La ciencia social y el latinoamericanismo en Manuel Galich

Hablar de Manuel Francisco Galich López es en un privilegio y un compromiso, no solo por su extensa obra o por su fecunda vida, sino porque él es de los hombres imprescindibles de Nuestra América.

Nació el 30 de noviembre de 1913 en ciudad Guatemala; su infancia transcurrió bajo la dictadura de Manuel Estrada Cabrera. Siendo adolescente obtuvo un premio de oratoria a nivel nacional. En 1932, con solo 19 años, escribió su primera obra de teatro, llamada Los Conspiradores. Esta faceta de dramaturgo sería uno de los mayores amores de su vida.

Imagen: La Jiribilla

A fines de esa década se graduó como maestro y matriculó la carrera de Derecho en la Universidad de San Carlos. Como estudiante, el joven Galich se destacó en la oposición al dictador Jorge Ubico, creando la Juventud de Derecho y, junto a otros líderes estudiantiles, la Asociación Estudiantil Universitaria. Luego de la caída de Ubico, Galich se opuso al sucesor de este, el general Federico Ponce. Fue uno de los creadores del Frente Popular Libertador, auspiciado por los estudiantes universitarios.

La nueva tiranía duró poco, pues el 20 de octubre de 1944 se iniciaba la Revolución Guatemalteca, que contó entre sus líderes más prominentes a Manuel Galich, apodado con justicia el verbo de la Revolución; en mi opinión además del verbo fue una de sus mentes más preclaras.

En los inicios de la vorágine revolucionaria, Galich fue nombrado Presidente del Tribunal Supremo Electoral, institución que organizó las elecciones en que salió electo el profesor universitario Juan José Arévalo. Luego fue diputado a la Asamblea Constituyente y elegido Presidente del Congreso. En ese cargo tuvo la responsabilidad de imponerle la Banda Presidencia a Arévalo.

En 1947, Manuel Galich fue designado Ministro de Educación Pública. Su gestión en este puesto duró 17 meses y se caracterizó por sus intentos de generalizar la Educación a todos los sectores de la sociedad guatemalteca.

Creó tres nuevos departamentos: el de Alfabetización —este era un gravísimo problema en la sociedad—, el de Educación Estética y el de Educación Física Escolar. Creó además las Unidades Educativas Ambulantes. Impulsó la capacitación docente de los maestros empíricos. Creó el Instituto Indigenista Nacional —que se encargaba de particularizar la enseñanza a las características de las diferentes poblaciones indígenas—. Promovió la educación bilingüe —en alguno de los dialectos mayas y en español— en las escuelas. Propició la construcción de nuevas escuelas primarias y secundarias en todo el país, entre ellas el Instituto Normal de Centroamérica y autorizó a las jóvenes a estudiar bachillerato. Como se aprecia, el breve tránsito de Galich por el Ministerio de Educación puede catalogarse de muy revolucionario. Su influjo permaneció hasta el final de la Revolución.

A fines de su gobierno, el Dr. Arévalo apoyó entusiastamente el proyecto conocido como Legión del Caribe, un intento de algunos líderes progresistas centroamericanos para acabar con las dos oprobiosas dictaduras militares de la región en la época —a saber, la de Anastasio Somoza en Nicaragua y la de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana—. En este empeño Arévalo contó con el decidido apoyo de Manuel Galich, con quien discutió en múltiples ocasiones pormenores del proyecto.

Aún hoy se desconocen muchos aspectos del plan, pero se sabe que el Dr. Galich viajó en varias ocasiones a Cuba, con inmunidad diplomática, trayendo en sus maletas el dinero necesario para sufragar los gastos de los hombres que se preparaban en Cayo Confite para derrocar a Trujillo. Como algo anecdótico vale decir que en esta expedición se preparaba —primero como soldado raso y luego como jefe del batallón Sandino— el joven abogado Fidel Castro, a quien Galich había conocido durante los sucesos del Bogotazo en 1948. La Legión del Caribe es un ejemplo claro y directo de la visión latinoamericanista y democrática de Manuel Galich y del gobierno progresista de Arévalo.

En el segundo gobierno de la Revolución, el de Jacobo Arbenz, el Dr. Galich fue nombrado canciller. En este cargo tuvo oportunidad de demostrar sus dotes de gran orador, su vocación latinoamericanista y antimperialista, al defender la Revolución Guatemalteca de la voracidad del imperialismo yanqui.

En 1952 fue nombrado embajador en Uruguay y Argentina, en este último país lo sorprendió el golpe de la CIA y la reacción guatemalteca al gobierno de Arbenz. Allí siguió escribiendo artículos y obras de carácter histórico-político y obras teatrales. Con una de estas últimas, El Pescado Indigesto, ganó el Premio Casa de las Américas en la modalidad de Teatro en 1961.

Al año siguiente emigró a Cuba y comenzó a trabajar, primero como asesor y luego como subdirector, en Casa de Las Américas y a dar conferencias de Historia de América en la Universidad de La Habana. Este aspecto merece una atención especial.

La asignatura Historia de América si bien existía antes del triunfo de la Revolución estaba estrechamente vinculada a la Historia de los EE.UU. Manuel Galich inauguró una nueva visión de los estudios sobre América Latina en la Universidad de La Habana y en Cuba, independizándolos de la Historia estadounidense. Según sus alumnos Galich no era un profesor convencional, que cumplía estrictamente con un programa docente. Pero era un profundo latinoamericanista, bolivariano y martiano y esos sentimientos los trasmitía en el aula a sus alumnos. En el ámbito de los estudios históricos académicos cubanos Galich fue el que aportó la grandeza de la idea de la integración latinoamericana, de la unidad latinoamericana. Confirmaba cada día en sus clases, lo que dijo Bolivar en el Congreso de Angostura, “no somos europeos, somos una mezcla de todo”. Galich insertaba en sus clases infinidad de anécdotas personales, utilizando en todo una fina ironía.

Con los años, Galich núcleo en torno suyo a un grupo de jóvenes historiadores —Alberto Prieto Rozos, Sergio Guerra Vilaboy, María del Carmen Barcia Zequeira, Carmen Cuevas— “… que se dedicaban al estudio de América Latina y dentro del Departamento de Historia General se conformó una especie de grupo de América Latina. Empezamos a asistir a unos seminarios bajo la dirección de Manuel Galich que se llamaba Nacionalismo en América Latina, Galich era el conductor de eso y cada uno de nosotros hacíamos oponencias. Se discutía en colectivo pero Galich era quien tenía la voz cantante, él era el director de ese seminario. Estos seminarios comienzan en el año 1972…”. (1)  Galich es considerado con justicia como el padre de la historiografía latinoamericanista en Cuba. Hoy todos esos profesores son prominentes figuras académicas.

Especial destaque merece su labor como historiador. De su pluma salieron infinidad de artículos que publicó en diversos periódicos y revistas de Argentina, México y Cuba, esencialmente. En todos ellos desborda su vocación latinoamericanista y contra el imperialismo norteamericano, como el gran culpable de muchos de los males padecidos al Sur del Río Bravo. Aún hoy está pendiente la recopilación y publicación de su obra histórica dispersa en periódicos y revistas. De sus libros de la etapa cubana, no podemos dejar de mencionar Mapa hablado de la América Latina en el año del Moncada, publicado en dos números sucesivos de la Revista Casa de las Américas en el año 1973, a 20 años del Asalto al Cuartel Moncada; que es un interesantísimo ensayo en que se mezcla el periodista agudo y penetrante, con el analista, el historiador, el testigo y nos muestra cuál era la situación, por cierto bien difícil, de nuestra América cuando ocurre el Asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1953.

Entonces se vivía el período violento del macarthismo y se preparaba la invasión violenta de Guatemala, se sofocaban los movimientos progre­sistas en toda América, so pretexto de lo que se conoció como el enfrentamiento Este-Oeste, es decir, que el reclamo de nuestros pueblos por tener una vida decorosa, digna, se presentaba como una intromisión de potencias extracontinentales, como sí no tuviéramos en este hemisferio una potencia intracontinental que es la fuente de todos nuestros males, y Galich hizo un balance realmente memorable desde el año 1953, en que ocurrieron los acontecimientos del Moncada, con lo que pasaba en toda América Latina.

En mi opinión su obra maestra como historiador es Nuestros Primeros Padres, concebida por él como el primer tomo de una Historia de América que no pudo concluir, y donde se refiere a los descubridores de América, que naturalmente no fueron los europeos, cuando llegaron a nuestras tierras, en 1492. Ellos no descubrieron nada, puesto que este era un continente poblado por millones de hombres, muchos de los cuales habían levantado culturas admirables, que luego serían desbaratadas por los europeos.

Nuestros primeros padres, son pues, aquellos hombres de piel cobriza. El libro realza el valor de las culturas originarias latinoamericanas. Como buen clásico, el libro no ha perdido vigencia. Más valdría decir que en el contexto actual de América Latina, donde las inmensas poblaciones aborígenes ganan importancia y protagonismo, el texto tiene una renovada importancia.

En el libro, el profesor Galich hace un estudio sorprendentemente abarcador y preciso a la vez de las poblaciones autóctonas de todo el continente, desde Alaska y Groenlandia hasta la Tierra del Fuego. Este libro, escrito en un lenguaje claro y sin rebuscamientos, es el gran aporte historiográfico de Manuel Galich a los estudios de Historia de América.

En sus estudios históricos, Galich utilizaba el método del materialismo dialéctico, aunque él no era propiamente un marxista en el sentido filosófico. Según el Dr. Alberto Prieto, quien fue uno de sus discípulos y amigo personal en Cuba; “… él era materialista. (…) Galich era, porque su vida lo había obligado a serlo, dialéctico. (…) Quien ha tenido una vida compleja como Galich, [la misma vida] te obliga a comprender que hay un desarrollo contradictorio y que las contradicciones son las que te obligan a hallar soluciones, nuevas respuestas. (…) yo lo calificaría como materialista-dialéctico, de forma empírica, no de forma filosófica. Era un hombre materialista, era un hombre dialéctico porque sabía que podía dar el desarrollo contradictorio sobre todo en los seres humanos. No unidos estos valores como una doctrina estructurada, pero tú lees Nuestros primeros padres y uno dice este hombre es marxista, porque tiene una gran perspectiva al hablar del desarrollo de esas sociedades. Como era un ser culto sabía que la sociedad evolucionaba de una etapa a otra, eso se expresa bien en Nuestros primeros padres”. (2)

Manuel Galich me recuerda en mucho al hombre del Renacimiento, con una cultura vasta, interesado en diversos ámbitos del mundo intelectual y en todos siendo una figura descollante. Ahora bien, el Dr. Galich tenía virtudes que tienden a escasear cuando se es famoso: eran su sencillez, su humildad, su deseo de ayudar a todo aquel que le pidiese ayuda. Utilizando un término gramsciano, Galich es el prototipo del intelectual orgánico latinoamericano.

Capaz de inmiscuirse en la tarea que tuviera que cumplir, era una persona disciplinada, militante en el sentido de hacer suya una causa, un compromiso. Primero la causa de los oprimidos de siempre en Guatemala, luego la causa de la Revolución cubana, hostigada como la Revolución guatemalteca, y siempre y por sobre todas las cosas la causa suprema de la unidad y la integración latinoamericana, desde la óptica bolivariana.

Pienso que en el contexto actual de la América Latina, signada por una serie de gobiernos de izquierda, populares, democráticos, inclusivos, la figura del Dr. Manuel Galich es un referente obligado. De modo que además de justos, son muy necesarios los homenajes que se le han hecho al profesor Galich en el Centenario de su natalicio. Él es de los hombres imprescindibles de nuestra América. Su pensamiento y su obra tienen el aliento de lo eterno.



1 Entrevista realizada al Doctor Sergio Guerra Vilaboy. 11 de septiembre de 2013, por la diplomante en Historia Marisleidys Concepción.
2 Entrevista realizada al Doctor Alberto Prieto Rozos. 17 de septiembre de 2013, por la diplomante en Historia Marisleidys Concepción.

 

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