grave del desarraigo provocado por el período especial, y es que el entusiasmo, cuando no es verdadero, dura lo que un viaje.

No se trata de poner en dudas a los jóvenes (sería injusto que lo hiciera desde mi posición) sino de enseñarles a coser bolsillos antes de entregar las llaves. Hay muchos secretos sin develar, muchos homenajes sin hacer, muchas deudas que saldar; y para ello es necesario hurgar en la memoria de los títeres.

Ningún lugar como el Guiñol para gestar misterios. Ningún nombre como el de Armando para recordar el sabor blando de la niñez. Ninguna sonrisa como la  de Xiomara para acunarte los sentidos. Ningún bolsillo más seguro para las llaves de la memoria que el bolsillo de un titiritero apasionado, que no necesite la montaña para saberse dueño de un universo de teatrinos que renacen en sus manos una y otra vez.

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