Se nos ha ido, y permanece, Esther Borja

Hace pocos días, exactamente el pasado 5 de diciembre, Cuba celebró el centenario del nacimiento de Esther Borja. La sabíamos, desde hace algún tiempo con la salud quebrantada, pero la teníamos ahí, como uno de los más valiosos íconos de la cultura nacional.
Este 28 de diciembre su corazón dejó de latir en la ciudad donde nació. En la retórica de los obituarios alguien diría que partió o en el mejor de los casos que al fin entró en la eternidad. Palabras engañosas: todos los que la escuchamos una y otra vez, teníamos desde mucho antes, desde siempre, la certeza de que Esther nos era imprescindible.
Porque Esther, de un modo muy suyo, supo encarnar  y transmitir los valores de la canción cubana. A ella le dedicó largos años de estudio y una prolongada entrega, desde los días en que descubrió que su prodigiosa voz, en las fronteras entre los registros de mezzo y soprano, debía estar al servicio de aquella.
Fue una suerte que en 1935 encontrara a Ernestina Lecuona, quien le preparó el repertorio para su primera presentación pública que después el hermano de esta, Ernesto Lecuona, valorara su potencial y que a la hora de montar la zarzuela Lola Cruz reservara para ella la pieza Damisela encantadora.
A partir de ese momento, Esther cautivó al público cubano y de muchos otros países con su manera cálida de asumir la carga lírica de los aires nacionales. Con Lecuona recorrió parte de América Latina; con el productor norteamericano Sigmund Rombers, por cinco años en la década de los 40, sembró éxitos de costa a costa en EE.UU. y protagonizó uno de los más memorables conciertos de la época en el Carnegie Hall, de Nueva York,
Desde 1948, nuevamente en Cuba, Esther dejó otras huellas trascendentes, entre ellas su vinculación con la radio y la naciente televisión y el mítico registro del disco Esther Borja a dos, tres, cuatro voces (1955), hazaña artística y tecnológica en la que estuvo acompañada por su fraterno Luis Carbonell, la pianista Numidia Vaillant y el grabador Medardo Montero.
Ella nunca se concibió fuera de su tierra, de ahí que en medio de la eclosión revolucionaria de 1959 decidiera permanecer y trabajar junto a su pueblo.
Entonces la vimos y escuchamos defender la identidad en un programa de la televisión, Álbum de Cuba, y ofrecer conciertos y recitales en los cuales Roig y Prats, los hermanos Grenet  y los Lecuona, Anckermann y Delfín, Sindo y Guzmán, Tania Castellanos y Fernando Mulens, nos entraron en la sangre.
Cuba reconoció sus méritos: Orden Félix Varela de primer grado y Medalla Alejo Carpentier, ambas concedidas por el Consejo de Estado; Premio Nacional  de Música del 2000, Premio de Honor de la Feria Internacional CUBADISCO del propio año, Miembro Emérito de la UNEAC, Premio Anual del Gran Teatro de La Habana.  
Cuando arribó a los 91 años alguien le preguntó si tenía algo de qué arrepentirse o algún sueño inconcluso, y respondió: “He vivido como he querido y la vida me ha complacido. Dejé de cantar porque quise, a tiempo, porque sentí que ya había cumplido. He amado y me han amado. Y Cuba me ha respondido”.

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