Literatura

Nota por Aquello no se olvidó, y esto tampoco se olvidará

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

El volumen que recoge dos textos de difícil clasificación (¿periodismo de investigación?, ¿novela policial?, ¿periodismo literario?), del argentino Rodolfo Walsh, publicado por el Fondo Editorial Casa de las Américas (2006) y que aun puede encontrarse en nuestras librerías, cuenta con el esclarecedor prólogo - casi un pequeño ensayo sobre géneros literarios- escrito por Leonardo Padura. Al estar integrado por dos narraciones de similares técnicas, que persiguen objetivos parecidos, y que narran las condiciones premórbidas del acto violento que a continuación se desarrolla, en ambos casos con fuerte e intencional carácter denunciatorio: Operación Masacre (que viera la luz en 1957) y ¿Quién mató a Rosendo? (que apareció por primera vez en la prensa argentina en 1968, y un año más tarde se editó en forma de libro), reviste gran importancia  en tanto demuestra la vitalidad de un nuevo género literario, como bien señala Padura en su introducción. Aunque generalmente los prólogos se dejan como lectura final, después de haber consumido el libro en su totalidad, en este caso las palabras de Padura son imprescindibles para el entendimiento no del interés  de la trama (que se reconoce de inmediato), sino de la precisión del género literario, de la identificación de los recursos a los que ha acudido el autor.

Tanto Operación Masacre como ¿Quién mató a Rosendo? demuestran una culpa cuya llama inextinguible era tal en los momentos en que Walsh publicara ambos trabajos inicialmente en la prensa, siempre con la fuerte necesidad de denunciar el espanto que comenzaba a vivirse en  su país. El prologuista de este volumen, como ya he dicho, se encarga de aliviar el terreno de clasificaciones, encasillamientos y de intentos de encuadrar el estilo del gran narrador que fue Walsh, asesinado en Buenos Aires en marzo del año 1977, a un año de la implantación de la dictadura argentina y un día después de su Carta abierta a la Junta  Militar, donde denunciaba los salvajes crímenes que se estaban cometiendo.

Así, encontramos en el prólogo respuesta a las interrogantes que se derivan de la diferenciación tal vez estéril entre la ficción y la realidad, entre el periodismo y la literatura: “El escritor de ficciones debe lidiar en su discurso si acaso con la verosimilitud, pero nunca con la realidad misma. […] Rodolfo Walsh partía del entendimiento y asunción de esa distancia esencial entre narrativa y periodismo, pues cultivaba ambas modalidades literarias. […] y realizó apenas un trasvase de recursos narrativos en el texto periodístico con el objetivo de alcanzar una mayor identificación con el lector al que se dirigía y, sobre todo, una calidad de escritura más cercana a lo “literario” que a lo habitualmente “periodístico”. […]. La calificación de estos dos reportajes de Rodolfo Walsh quizás sería más precisa si se les considerara solo como periodismo literario”.  

Además del estilo ya mencionado, de los propósitos del autor de estos dos sobrecogedores relatos, y de la violencia explícita (y desdichadamente palpitante) en ambos textos, otros elementos los enlazan: el resplandor especial y la capacidad de comunicación incisiva y persistente (señaladas también por Padura) y, lo que quizá produzca más dolor en el lector: la profunda decepción que confiesa Walsh en el Epílogo que hiciera a Operación Masacre en abril de 1964, con motivo de la segunda edición de dicho libro, y en la Conclusión que destina a la segunda edición de ¿Quién mató a Rosendo?, de 1969. 

En el primer caso, ocurre el asesinato a mansalva de cinco civiles inocentes, el más joven de los cuales contaba apenas con 21 años de edad,  en junio de 1956. Este acto salvaje se llevó a cabo por órdenes de la policía de Buenos Aires, en un tenebroso descampado afueras de la ciudad. Sobrevivieron siete hombres a esa  terrible madrugada, uno de los cuales: Juan Carlos Livraga, de 24 años de edad, fue el único que públicamente reclamara justicia, dando lugar al llamado “caso Livraga”. En la descripción de Walsh, exquisitamente detallada,  con declaraciones de familiares, de testigos, y de los propios sobrevivientes, no puede faltar su personal toma de partido: “[…] la ceguera, el oprobio de esa operación clandestina calificada de fusilamiento”.

Su gran frustración como ser humano, más allá de su condición ideológica y de su honradez intelectual, se aprecia en el epílogo ya citado, algunos de cuyos fragmentos consideramos importante destacar: “Quiero nombrar lo que de alguna manera fue una victoria, y lo que fue una derrota; lo que he ganado y lo que he perdido. […] Pretendía que el gobierno reconociera que esa noche del 10 de junio de 1956, en nombre de la República Argentina, se cometió una atrocidad. Pretendía que a esos hombres que murieron, cualquier gobierno de este país les reconociera que los mató por error, por estupidez. Pretendía que los que se salvaron […] cualquier institución les reconociera, siquiera con palabras […] que hubo un error, que hubo una fatal irreflexión, para qué decir un crimen. […]En esto fracasé. En otras cosas también fracasé. […]  Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía era una quimera. […] Se comprenderá que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, y finalmente, en lo que una vez fue mi oficio, y ya no lo es”.

En el segundo trabajo que integra este libro, ¿Quién mató a Rosendo?,  dedicado al drama del sindicalismo peronista a partir de 1955, también estructurado, como el primero, en base a declaraciones acerca de las personas y los hechos involucrados en “el tiroteo de La Real de Avellaneda” en mayo de 1966, Walsh insiste en denunciar que resultaron asesinados dos individuos mucho más valiosos que “el simpático matón y capitalista de juego que se llamó Rosendo García”. Dos personas (El griego Blajaquis, héroe de su clase, y el desesperanzado obrero Zalazar) que para la policía, los diarios y los jueces no tienen historia, “pero cuyo honor no cabe en estas líneas. Algún día, sin embargo resplandecerá la hermosura de sus hechos, y la de tantos otros, ignorados, perseguidos y rebeldes hasta el fin”. Advierte, asimismo, que “si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya. No creo que un episodio como la masacre de Avellaneda ocurra por casualidad”. Luego de describir una vez más con objetividad y documentación irrefutable la sucesión de los desencadenantes que dieron lugar a la balacera en la confitería La Real de Avellaneda con los resultados ya expuestos, vuelve a declarar su abatimiento ante la impunidad de los hechos: “Esta denuncia ha transcurrido en el mismo silencio en que transcurrió Operación Masacre. No es la única semejanza. Tanto en un caso como en otro se asesinó cobardemente a trabajadores desarmados. […]  Tanto en un caso como en otro los verdugos fueron hombres que gozaron o compartieron el poder oficial”. Al final del libro, aparece la frase que le diera título a esta edición que debemos al Fondo Editorial Casa de las Américas: “Ese silencio no importa demasiado. […] Aquello no se olvidó (se refiere a la Operación Masacre), y esto tampoco se olvidará (El caso de la matanza en la mencionada confitería)”.

Justo hoy, a treinta y seis años del crimen que acabó con la vida de Rodolfo Walsh, y a ochenta y seis años de su natalicio, se recibe en Cuba la noticia de que los expresos durante la última dictadura argentina por razones políticas, sociales y gremiales serán resarcidos económicamente, en virtud de una nueva ley que recibió la aprobación final de la Cámara de Diputados. Dicha ley beneficia a quienes sufrieron privación de libertad por las causas citadas, hasta la restauración democrática del 10 de diciembre de 1983. Aunque está claro que nada podrá sanar las heridas de tantas  familias de muertos, desaparecidos, humillados, ni del dolor acumulado durante años por ese pueblo rebelde que vio perder a hijos, a hijas y a nietos y a nietas de la forma más inhumana posible, la conducta consecuente de intelectuales como Rodolfo Walsh, fieles a su promesa de ser cronistas de tiempos difíciles, sirve hoy de consuelo, de ejemplo, y de razones éticas para no permitir que regresen los métodos de la barbarie.

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