Una figura de talla continental

Lilliam de La Fuente • La Habana, Cuba

Cuando en septiembre de 1975 entré por primera vez a un aula de la Escuela de Letras y Artes de la Universidad de La Habana para recibir las clases correspondientes a la asignatura de Historia de América, que era impartida por el Dr. Manuel Galich, jamás imaginé que ese momento sería el instante en que comenzaría una larga historia con mi futuro profesor, que duró hasta su lamentable desaparición física, el 30 de agosto de 1984. Fue fundador del Departamento de Historia de América de la Escuela de Historia de la Alta Casa de Estudios habanera, a cuyo claustro de profesores se incorporó recién llegado a nuestro país y donde laboró hasta su desaparición física.

Imagen: La Jiribilla

He confesado en otras oportunidades que le agradezco al Dr. Galich el haberme enseñado a interesarme en la Historia y gustar de ella, a seguir sistemáticamente los acontecimientos históricos y relacionarlos con otros, pues hasta que llegué a su clase, para mí esa asignatura representaba tener que aprenderme de memoria y como un bloque, fechas, guerras, tratados y acontecimientos.

Sus clases eran las más amenas que en mi vida había tenido la oportunidad de recibir. Era un hombre muy afable, con una sonrisa que siempre le acompañaba, igual que sus impecables guayaberas que lucía con mucho orgullo. El buen humor que lo caracterizaba nunca lo dejaba en su casa al salir a la calle y hacía uso de él en el momento más apropiado. En aquella aula nadie se quedaba dormido ni hablaba con su vecino de pupitre: cuando el tema que trataba comenzaba a tornarse un poco denso, siempre encontraba el comentario oportuno y la mayoría de las veces jocoso, que rompía con la amenaza del tedio. Confieso que lo que me resultaba más atractivo era cómo enlazaba la realidad de los sucesos que habían acaecido con su participación en ellos mientras fue Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Jacobo Arbenz y no tengo ninguna duda de que su extraordinaria visión americanista la llegó a alcanzar a partir de los amplísimos conocimientos de la historia que tenía.

Decía que la materia en cuestión había que estudiarla con un mapa en la mano porque las fronteras han ido cambiando con los tiempos y había que saber de qué se hablaba. Cuando de historia de Centroamérica se trataba, entonces sí era un lujo estar dentro de aquellas aulas. Porque en ese momento su pasión se desbordaba aún más, sobre todo si se trataba de la década de 1944-1954 en Guatemala, donde fue uno de sus protagonistas más sobresalientes. Impartía sus clases con una nueva óptica, ausente en las aulas cubanas de la materia hasta esa fecha, lo cual le trajo desavenencias iniciales con algunos de sus colegas, pero que el tiempo se encargó de limarlas dándole la razón, pues el resultado académico de sus alumnos demostró fehacientemente que la impronta dialéctica que presidía su pedagogía era la indicada. Yo, que era alumna de una carrera de letras, la terminé haciendo una tesis de grado sobre la Conferencia Internacional Americana, a partir de las crónicas publicadas por José Martí en 1889. Y mi tutor fue Manuel Galich. Que cambiara un tema literario por uno histórico para terminar mis estudios universitarios sólo fue posible gracias a la excelencia de su magisterio.

Así comenzó mi relación con este hombre que llegó a Cuba en 1962, invitado por la Casa de las Américas para formar parte del Jurado de Teatro en el Concurso Literario Hispanoamericano. El año anterior había ganado ese galardón por unanimidad  del jurado con su obra El pescado indigesto. Haydée Santamaría, presidenta de la Institución, lo invitó a trabajar en la Casa y de inmediato aceptó. Ese fue el inicio de lo que consideró “la más grande ganancia de mi exilio” porque, según confesara en una entrevista, “en Cuba he vivido la Revolución que soñé para Guatemala”.

Fue asesor de la Presidencia y uno de los subdirectores de la Casa de las Américas desde su llegada en 1962 hasta 1971, en que fundó y dirigió hasta su muerte, el Departamento de Teatro. Su labor en la Casa fue cardinal. Sus opiniones y criterios siempre fueron tomados muy en cuenta, al punto que su hoy Vicepresidenta Primera y en aquel entonces Secretaria Ejecutiva, Marcia Leiseca, afirma que Galich “fue una guía conductora de todas las estrategias de trabajo de la Casa de las Américas porque tienen su impronta”. Fue una persona clave en todas las decisiones que se tomaban en la Casa en los 22 años que laboró en ella.

Galich jugó un papel importante en el diseño del Fondo Editorial de la Casa, de hecho asesoró —junto con Ezequiel Martínez Estrada, Camila Henríquez Ureña y Ángel Rama— la naciente colección de clásicos Literatura Latinoamericana (que en fecha reciente enriqueció su nombre e hizo justicia a su catálogo al rebautizarse como Literatura Latinoamericana y Caribeña), “surgida con la expresa intención de establecer y difundir lo más valioso de la literatura y el pensamiento de nuestra América”.

Su visión latinoamericanista, de claridad meridiana, siempre fue muy tenida en cuenta en Casa de las Américas. Hay que subrayar que trajo consigo la conciencia, la preocupación y el amor por las culturas originarias de Nuestra América y hoy día los cubanos la valoramos en alta estima. Cuba le debe eso. Gracias a sus consejos bien fundamentados, vieron la luz por primera vez en la Isla monumentos de la literatura tales como el Popol Vuh. Libro común de los quichés, Los Anales de los Cakchiqueles, u otros títulos como Una excursión a los indios ranqueles, Los ríos profundos, Visión de los vencidos, Poesía quechua y Comentarios reales de los Incas, algunos de los cuales son textos que hace mucho figuran en los programas de Literatura, no solo en las Universidades sino en la enseñanza media cubana.

Guatemala, El libro precolombino y Nuestros primeros padres (que como bien puede leerse en la solapa del libro, “constituye un testimonio conmovedor, por lo que revela, no sólo del objeto de estudio, las culturas precolombinas, sino de la búsqueda personal de un intelectual comprometido con su tiempo, con el pasado y el porvenir de Nuestra América”) son algunos de los títulos más importantes publicados por Galich desde la Casa de las Américas, junto a más de una docena de prólogos y antologías.

Integró el Jurado del Premio Casa de las Américas en cuatro ocasiones (1962 y 1971 en la categoría de Teatro; 1963, en la de ensayo y 1977 en la del Premio Extraordinario Bolívar en Nuestra América); pronunció las palabras de inauguración en más de una ocasión y, gracias a su interés de ofrecer un lugar de importancia a los estudios y escrituras que tomaran como centro las culturas originarias y los procesos de descolonización del Continente, además de otorgar una mayor presencia y visualización a autores, textos e investigaciones que abordaran territorios como el Caribe u otras lenguas como el creole o el portugués, la Casa de las Américas incluyó, de forma sistemática, los Premios Extraordinarios para promover estos espacios.

Colaboró de manera activa con la revista Casa de las Américas, de la cual formó también parte de su Comité de Colaboración desde 1965 hasta 1971, aunque siguió publicando artículos, críticas, reseñas y ensayos, como el  Mapa hablado de la América Latina en el año del Moncada, que apareció en los nos. 79 y 80 correspondientes a julio-agosto de 1973 y septiembre-octubre de 1973 respectivamente y que es un ensayo de consulta obligatoria para todo aquel que quiera saber la verdadera historia de nuestro continente a mediados del siglo XX.

Pero su labor más sostenida en Cuba la hizo desde su trinchera teatral. Desde que llegó a Cuba comenzó a trabajar en la segunda edición del Festival de Teatro Latinoamericano, evento que duró hasta 1966. En 1964 fundó y dirigió, hasta su número 61-62 correspondiente a julio-diciembre de 1984, la revista Conjunto, en cuyas páginas ha quedado plasmado el devenir del teatro latinoamericano, el cual no se puede contar al margen de esta publicación. Tanto desde sus páginas como desde el Departamento de Teatro promovió una fortísima labor que ha sido, hasta hoy, vehículo de diálogo e intercambio entre los teatristas, actores, críticos, directores, dramaturgos, investigadores y estudiosos en el continente. Su aporte fundamental al teatro cubano en esa etapa fue facilitar infinidad de textos de dramaturgos latinoamericanos y, de esa manera, propiciar que el público cubano conociera el teatro que se hacía o escribía en Nuestra América.

Cuando en 1979 comencé a trabajar en la Dirección de Teatro y Danza del Ministerio de Cultura tuve la oportunidad de volver a tener un acercamiento con Manuel Galich, esta vez en el terreno teatral. Mi labor era la de programar los grupos de teatro y danza en el país y cuando el Dr. Galich tenía a un grupo latinoamericano invitado por Casa de las Américas para venir a Cuba, me llamaba para pedirme, con una humildad extrema, si podía ayudarle a colocarlo dentro de la programación. Yo de inmediato accedía a su solicitud y esa colaboración me permitió llegar a cultivar su amistad hasta el orden personal, conocer a muchos guatemaltecos en su hogar y a su hermosa familia, con la cual hasta hoy tengo la dicha de mantenerme en contacto y a quien agradezco muchísimo el haberme facilitado gran cantidad de información para sumarla a los homenajes que hemos promovido desde la Casa de las Américas, y en Guatemala también, en ocasión del centenario de su natalicio.

Pero Manuel Francisco Galich López llegó a Cuba con una trayectoria destacadísima y un prestigio continental que lo avalaba. Había nacido en la ciudad de Guatemala, el 30 de noviembre de 1913. Durante su vida se expresó mediante sus muy diversas facetas a partir de su vasta cultura, su verticalidad revolucionaria y su inteligencia sagaz: político, pensador, historiador, dramaturgo,  ensayista, pedagogo, periodista, intelectual, crítico teatral, escritor, diplomático, editor, investigador y orador.

En 1932 obtuvo el título de Maestro de Instrucción (Educación) Primaria en el Instituto Nacional Central para Varones, tras cursar sus estudios de Pedagogía en la Escuela Normal de Guatemala y comenzó su carrera como dramaturgo al escribir su primera obra de teatro, en un acto: Los  Conspiradores.

El 15 de mayo de 1933 recibió el diploma de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto Nacional Central para Varones de su ciudad natal. Su tesis la tituló “El Memorial de  Tecpán Atitlán o Anales de Los Cakchiqueles” y que representó el primer ensayo histórico que escribió. Ese mismo año ingresó en la Escuela de Derecho de la Universidad de San Carlos, donde se tituló, en 1948, de Abogado y Notario tras haber presentado como trabajo de tesis “El Hombre, la Democracia y el Derecho Internacional Americano”, que más tarde le valió el Premio Gálvez, que anualmente confería la Facultad en cuestión de dicha Alta Casa de Estudios. Mientras, comenzaba a impartir cátedras de pedagogía, literatura y gramática en el Instituto Nacional Central para Varones, labor que simultaneó en el Instituto de Señoritas Belén, mientras continuaba escribiendo piezas teatrales que montaba en escena con sus alumnos.

En toda la década del 40 se destacó no sólo como escritor, dramaturgo y  político sino como dirigente universitario. Luchó contra las dictaduras de Jorge Ubico y Federico Ponce Vaides, hasta el triunfo de la Revolución Guatemalteca, en octubre de 1944. Sus libros Del pánico al ataque (escrito en 1940 y publicado en 1948) y Arévalo y Arbenz, dos hombres contra un imperio, son de gran valor histórico para comprender los diez años de la “primavera democrática” (1944-1954) y la lucha revolucionaria del pueblo guatemalteco.

En 1944 integró la dirigencia estudiantil universitaria en la lucha contra la tiranía de Jorge Ubico. Fue secretario y fundador del Partido Frente Popular Libertador (FPL). También integró las filas del Partido Acción Revolucionaria (PAR), surgido de la fusión del FPL con el Partido Renovación Nacional (RN),  que había sido organizado por el Magisterio Nacional, que posteriormente se unieron para apoyar al gobierno de Juan José Arévalo.

En el bienio 1944-1945 fue Diputado y Presidente de la Asamblea Legislativa y Magistrado de la Junta Nacional Electoral, de la cual también fue su Presidente. El 15 de marzo de 1944, como Presidente de la Asamblea Nacional Legislativa de la República, impuso la banda presidencial al Dr. Juan José Arévalo Bermejo y pronunció un brillante y memorable discurso improvisado.

De marzo de 1945 a octubre de 1946 se desempeñó como Ministro de Educación Pública en el primer gabinete del Presidente Juan José Arévalo (1944-1951), en cuyo período revolucionó el sector: reorganizó el propio Ministerio; promovió la creación de: 1) la Dirección de Educación Extraescolar, con el fin de llevar la cultura general a las clases populares; 2) el Departamento de Alfabetización; 3) el Departamento de Educación Física, que devino en la Dirección General de Cultura y Bellas Artes, apoyando así el arte en todas sus manifestaciones; 4) el Departamento de Educación Física Escolar; 5) el Departamento de Estadística y Escalafón (anticipándose a la Ley de Escalafón Magisterial), para proporcionar un salario digno a todos los maestros; 6) unidades educativas denominadas Misiones Ambulantes de Cultura Inicial el Instituto de Antropología e Historia; 7) la Escuela Normal Rural en La Alameda, en Chimaltenango; 8) varias escuelas de primaria y secundaria, entre las cuales estuvo el Instituto Normal Centro América para señoritas (INCA) y la mujer tuvo  acceso por primera vez en la historia de Guatemala a estudiar bachillerato, lo que les permitiría acceder a estudios universitarios equiparándoles así sus derechos con los de los hombres; 8) numerosos centros educativos de todos los niveles, con énfasis en las llamadas escuelas “tipo federación”, que incluían salón de usos múltiples y un escenario formal; 9) la Revista de Guatemala; 10) la Editorial del Ministerio de Educación Pública; 11) la Primera Feria del Libro de Guatemala (en julio de 1945).

Mientras detentó esa cartera, también inauguró el Instituto Indigenista Nacional por iniciativa de la Sociedad de Geografía e Historia, pues siempre tuvo dentro de sus prioridades el estudio de las culturas originarias del continente; impulsó la capacitación docente de los maestros empíricos en servicio; abogó por la libertad de cátedra; propició la fundación de la Facultad de Humanidades y a la reapertura de la Universidad Popular; y promulgó la Nueva Ley Orgánica de Educación, con una visión revolucionaria educativa.

En 1948 obtuvo el Premio Gálvez con su obra Ida y vuelta en el Certamen Permanente Centroamericano y en el Concurso de Panamá 15 de Septiembre y en 1950 el Colegio de Abogados lo designó Vocal III ante la Junta Directiva de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Ese mismo año fue Candidato a la Presidencia de la República por el Frente Popular Libertador.

Durante 1951-1952 fue Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno del Presidente Jacobo Arbenz y la primera misión que cumplió como Canciller fue presidir la delegación de Guatemala a la lV Reunión de Consulta de la OEA. Su actitud combativa y gestión diplomática logró que los estados miembros de la OEA se comprometieran a no enviar tropas a la guerra de Corea, como pretendía el gobierno de EE.UU.                 

En 1953 el Presidente Arbenz lo designó Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Guatemala en Montevideo, Uruguay, a donde llegó para fundar la primera Embajada de la historia de su país en aquel territorio.

Al año siguiente cumplió similar encomienda en Argentina, continuando con igual desempeño en Montevideo. El objetivo de esa repentina designación era procurar el apoyo del Presidente Perón ante la amenaza que significaba para el país centroamericano la X Conferencia Interamericana, que sesionaría en Caracas en el mes de marzo. Arbenz le aseguró que la misión en Buenos Aires a lo sumo sería de seis meses. En junio se produjo el golpe de Estado contra el gobierno democrático que representaba y Galich nunca imaginó que a partir de ese momento comenzaría su largo exilio de tres décadas, que le impidió regresar a su país antes de morir.

El período que transcurrió entre 1954 y 1962 representó la primera parte de su exilio, en Argentina. En esa etapa colaboró con varias publicaciones y medios de prensa argentinos y uruguayos. Para sobrevivir y mantener a su familia, comenzó a escribir semanalmente una columna de comentario latinoamericano en un semanario opositor que dirigía Leónidas Barletta y veía la luz con los nombres de Propósitos, Conducta o Principios indistintamente. A partir de 1959, esta columna también se dedicó, entre otros temas, a la defensa de la Revolución Cubana. En 1956 publicó en Buenos Aires el importante ensayo político Por qué lucha Guatemala, referido a la lucha revolucionaria en su país.

A lo largo de su fructífera vida recibió muchos premios y condecoraciones pero los que más valoró fueron: el grado científico de Doctor en Ciencias Históricas otorgado por la Comisión de Grados Científicos de la Universidad de La Habana (Aula Magna de la Universidad de La Habana, febrero 24, 1980); el Premio OLLANTAY otorgado por el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (CELCIT) en la categoría de Hombre de Teatro del Año, en 1983, “por toda una vida de entrega y dedicación al arte teatral”; el Título de Profesor de Mérito en la categoría de Docente Especial de la Universidad de La Habana (Aula Magna de la Universidad de La Habana, noviembre 30, 1983, coincidiendo con su aniversario 70); la Orden Félix Varela de Primer Grado, máxima condecoración que otorga el Consejo de Estado de Cuba en el campo de la cultura, que le fue impuesta por el Presidente Fidel Castro, Primer Secretario de los Consejos de Estado y de Ministros y Primer Secretario de Partido Comunista de Cuba (Salón de Recepciones de Cubanacán, La Habana, octubre 20, 1983, Día de la Cultura Cubana); y el Festival de Teatro de La Habana lo homenajeó, junto  a Atahualpa del Cioppo, dedicándole el evento por su aniversario 60 (Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba, enero 19, 1984).  

Falleció el 30 de agosto de 1984 en La Habana y fue sepultado en el Panteón de los Emigrados Revolucionarios, Héroes y Mártires de Nuestra América, en el Cementerio Cristóbal Colón de la capital cubana. El 19 de octubre del propio año, el Tribunal Antimperialista de Nuestra América (TANA), presidido por el Dr. Guillermo Toriello, le otorgó Post Mortem la Medalla Libertadores y Héroes de Nuestra América.

Manuel Galich nos abandonó físicamente, pero su legado se mantiene hasta hoy vigente en el Continente. Fue un hombre que tenía un impulso vital especial, un alto sentido solidario, una honestidad y una honradez ejemplares, un talento creador de todos conocido y una sencillez y calidad humana no tan publicitadas.

Con la jovialidad y el profesionalismo que le caracterizaron, muy pronto los cubanos lo dejamos de ver como un extranjero pues se integró a nuestra idiosincrasia muy rápidamente; se expresaba como un cubano más; se enorgullecía de poder representar a Cuba o a la Casa de las Américas en cualquier evento nacional o internacional. Y la institución se siente orgullosa de haber podido contar entre sus trabajadores más destacados al Dr. Manuel Galich, quien con su trabajo, aportes, esfuerzo y tesón contribuyó, junto a otros muchos, a que la Casa fuera y siga siendo un faro que irradia su luz, sobre todo al sur del Río Bravo. Por ello, entre otras muchas razones, hay una Sala que lleva su nombre; defendió la Revolución Cubana con la misma pasión que enseñaba la historia de América en las aulas universitarias, donde a menudo se refería a “nosotros los mayas” cuando hablaba de su cultura natal y, como buen cubano, disfrutaba mucho compartir una buena conversación con amigos en la terraza de su casa frente al mar, brindando con un trago de Havana Club.

¡Ese fue y será para siempre el Dr. Manuel Galich!

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