Manuel Galich en la Universidad
de La Habana

Leonor Amaro Cano • La Habana, Cuba

El Dr. Manuel Galich llegó a Cuba en los primeros años de la década del 60. En ese momento el país completo estaba trastocándose; necesidades e impulsos se cruzaban y poco a poco, iba apareciendo una sociedad cuya fisonomía sería luego el resultado de un proceso irrepetible.

El campo educativo también sufrió profundos cambios. Asociadas a la Ley de Reforma Universitaria, proclamada el 10 de enero de 1962 (1), fueron organizadas las nuevas carreras universitarias, entre ellas, la de Historia como Licenciatura.

A su vez, en sentido general, este rasgo humanista en la educación, provenía del vuelco social iniciado en 1959, el cual había significado una oposición a todo aquello que explotaba y humillaba al hombre.

Eran tiempos de cambios académicos; pero también de modificaciones radicales en la vida estudiantil. Los recién llegados a las nuevas escuelas se integraban a las aulas y a las tareas productivas convocadas por la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), así como a la difusión de la enseñanza o a otras actividades de carácter social, como fueron la identificación de problemas regionales, a solicitud de la propia dirección  revolucionaria.

Docencia e investigación se pudieron relacionar desde los años iniciales de la carrera, a la vez que lograba contribuir, desde el conocimiento, a las acciones que debía acometer el gobierno en aras de alcanzar la radicalización que exigía el pueblo cubano.

Imagen: La Jiribilla

Manuel Galich demostraba a diario el gran respeto profesado  a su “patria chica” y por el conjunto de la América  Latina, que  tan bien dibujaría en su libro El Mapa hablado de América Latina, obra aclamada en los predios estudiantiles, no solo por agradable prosa, sino porque de un tirón Galich nos ubicaba frente a 20 años de historia de Latinoamérica de manera pormenorizada.

Conjugando historia, geografía, intereses nacionales y extranjeros nos fue dando la visión de Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Bolivia y Brasil, sin dejar de indicar también la realidad del mundo caribeño. Quién habría podido olvidar aquella evaluación tan  acertada al indicar que la miseria era el  patrimonio común indiscutible de las Antillas, o su cierre optimista al decir que “Nuestra América será distinta”.   

En sus diálogos, más que conferencias, daba muestras de su extenso conocimiento, comenzando por el mundo pre-colombino, del cual detallaba con rigor tanto su enorme legado cultural, como el proceso histórico de dominación imperial, por lo que ello entrañaba como enseñanza para el mundo.  

Asimismo, con igual pasión, se refería a los momentos históricos de Guatemala, en particular los que habían tenido que ver con su vida. A través de él, los estudiantes cubanos conocieron de la vida guerrillera que llevaban adelante distintos grupos  así como otros tantos recuerdos que fueron comentados  y analizados con una claridad  meridiana.

En ese sentido, su experiencia en Cuba le permitió hacer después una revisión de lo acontecido en Guatemala, por lo que haría objeto de debate en sus clases lo que había costado, en el orden revolucionario, la  tardanza de la Ley Agraria, la permanencia de las instituciones de corte democrático-burguesa, el mantenimiento del poder  del ejército tradicional y el apego al orden  constitucional.

De esa crítica partía luego en una proyección social más amplia que podría cubrir —como un periodista— los hechos de la vibrante realidad latinoamericana de los años 60 y 70. Si su cátedra era de Historia de América Latina y se ajustaba a un tiempo específico, su manera de explicar llevaba a los alumnos a tiempos más extendidos, desde los orígenes hasta los que estaban ocurriendo en ese momento, donde mostraba sus habilidades para el análisis de las situaciones contemporáneas. Se movía en una atmósfera siempre académica, pero totalmente comprometida con los tiempos revolucionarios. Galich como profesor fue  una fortuna de los tiempos de la solidaridad para sus estudiantes.

En aquellos  tiempos, las clases comenzaban a las 8 de la mañana y terminaban a las 12 en punto, por lo que la última hora siempre era la más fatigosa para la masa estudiantil, salvo cuando era Galich el que tenía que dar conferencias en ese turno. Según opinión de todos, con él llegaba siempre la frescura, los momentos humorísticos y de complicidad con los alumnos.  

No hay que dudar que nunca contara con un “plan de clase”, sobre todo aquellos de la década de los 70 que sobredimensionaron la rigidez en el proceso de enseñanza aprendizaje.

Por suerte, a él nunca llegó el estricto cumplimiento de órdenes que buscaban la homologación del trabajo profesoral, bien porque por respeto no se lo informaban; bien porque él tampoco podía darse por enterado de algo tan ajeno a su personalidad como es el sentido dogmático de una clase.

Para Galich, dar lecciones era un verdadero acto de creación y hablaba de lo que querían saber los estudiantes. Por lo tanto, siempre tenía un público atento. Con él se aprendía bien y mucho, pues el auditorio cumplía con el primer requisito para acceder al conocimiento: querer saber, querer aprender, gustar del conocimiento, pues este profesor sintetizaba un espíritu de cátedra, que no se reduce a un simple ejercicio didáctico, factible de ser evaluado en una ocasión.

Llegaba al aula y preguntaba: “¿Qué quieren saber de América Latina?, ¿De qué quieren conversar? ¿Qué les interesa hoy en particular?” Pero, esas preguntas no formaban parte de la costumbre. Nuestros clásicos profesores sabían muy bien los temas que debían explicar en cada clase; por lo tanto este tipo de introducción dejaba perplejo al grupo.

No obstante, muchos captaban la posibilidad de escuchar una conferencia inédita sobre aspectos nunca tratados en los libros y entonces llovían las peticiones. Su conversación salpicada de anécdotas, de experiencias vividas mantenía al público estudiantil “enganchado” hasta el final. Jugaba con la bromas de su época como estudiante y bordeaba con franca simpatía los análisis más profundos de la Historia. Quién no recuerda su evaluación sobre las diferencias del comportamiento cotidiano entre conquistadores españoles e ingleses, razón por la cual en el mundo hispano se podía hablar de una población mestiza, mientras que los “protocolares sajones” habían sostenido la línea de demarcación entre blancos y negros o indígenas. Esos comentarios le valían el calificativo de “profesor con humor cubano”, sobre todo cuando lo comparaban con profesores más circunspectos.

Lógicamente, también el conservadurismo estaba presente entre los estudiantes por lo que quedaban muy preocupados por el momento de la evaluación y por la nota final. Ellos preferían al profesor que no se apartase  del programa y que subrayara de forma directa o indirecta los llamados “aspectos fundamentales”, sobre lo que luego sería objeto de comprobación. 

Para ellos  casi nunca era necesario quedar atrapados en los campos polémicos de Historia Contemporánea de América Latina, sino recorrer todos los temas susceptibles de ser evaluados. El criterio moderno de una  universidad donde se construyan saberes y se aprenda a pensar no era aceptado por todos, algunos ni siquiera sabían de las nuevas tendencias. Pero la mayoría, sin grandes explicaciones pedagógicas, sí comprendía la utilidad del debate de la realidad latinoamericana y de su pasado, precisamente por lo mucho que tenía que ver con el nuestro. De ahí que más de un  grupo recordaría, al pasar el tiempo, los maravillosos momentos donde imperaba la improvisación, actualización y argumentación acerca de acontecimientos, épocas y personalidades, elegidos por Galich, a partir de su experiencia cultural y política, estuvieran en el programa o no.

En ese plano, el profesor no se equivocaba, seleccionaba lo verdaderamente importante, se extendía en los análisis y los datos intrascendentes quedaban solo para amenizar. La clase tenía por resultado un conocimiento acrecentado por la aguda evaluación del profesor y la participación de los alumnos inteligentes.

Sus actividades lectivas no se concretaron nunca a episodios de Historia aislada de otros conocimientos. Para comenzar, toda explicación estaba asociada a la geografía que él, según algunos estudiantes, tenía en su mente, por lo que no necesitaba ver ningún mapa para definir los espacios de llanuras o precisar la ruta de los grandes ríos.

Geografía física, política e histórica formaban parte de los vínculos que establecía en sus interpretaciones. Su acostumbrada manera de evaluar, buscando la labor inteligente de los alumnos, procuraba también la integración de los conocimientos. Así lo lograba a través de la solicitud de  apostillas en pequeños trabajos de historia en los cuales los accidentes geográficos habían tenido un cometido notable. De esta forma, sin establecer una obligación, lograba que los estudiantes buscasen las referencias geográficas en cada tema impartido. Aprendíamos sin percatarnos de ello, al coincidir coincidiendo con lo expresado un siglo antes por Félix Varela.

Por otra parte, la materia explicada tenía un encanto especial. Galich hablaba de una realidad latinoamericana no conocida físicamente por ninguno de nosotros, aunque la Cuba anterior a la Revolución tenía muchísimas cosas comunes, en cuanto a estructura social y económica.  Así, América se presentaba diferente, con un pasado enorme, con una herencia pre-colombina incomparable con nuestro mundo, pero a la vez como más violenta, donde el prójimo lejos de ayudar se puede convertir  en un enemigo.  

Supimos de tradiciones mucho más arraigadas, usanzas múltiples que parecían venir más de la leyenda que de la realidad, de las mismas invenciones que le habían servido de inspiración a Galich para caracterizar a sus personas. De esa manera nada lineal aprendimos, unos más, otros menos, de las cuestiones que caracterizaban a ese conjunto de pueblos tan diferentes al mundo caribeño, porque Galich nos hablaba de los refranes, del folclore, de las creencias, de la manera de hablar (2)y de las cosas propias de los guatemaltecos, uruguayos o argentinos. Y él mismo, con su dejillo especial, formaba parte de ese mundo “de lo real maravilloso”.

Otro tanto se puede indicar en el sentido trasdisciplinar —diríamos hoy— de su manera de enseñar. Sus clases de Historia tenían un enfoque antropológico, por lo que se hacía referencias a la producción de alimentos, la organización social, la religión, la vestimenta, la cultura material, el lenguaje y demás aspectos de las diversas culturas prehispánicas, o sea, se discutía en las aulas criterios etnográficos, así como etnológicos en tanto se abarcaba en sus explicaciones un análisis comparativo para luego realizar generalizaciones más amplias de los esquemas culturales, las dinámicas y los principios universales. En realidad se puede hablar de una manera moderna de explicar la historia, al menos en cuanto a la relación Historia y Antropología. Otro espacio interesante se propiciaba en clases en relación con el Séptimo Arte, a partir de las recomendaciones del Noticiero Latinoamericano ICAIC o las cintas que enfocaban la realidad Latinoamérica, en el que el cine lograba un lenguaje auténtico.

Hoy día es bien sabido que esta ciencia se ha caracterizado por su nivel de aplicación y los especialistas, concentrados en aspectos sociales como la sanidad, la educación, el desarrollo urbano, muchas veces a propuestas de organismos que tienen esas funciones públicas, explican solo los resultados de su trabajo.

Pero en aquellos momentos, cuando se iniciaba la enseñanza de la Historia como ciencia particular, solamente se hablaba de investigaciones antropológicas, realizadas casi siempre por un trabajador de campo que hacía estudios de manera aislada en algún poblado remoto. De ahí que en las universidades se hablara de teorías antropológicas generales o nuevas técnicas que casi nunca formaban parte de asignatura alguna. Pero Galich, hombre interesado en la manera de vivir de los antiguos pobladores de América, sí sabía de la importancia de esos estudios para hacer proyectos de modernización. Y de eso hablaba en clase, aunque no formara parte de ningún contenido o sumario.

Así los estudiantes se relacionaban con proyectos llevados adelante por investigadores, métodos empleados, disciplinas utilizadas y la teorización sostenida a partir de lo empírico. Muy comentadas en clase serían sus experiencias como Ministro de Educación al firmar un acuerdo por el cual fue creado el Instituto Indigenista Nacional, así como su labor para apoyar la incorporación de la mujer a los estudios de bachillerato. Asimismo, las referencias a la cultura americana daban la posibilidad al profesor a reivindicar el valor de los contenidos provenientes de la tradición oral contenidos en el Popol Vuh.

En el plano de la didáctica, aunque procedía de la formación de maestros normalistas, no seguía un camino tradicional. En realidad no era un profesor que se preocupaba mucho por hacer un reporte de los errores cometidos, sencillamente otorgaba una nota y devolvía el examen. En ese sentido, seguía una tradición universitaria que había dejado atrás métodos más bien escolares.

El alumno debía revisar su examen, buscar la información que le faltaba, en fin, la corrección de los errores era una tarea más para el educando, no para el profesor. Pero la universidad cubana, en pleno momento de tránsito y colmada de estudiantes que tenían altos desniveles en la formación académica, solicitaba de los profesores una ayuda mucho más personalizada. Además, por estos años, se iniciaba una política paternalista de ayuda extrema a los estudiantes, que rápidamente clamaban por el auxilio profesoral.

La siguiente anécdota corresponde a esa manera de pensar. Un día, en el curso 1967-1968, una alumna le protestó porque había perdido seis puntos y ella consideraba que había realizado un buen examen. El no le contestó, solo le hizo una pegunta: “¿Cuántos puntos tenía usted, cuando llegó al curso?” Ella, sorprendida, le contestó: “Ninguno”. “Entonces —dijo Galich— ahora debe estar muy contenta porque tiene 14 puntos. No obstante, teniendo en cuenta su preocupación por los resultados docentes le voy a otorgar 20 puntos, o sea, le regalo los seis puntos faltantes”. Luego se viró hacia el resto de los alumnos y les dijo: “Ustedes son testigos del cambio de la evaluación y esperemos que la vida le otorgue a ella una buena nota”. Todo el mundo comprendió su mensaje. Los profesores no suspenden, solo advierten las dificultades y para hacerlo comprensible las cuantifican. El ejercicio profesional dirá, al final, lo verdaderamente útil del conocimiento adquirido en las aulas o en los laboratorios.

Por su afable carácter, para Galich no había ningún proceder estudiantil incomprensible. Por eso perdonaba la risa ocasional, el comentario ajeno a la clase o cualquier otra interrupción que muchas veces habría irritado a un profesor más convencional.

Por su amplia cultura, así como por las habilidades propias del mundo del teatro y de la comunicación, el aula como escenario era manejada con mucha maestría y de esta forma creaba una atmósfera de total confianza. No había en él nada de teatralidad para narrar o contar la historia, todo lo contrario, tenía una gran carga emotiva al hablar del pasado o presente de América Latina. Pero, su dominio de la dramaturgia le ofrecía facilidades para proyectar bien su voz, dominar el grupo y resaltar los parlamentos esenciales. No tenía ningún apuro en las clases, explicaba todo y no se preocupa por el tiempo exacto de programación y para los jóvenes su clase “volaba” en el tiempo porque su sabiduría llegaba como “divertimento”.

Otro aspecto de interés en su producción historiográfica, ya que a partir de la  práctica profesional docente en Cuba escribe obras valiosas para actualizar la bibliografía de la asignatura de Historia de América Latina en temas más contemporáneos o para ofrecer una reconstrucción de viejos  juicios históricos. 

La revisión del periódico El Mundo (3), las revistas Bohemia y Casa de las Américas, en los años 60, y luego el periódico Granma en los 70 evidencia su obra periodística, a la cual recurrirían los estudiantes para conocer los argumentos del diplomático y político, acerca de la situación internacional de América Latina en el contexto imperialista.

También evaluada de muy meritoria obra, aparece en 1964, la selección y prólogo del libro Documentos de Simón Bolívar y después se publican otras, que fueron siempre recordadas por los estudiantes por su excelente prosa:   Guatemala, texto monográfico impreso en 1968; el ya citado libro El Mapa hablado de la América Latina en el año del Moncada, publicado en 1973 (del cual Roberto Fernández Retamar diría que era una “joya”(4)) y Nuestros Primeros Padres, aparecida en 1979. Estos dos últimos textos han sido referencia asumida por profesores y estudiantes, durante más de 30 años. Póstumamente, en la década de los 90s se publicaría La Revolución de Octubre: Diez años de lucha por la democracia en Guatemala.

Increíblemente, lo menos que se aprovechó en las aulas, en aquellos  momentos iniciales, fue la producción teatral de Galich, entre otras cosas, porque la recomendación de la literatura de la época se veía como algo correspondiente a otras asignaturas y no por el profesor de Historia. De igual manera, el ensimismamiento de la carrera, que caracterizaba al futuro profesional encerrado en el mundo de los archivos y no en campo de la promoción cultural o de la divulgación, favoreció la separación entre estos dos campo del saber, tan relacionados desde épocas remotas.

Tampoco los grupos de Historia fueron muy activos en las actividades de extensión universitaria correspondientes al teatro de aficionados. Fue una verdadera pena, pues el profesor-dramaturgo antes de llegar a Cuba había escrito más de una docena de obras.

Con sus escritos participó en la reivindicación del hombre americano, su identidad, su pasado y su imaginario. Legó textos como Mi hijo el bachiller; El tren amarillo (escrito en 1950, donde reconstruye la historia de Guatemala en virtud del dominio de la United Fruit Company); El pescado indigesto (1953) y Pascual Abah.

Asimismo, escribió el testimonio ejemplar Del pánico al ataque, donde se relataban las luchas de su generación contra Jorge Ubico; Por qué lucha Guatemala: Arévalo y Arbenz, dos hombres contra un imperio y Diez años de Primavera (1944-1955) en el país de la eterna tiranía, en la cual narraba la trágica situación de Guatemala.

Los estudiantes que disfrutaron sus clases lo consideraron un gran historiador, no por la construcción o reconstrucción escrita, sino por el esclarecimiento logrado a través de la palabra, la cual constituye la forma más antigua y generalizada de trasmitir conocimientos. Agradecen en su rememoración el haber aprendido, estudiando temas y problemas, explotando la comparación y la reconstrucción, orientando para vivir y participar en la vida del país.  

De manera personal, la autora de estas líneas tuvo el privilegio de aprender con Manuel Galich a disfrutar de su extrovertida forma de ser, gozar de su confianza, sin dejar por ello de temer ante su autoridad académica, que ejerció en las aulas y en los Tribunales de Categorías Docentes, que evaluaron a los primeros jóvenes que la Universidad reclutó para impulsar la enseñanza de la Historia. 



1 La Reforma universitaria planteaba dos vertientes esenciales. Inicialmente  para la depuración del profesorado y estudiantes comprometidos con la dictadura, en el que la Federación Estudiantil Universitaria tuvo la voz cantante, y luego, para reformar el sistema de estudios, la FEU  en colaboración con el Consejo Superior de Universidades -creado por la Ley 916 de 331 de diciembre de 1960- para dirigir este proceso que afectaba a las tres universidades del país. La ley de reforma se proclamó el 10 de enero de 1962.
2 Frases como “estar fregao”,  “cosas de patojo” se oían en las ejemplificaciones de los asuntos más profundos de la realidad centroamericana.
3 Muy discutidos fueron los artículos aparecidos en ese periódico,  en las cuales se criticaba la política exterior de Lyndon B. Jonson  y las declaraciones contradictorias de Juan Carlos Onganía sobre la política del imperialismo. Diario El  Mundo, 3  y 10 de mayo de 1968.
4 Soneto  “A mi amigo y maestro, don Manuel Galich”. Revista Casa. Ob. Cit. Página 35

 

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