Presentación de La Gaceta No. 6

La larga y ¿prodigiosa? década
de los ochenta

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Cuando Norberto me llamó para pedirme que presentara este número de La Gaceta, lo hizo con una frase mágica: “Mamichuli, necesito un favor tuyo”. Me aseguró que no se trataba de que hubiera fallado la persona en la cual pensó como presentadora antes de mí. “¿Tú estás seguro de lo que me estás pidiendo?” Insistí yo, porque jamás me habían solicitado que presentara otra publicación que no fuera un libro. Obviamente, el resto de directores y directoras de revistas que no son Norberto, saben lo que hacen. También me dijo que la tarea que me encomendaba era muy fácil, porque había leído una entrevista donde yo contaba mis experiencias como estudiante primero y como internacionalista en África después, entre los años 1980 y 1990 de ya se sabe, el pasado siglo. No solo por mi espíritu “ochentista”, sino por  el hecho de que Codina me considere una “Mamichuli”, acepté el reto. Nos dimos cita en el portal de mi casa, y en un sillón me senté a esperarlo. En el breve espacio donde él no estaba, me puse a recordar los mejores años de mi vida, que fueron también, o eso creía yo antes de que él me entregara un ejemplar de la revista, los mejores años de Cuba. Recordé velozmente los extraordinarios libros de Zumbado, aun no superados en cuanto a calidad humorístico-literaria, a los grupos Salamanca y Nos y otros, al DDT con aquel humor gráfico magnífico de Ajubel, de Carlucho, de René y del gran Manuel, y también las tiendas rebosantes de cosas a bajo precio, que variaban desde una libra de jamón a 6 pesos, una blusa búlgara a 8, la cajetilla de cigarros a 1.20, los zapatos llamados “tostenemos”, la libreta por cupones de la tienda, los convoyes de artículos tan insólitos como un destupidor de baño con un desodorante de latica, un tubo de talco Brisa junto a unas tijeras sin filo y una hebilla de pelo, todo envuelto en un nylon con un nudo encima. Cuando iba llegando al recuerdo del Varadero de aquellos años, donde veraneábamos los jóvenes con el mismo poco dinero que se destina a un campismo, se apareció el director de la revista, y me mostró el número 6, cuya portada es idéntica a las libretas escolares. En la parte inferior sobresalen unas letras negrísimas, de un puntaje que debe ser 72 y que al leerlas de conjunto dicen “LA LARGA DÉCADA DE LOS OCHENTA”. Codina, reiterándome lo fácil que me resultaría esta presentación en el día de San Lázaro, se despidió y se fue. En el mismo sillón donde había recordado la bonanza, la alegría y la ilusión de los ochenta, leí de un tirón las 64 páginas de la revista, y quedé francamente consternada. Una de tres: O yo no había vivido en este país; o era pura alucinación que durante esos años tuvimos como nunca antes ni después la certeza de que estábamos cerca del sueño por el que dejaron la piel nuestros padres, o esa década que yo recordaba como prodigiosa nunca existió. Luego de varios balanceos (no metafóricos sino de verdad) volví a leerlo todo, pero en el orden inverso, segura de que había pasado por alto la crónica que reflejaba mis ochenta. En la última sección, llamada “El punto”, aparece una apretada y utilísima cronología, que comienza en enero de 1980 con el Primer Festival Jazz Plaza, y finaliza el 31 de diciembre de 1991, cuando la Unión Soviética dejó de existir oficialmente. Impactan nuevamente las muertes violentas o naturales de grandes figuras del arte y de la política, como Celia Sánchez, Jean Paul Sartre, Alejo Carpentier, Haydée Santamaría, John Lennon, Raúl Roa, Wifredo Lam, Maurice Bishop, Marta Traba, Ángel Rama, Jorge Ibargüengoitia, Indira Ghandi, Olof Palme, Ana Mendieta, Jorge Luis Borges, Sindo Garay, Nicolás Guillén, enormes pérdidas para la humanidad, solo compensadas parcialmente por el anhelado cese de dictaduras militares en países entrañables como Argentina, Uruguay y Brasil que también ocurrió en la década que trata el dossier de la revista, o sea, el pollo del arroz con pollo, muy justamente  dedicado al cineasta cubano Daniel Díaz Torres. A continuación, de abajo hacia arriba según el índice, pueden leerse las acuciosas críticas de Jimena Codina, de Arianna Rodríguez, de Caridad Atencio y de Omar Valiño que ilustran y motivan la lectura de libros y de catálogos, así como el disfrute de un espectáculo de la Compañía de Ballet contemporáneo de Camagüey, respectivamente. Luego, y todavía lejos del mayor peso de la revista, que es el ya mencionado período de los Ochenta, Pablito Vargas dedica preciosas cuartillas al gran amigo de todos, el tigre polaco Jaime Sarusky, cuyo fallecimiento lamentaremos toda la vida. Cira Romero realiza un análisis exhaustivo del libro La palabra y la llama. Poesía cubana de tema religioso en la Colonia, resultante de la tesis doctoral de Leonardo Sarría, que obtuviera merecidamente los Premios de la Comisión Nacional de Grados Científicos y de la Crítica. Y de dos poetas tratan los artículos siguientes: de Pablo Armando Fernández nos habla Jesús Sama Pacheco, a propósito de los 50 años de El libro de los héroes, mientras que Manuel García Verdecia elogia a César López, de quien dice que es el poeta que ha expresado más consistentemente la preocupación ciudadana, que no partidista, entre todos los de su generación. Llega el turno de la poesía reciente, con textos de Félix Contreras y de Soleida Ríos, así como el de la narrativa más cruda y actual, a través del cuento La sexta caballería de Kansas, de Argenis Osorio, que obtuviera mención en el XII Premio Iberoamericano Julio Cortázar.  A partir de ahí, desde la página 33 hasta la primera de la revista, encontramos versiones, algunas más constreñidas que otras, pero todas con igual apasionamiento digno de admiración, de cómo fue la década de hace 33 años, desde el punto de vista cultural. Confieso que las de dos Arturos: Arango y Sotto, me estremecieron eso indefinible que se llama alma. El cineasta Sotto, entonces un joven que estudiaba en la misma escuela de la que yo salí en 1979, “la Lenin”, es quien más me acercó a la década de marras. Al menos, recuperé parte de una memoria colectiva, porque yo, al igual que él, contemplé entre asombrada y feliz aquel conmovedor graffiti “Lina, Carlos aún te busca”, asistí a la proyección de El espejo, esa película que nadie entendió, y aunque él es algunos años menor que yo (Arturo Sotto y no Tarkovsky), fui sacudida, como él, por los sucesos de la Embajada del Perú. Ese Arturo estaba en aquellos momentos entre los muros de nuestra bienamada escuela, pero yo, ya con 19 años y en el primer curso de la universidad, desfilé por Quinta Avenida frente a esa sede diplomática, con el mismo sentido de cumplimiento del deber de cuando nos llevaban a Boyeros para agitar banderitas multicolores en saludo a un presidente extranjero que nos visitaba, casi siempre de apellido impronunciable. A esa edad, no se puede comprender la trascendencia de casi nada. Pero, a pesar de la cercanía generacional con este Arturo, no encontré otras referencias exactas que yo tenía, como por ejemplo los 4 pesos de una libra de bacon, la música de Silvio, de Pablo, de Stevie Wonder, de Billy Joel, de Irakere, de Van Van , de KC con su banda soleada, y de viajes en guaguas hasta un antiguo monasterio convertido en una escuela de ciencias básicas y preclínicas, donde cada mañana me esperaba el cadáver de un chino, gracias al cual aprendíamos anatomía humana. Esta diferencia memorística es lógica, entre otras razones porque Sotto, quien proviene de una familia de médicos estudió en el ISA mientras que yo, me dediqué a la Medicina como profesión inicial. Cosas de la vida. El otro Arturo, el Arango, también me hizo respirar con cierto alivio, porque en su excelente trabajo “Entre Cecilia y Alicia”, ofrece una panorámica justa y abarcadora del cine cubano en los Ochenta. Rememorar las logradas comedias Se permuta, Plaff, Una novia para David, Papeles secundarios, La bella del Alhambra, y las históricas Cecilia, Clandestinos, Baraguá, Un hombre de éxito, entre otras, afianzó la certidumbre de que mis recuerdos no eran tan alejados de la realidad como había creído después de la primera lectura de la revista. Menos mal que la dominicana Tanya Valette me sacó de la impresión de loca que estaba empezando a apoderarse de mí, al decir en su confesión Extraviarse en La Habana  que “los 80 fueron prodigiosos para mi generación”. Volviendo a la lectura del trabajo de Arango, de pronto, mi memoria voló no tan alto como Tamayo Méndez, quien en 1981 llegó al cosmos, dos meses y 18 días antes de que un lunático disparara a Lennon, sino hasta el cine Yara, 11 años después. En 1991 ya yo estaba de regreso  en Cuba, luego de 15 meses africanos que marcaron mi vida para siempre, y tenía una panza considerable porque mi hijo mayor, que nacería el mismo 28 de junio en que se tomó la decisión de disolver el CAME, gracias al cual un pomo de jugo de manzanas costaba menos de 3 pesos, y engullíamos col agria con un embutido desconocido pero sabroso, igual a la comida de Timón y Pumba, estaba dentro de mí. El obstetra me hizo una sugerencia que en un primer momento no entendí: Ni se te ocurra ir a ver la película Alicia en el pueblo de Maravillas, porque te van a dar un empujón y el chiquillo se te va a salir en pleno 23. Decirme eso el médico, e irme al cine fue una misma cosa. Efectivamente, aquello era de película. Sí me asombró el hecho de que hubiera dos colas para entrar a una misma función, me quedé pasmada cuando finalizó la proyección, y los integrantes de una de ellas gritaron “Arriba la Revolución y mueran los artistas”. Fue el momento escogido por mi Robin aún nonato para revolverse en mi barriga, a pesar de que yo susurraba “Tranquilo, niño, tranquilo”. Sí, que viva la que tiene que vivir, pero que no muera ningún artista, por Dios. Ya para ese entonces Senel había ganado el Premio Juan Rulfo con su memorable cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, que diera lugar en 1993 a la película formidable de Titón y de Tabío. De ese tema se encarga Luciano Castillo, a propósito del vigésimo aniversario de Fresa y Chocolate, en el artículo Las naranjas en los pantalones. En cuanto a las artes plásticas, yo recordaba los dibujos y grabados de Servando Cabrera, de Raúl Martínez, de Fabelo, de Zaida del Río, y de Manuel Mendive, uno de cuyos dibujos espléndidos, por cierto, me llevé a Zambia como un amuleto contra las serpientes venenosas y para obligarme a mirar el agua y los peces de Cuba, que yo sabía que iba a extrañar hasta el delirio. Con los deseos de leer acerca de estos artistas plásticos, repasé el texto de Félix Suazo, titulado Arte de los 80 en Cuba. Confieso mi pasmo por segunda vez. Ninguno de los artistas que mencioné aparece aquí. Es de reconocer que el autor de este artículo desarrolla un intenso e irreprochable relato del surgimiento y desarrollo de jóvenes pintores que irrumpieron con enorme fuerza en el panorama de la Isla, y cuyas prácticas renovadoras marcaron un nuevo modo de exposición, crítica y curadoría, así como también explicita con fervor las variantes tácticas de las más promocionadas muestras y los fundamentos teóricos que les sirvieron de base. Este grupo de  nuevos e iconoclastas creadores, entre los que se encuentran dos que han recibido recientemente el Premio Nacional de Artes Plásticas, tuvo un destino no muy feliz en la Cuba de los 80, al decir de Suazo y de los propios protagonistas de aquellas hazañas. Pero un título tan ambicioso como Arte de los 80 en Cuba me hizo pensar en un primer momento que además, estarían presentes los mejores exponentes del humor gráfico, del diseño y de la escultura en esos años, manifestaciones estas que, sin embargo, quedaron fuera de la revista y dentro de algún tintero que con suerte, pronto veremos arder. El diálogo con Magaly Espinosa que lleva a cabo Mailyn Machado bajo el título Teoría y pedagogía en la práctica académica del ISA, suaviza un tanto el sabor amargo que deja el trabajo de Félix Suazo, al acercarnos a la fructífera creación de un artista con autoconciencia crítica, en la cual se empeñó el ISA con magistrales profesores que desarrollaron nuevos programas de estudio.

La novela Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz, revisitada y cito a José Fernández Pequeño: “a partir de una perspectiva menos anclada en las tensiones sociopolíticas que la rodearon, más pendiente de sus hallazgos que de sus referencias testimoniales al contexto cubano de aquel momento, rinde homenaje no solo al autor de dicho importante libro, sino además a Jorge Luis Hernández, quien fuera hasta su muerte narrador, editor y realizador de cine”. Su figura, siempre presente en su compañera Aida Bahr, también es recreada en el amplio panorama cultural que ofrece dicha escritora en su texto Recuerdo de una época feliz, donde es posible recorrer el desarrollo del arte en Santiago de Cuba. Aida resume de esta forma la ebullición cultural santiaguera: “Los 80 en Santiago fueron una época feliz, de auge cultural, de carnavales espléndidos, de entrega del título de Héroe a la ciudad, en flagrante violación de género. En Santiago, en los 80, estábamos juntos y queríamos hacer cosas. Y las hicimos”.

Confieso que me quedé con deseos de aprender más de las muestras literarias de entonces, sobre todo las que tienen que ver con el humor, y que seguramente aparecerán en futuros números de La Gaceta, en cuyo actual lanzamiento estoy llevando a cabo a la vez  mi debut y mi despedida como presentadora, porque no es bonito hablar de lo que falta en lugar de elogiar lo que sí está, por muy “Mamichuli” que una sea. A pesar de eso, no puedo dejar de decir que Héctor Zumbado, indiscutible maestro de este  género literario publicó en la década de los 80 lo mejor de su obra (Limonada, Riflexiones I y II, Amor a primer añejo, The american Way, ¡Esto le zumba!, Prosas en ajiaco, Nuevas Riflexiones y el antológico ensayo que todavía hoy se utiliza como material de consulta para los estudiantes del ISDI, Kitsh, kitsh, bang, bang), ni que en 1983, vio la luz el libro Salaciones y otros relatos, de Marcos Behemaras, a 17 años de su trágica muerte. Tampoco puedo obviar el hecho, dado mi interés en el tema, de que la escritora Olga Fernández en 1986, publicó por la Editorial Letras Cubanas, la compilación de cuentos Las mujeres y el sentido del humor, primera y única de su tipo en Cuba.

El amor y el humor, con sus demonios respectivos, el placer irrepetible de que nuestro dinero servía para algo más que para la cuota mensual de los inoperantes sindicatos, asi como la luminosa ebullición de las misiones cubanas en continente africano, evidentemente configuran los ochenta que yo viví, entre mis 19 y mis 30 años de edad. La conclusión a la que arribo para no caer en las garras de un estado de jamais vú, es que esos 11 años no fueron tales, sino varios siglos condensados, que cada quien interpreta y memoriza según sus vivencias, sus dolores y sus alegrías. Como diría Borges, no caben dudas de que nos tocó vivir tiempos difíciles. Como a todo el mundo.

Lean la revista, que en realidad no necesita presentación porque como dice un negociante se vende ella sola, para que vuelvan a reír o a llorar rememorando una parte de los que han sido, a pesar de todo, nuestros mejores años. En lo personal, agradezco profundamente a este número de La Gaceta el hecho de que me haya motivado a entablar un diálogo de sordos con los 80. Yo le pediría a esa década lo mismo que Feliciano en uno de esos boleros que yo escuchaba cuando él estaba prohibido y daba tremendo gusto bailar con el novio de turno, mientras de una grabadora tercamente rusa salían los acordes de su guitarra, y su voz cascada diciendo: “voy viviendo ya de tus mentiras, sé que tu cariño no es sincero, dame más de tu vivir, la dicha de este amor fingido, miénteme una eternidad, que me hace tu maldad feliz, miénteme más, la vida es una mentira”.   
 

Diciembre, 2013.

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