Un diario entre lo personal y lo literario

Lunes, 6 de Enero y 2014 (11:30 am)

El 109 aniversario del fallecimiento de Alejo Carpentier fue recibido con un acontecimiento que juzgo de alcance excepcional para la cultura cubana y universal. Una vez más, la Fundación que lleva su nombre, depositaria de su papelería y responsable máxima de la labor de difundir su obra, liderada por la doctora Graziella Pogolotti, ha puesto a disposición del público el diario que Alejo Carpentier escribió durante parte de su estancia caraqueña —1951-1957— que se extendió entre los años 1945 y 1959. Conservado en un sobre cerrado, llevaba inscrito en este una nota de Lilia Esteban Hierro, su viuda, que se reproduce a modo de colofón del libro, donde leemos:

Abril 1988

Al leer las memorias de Alejo Carpentier encontré —1951-1957— comprendí lo que juega el subconsciente en las actitudes o remembranzas del ser humano. Sabía que existencia [sic], pero [no] lo había abordado hasta que hace días como un impulso repentino me llevó a revisar, releer, buscar en ese mundo de papeles que aun me queda por revisar. Allí encontré un sobre amarillo muy sellado con Scotch Tape —no abrir— entregarlo así a la Biblioteca Nacional— y firmado por mí. Lo encontré después de la muerte de Alejo al venir a vivir a nuestra casa de La Habana. Apenas lo leí entonces. Ahora lo he vuelto a retomar, es muy interesante es más bien un diario literario sobre sus lecturas y la música que oía en nuestra casa de Caracas en aquello años. Menciona a pocas personas, pero es impublicable por estar aun vivas esa gente y francamente no las trata muy bien.

El tiempo, el implacable, la muerte de la pareja y la visión estrictamente literaria, con clara luz sobre lo trascendente,  de la fundación, se han conjugado no solo para que este diario viera la luz, sino que desde antes, con la aparición hace apenas un año de las Cartas a Toutouche, se comenzara a descorrer cierto velo de “angelidad” que envolvía su figura. Es cierto que las misivas a su madre tienen más el alcance de lo personal e íntimo que lo literario, escritas, la mayoría, cuando Carpentier apenas se iniciaba en el mundo de la cultura, en tanto este diario, como bien lo valora su viuda, es más de carácter literario, pero aún así, asoman por momentos, a modo de remembranzas, aspectos de su vida privada, como cuando, con apenas 16 años, pasaba por delante de un prostíbulo que lo inquietaba, alusiones a su breve matrimonio con Eva Fréjaville, una ligera evocación a su padre o la sospecha, por suerte infundada, de una posible diabetes, que mientras no fue descartada le provocaron “días de depresión moral [...] Y sobre todo, porque me creí menguado en mi vigor sexual... (Depuis, alors, les choses se son arrangées... et commnent”) (“Desde entonces las cosas se arreglaron... ¡y cómo!”), escribe satisfecho.  

Esta nueva obra —porque de tal puede calificarse este libro de 238 páginas, espléndidamente anotado por Armando Raggi y Rafael Rodríguez, con prólogo del primero, y publicado en la colección Documentos de la Biblioteca Alejo Carpentier, bajo el sello editorial Letras Cubanas— cubre un lapso creador relevante en su vida literaria, aquel que va entre la culminación de su novela Los pasos perdidos y el comienzo, apenas el esbozo, de El siglo de las luces “¡de grandes proporciones!”, intuye cuando apenas era un proyecto, y que constituye una de sus etapas más fecundas.

Las páginas de este diario corresponden a la de un autor que, si bien ha entrado en una etapa de total madurez creadora, también se proyecta como un escritor con dudas ante lo concluido o lo iniciado en materia literaria, como sucede cuando comienza a esbozar los inicios de su novela corta El acoso, que, tras breve, pero intenso trabajo, la da por terminada, pero cuando la somete al criterio de su esposa y del musicólogo Hilario González, estos le advierten “la necesidad de aclarar ciertos enlaces obscuros, y pintar un poco más los antecedentes del personaje [...] Una vez más, Lilia me ha demostrado su magnífica visión crítica de mis cosas”. Y más adelante: “L [ilia] e H [ilario] tenían razón: con cuatro páginas bien interpoladas, bastaba para aclarar muchos pasajes del libro. Me vinieron ayer, con sorprendente facilidad. Hoy, el enojoso trabajo de las correcciones de detalle. Ahora, creo que está”.

En materia de preferencias literarias el diario es revelador. Así, evaluó la literatura del medioevo de esta manera: “Llego a la conclusión de que jamás se ha escrito mejor” que en esa época histórica: “Adjetivación exquisita; rapidez en el relato; procedimientos elípticos que dan ritmo y ligereza a lo narrado, eliminando hojarascas descriptivas”. Experimenta fobias y empatías literarias hacia Rousseau y sus Confesiones, que fue casi libro de cabecera de Carpentier, Proust, Gide, Kafka, Faulkner: “¡Absalón, Abasalón de Faulkner. Magnífico!”; Pío Baroja, cuyas Memorias lo asombran por “tanta mediocridad”, Ramón Gómez de la Serna, a quien califica de “ilegible”, su siempre admirado Federico García Lorca o Camilo José Cela, quien, sostiene, posee “[c]omplejo colonial... porque vuelve al espíritu de los ‘heraldos de la raza’ que visitaban América hacia el año 1920 (antes de que un García Lorca viniera a Cuba para encariñarse con la Isla)” ; en tanto, en realidad, son pocos los autores cubanos mencionados: José Lezama Lima: “Magnífica impresión de Lezama Lima. Cada vez más agudo, más fino, más erudito, en sus conversaciones. Y a la vez, sutilmente criollo: el hombre gordo que trabajaba en vender velitas de Santa Teresa. Sostiene que la poesía, tomada en serio, por los poetas de Orígenes, los está conduciendo a la novela. Es posible”; Eliseo Diego, “grueso, lento, muy criollo, con físico de hortera —delicioso. Cintio Vitier, muy viviente: me recuerda, de modo casi obsesionante, a Eliseo Grenet. Fina Marruz [sic], con su vocecita tímida, su aire de buena muchacha indolente y criolla, inquietante. Le feu sous la cendre” (El fuego bajo las cenizas). Sin embargo, Jorge Mañach no le resulta nada simpático, pero sus apreciaciones son, sobre todo, de tono subjetivo: “Mañach, francamente, me da lástima. Es el raté magnifique (fracasado, malogrado). Se ve alabado de sí, la gran amargura de su frustración [...] Marinello [...] al menos, se ha realizado en lo político”, escribe a seguidas, al comentar una cena “de hombres muertos” en el Pen Club.

El espectro musical del diario recorre épocas y músicos de las más variadas escuelas, pero sobre todo late su admiración por Dominico Scarlatti, Arnold Schoenberg, el asturiano-cubano Julián Orbón, uno de sus amigos más entrañables, como también el brasileño Héitor Villa-Lobos. De ellos y otros muchos comenta sus obras, a veces con pasión (Schoenberg), otras con menos beneplácito, así como también sobre pintores, como Wifredo Lam, a quien admira en su grandeza artística, y comenta en francés  —lengua que atraviesa en muchas ocasiones estás páginas—, “Il gagne énormément d’argent, mai se montre un peu rapace sur se chapitre” (Gana una enorme cantidad de dinero, pero se muestra un tanto rapaz al respecto).

Su apreciación sobre el entonces reclamado “contenido social de la literatura”, al calor de los postulados culturales defendidos por los teóricos y políticos de “los países socializados”, le merecen este comentario, escrito en 1955, verdadera declaración de principios:

Y esas historias de huelgas, esos “denuncios” de injusticias sociales se agotan en cinco libros. Si quieren escribir libros con contenido social, que escriban estudios, con estadísticas, números, fotografías, más elocuentes que toda la historieta edificante de buenos obreros y malos patronos. No tolero ya la literatura regionalista, ni la música regionalista, ni la pintura regionalista. Y menos, con “contenido social”.

Alusiones a su novela inconclusa “El clan disperso”,  que a la altura de 1955 ya tenía 250 páginas, a una obra de teatro recién iniciada “sobre el asunto de Rahab, la prostituta de Jericó”, el éxito de crítica de Los pasos perdidos, su valoración hacia Lilia, que en un trance difícil de un vuelo mientras viajaban a París “permanece muy tranquila, muy plácida, con ese gran valor que la caracteriza en todos los momentos peligrosos y desagradables de la vida”. Estos y otros muchos temas aparecen en este, desde ya, imprescindible diario de interés general, pero especialmente para especialistas e investigadores de su obra y, en general, a todos los interesados por la cultura cubana. Añadido al valor per se de estas páginas hay otros aspectos dignos de mención que acrecientan los méritos del trabajo realizado. Además de la eficacia de las notas al pie, figuran, como anexos, manuscritos y mecanuscritos relacionados con el diario, testimonios gráficos y tres índices invaluables e infaltables en este tipo de obra: onomástico, de materias y de personajes. Asimismo, la traducción al español, desde el francés, de todas las no pocas frases incorporadas al texto por el autor le confieren a la obra una terminación de verdadero realce.

Alejo Carpentier sigue y seguirá siendo historia literaria y de vida actuante, además de por sus obras, por el caudal de su inmensa papelería, de la que ya han salido frutos tan notables como este diario, inscrito ya en nuestro patrimonio cultural.

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