Música, 1959 y más

Cinco apuntes y una especulación

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

En 1959 Cuba ya era una potencia musical. Contaba con una rica tradición tanto en la vertiente popular como en la llamada culta, y una palpitante actualidad que se expresaba en espectáculos, grabaciones, giras internacionales y en el mismísimo ambiente cotidiano marcado por múltiples y vivas expresiones. Pero sin lugar a dudas las transformaciones revolucionarias que a partir de ese año tendrían lugar en el país repercutirían en los procesos de creación y socialización de la música con tal intensidad y magnitud que cabría hablar de un cambio radical perceptible desde la altura del tiempo transcurrido de entonces a acá.

Como quiera que un análisis en profundidad de los procesos y acontecimientos excede el perfil del esta nota, no concentraremos en cinco aspectos donde los cambios nos parecen más significativos por su alcance social.

1.

La política cultural de la Revolución, caracterizada por su impronta democratizadora, tuvo sus primeras expresiones en el fomento de un sistema de instituciones que favorecieron la música de concierto. Los quijotescos emprendimientos llevados adelante por Gonzalo Roig y Amadeo Roldán para dotar al país de organismos sinfónicos de altísimo nivel se vieron coronados con la refundación de la Orquesta Sinfónica Nacional y entidades similares en Oriente, Camagüey, Las Villas y Matanzas. Al mismo tiempo, los empeños pedagógicos del Conservatorio Municipal de La Habana y de las decenas de conservatorios que mantuvieron contra viento y marea la docencia musical en diversos lugares del país fructificaron con la creación de un sistema de enseñanza artística, cuyo pináculo en los años 60 fue la Escuela Nacional de Arte. Las relaciones con la Unión Soviética y el campo socialista facilitaron la presencia en el país de excelentes maestros que ocuparon cátedras y atriles en los organismos sinfónicos y la concesión de becas para que decena de talentos se formaran en aquellas naciones. El Teatro Lírico Nacional, con su propia orquesta sinfónica, consolidó iniciativas anteriores y se amplió con el establecimiento de compañías similares en Holguín, Matanzas y Pinar de Río. Una red institucional y docente semejante marcó, a pesar de carencias e insuficiencias, un antes y después en la música de concierto. Botones de muestra: la concreción a escala nacional de la Escuela Cubana de Guitarra y la pléyade de magníficos pianistas y otros instrumentistas reconocidos dentro y fuera de Cuba.

Imagen: La Jiribilla

2.

El clima creador que se hizo evidente en los años inmediatamente posteriores al triunfo de enero favoreció el auge de una vanguardia artística en la música de concierto. A diferencia de otros países socialistas —Polonia fue una excepción— en los que la experimentación fue postergada en nombre de un realismo atávico y conservador, en Cuba los compositores más talentosos y aventajados tuvieron las más amplias posibilidades de explorar nuevas técnicas y procedimientos. Con Leo Brouwer a la cabeza surgió una vanguardia en la que de muy diversas maneras se expresaron autores que venían de la época anterior como José Ardévol, Argeliers León, Harold Gramatges, Nilo Rodríguez  e Hilario González y los entonces jóvenes Carlos Fariñas, Roberto Valera, José Loyola, Calixto Álvarez, Carlos Álvarez Sanabria, Guido López Gavilán, Carlos Malcolm, Sergio Fernández Barroso y Juan Piñera. Juan Blanco abriría la senda de la música electroacústica con pleno apoyo institucional.

3.

La atención y dignificación de los valores patrimoniales es asunto que debe ocupar la mayor jerarquía a la hora de valorar el influjo de las transformaciones revolucionarias en la vida musical del país. Trovadores, soneros, tonadistas y portadores de expresiones folclóricas afrocubanas hallaron protección mediante la subvención de sus programaciones y, en no pocos casos, el otorgamiento de un status profesional. La labor pionera emprendida por don Fernando Ortiz, Argeliers León, María Teresa Linares y Odilio Urfé encontró nuevos cauces en los cuales estos tres últimos desempeñaron un papel ejemplar. Comenzaron los estudios académicos de Musicología y se creó el Museo Nacional de la Música. Cuba cuenta en la actualidad con fuentes documentales de primerísimo orden que permiten reconstruir y valorar nuestra evolución histórica musical.

4.

Pocos se han percatado de la existencia de un movimiento coral a lo largo del país, que tiene su base en la existencia de agrupaciones profesionales de apreciable nivel. El sueño de María Muñoz de Quevedo en la Sociedad Coral de La Habana se cumplió en la obra de Electo Silva y el Orfeón Santiago, de Santiago Fals, Miguel García y el Coro Madrigalista; de Digna Guerra, el Coro Nacional de Cuba y Entrevoces; de Carmen Collado y el Coro Polifónico de La Habana; de Alina Orraca y la Schola Cantorum Coralina; de María Felicia Pérez y Exaudi; de José Antonio Méndez y el Coro de Matanza; de Corina Campos y Vocal Leo, de Wilmia Verrier y Vocal Luna. En los últimos tiempos el movimiento de cantorías infantiles y juveniles ha culminado la pretensión de convertir a Cuba en una Isla de coros.

 

5.

No podía dejar de tener impacto de la Revolución en la canción popular que reflejara tanto su épica como los conflictos que se derivan de un proceso de cambios. Si bien el momento del triunfo y los años inmediatos posteriores se reflejó en la obra de Carlos Puebla, Eduardo Saborit y Tania Castellanos, por citar tres nombres paradigmáticos, fue con el surgimiento de la Nueva Trova que se puede hablar de un salto cualitativo esencial en la cancionística vinculada a esos avatares. Silvio, Pablo, Noel, Vicente emergieron con una nueva perspectiva poético-musical desarrollada luego por trovadores de generaciones sucesivas en un fenómeno que se extendió a todo el país.

Al repasar los anteriores apuntes no solo es posible advertir su carácter sumario, sino también la necesidad de abordar ciertos aspectos esenciales para la comprensión del tema. Se me ocurre, por ejemplo, plantear una especulación: ¿qué sería de la música en Cuba si el desarrollo social y económico de un país en revolución hubiera transcurrido sin la hostilidad y el bloqueo impuesto desde muy temprano por EE.UU.? Esto ha sido un factor determinante que se ha reflejado tanto en la proyección internacional de la música cubana como en la base material para la docencia, la industria fonográfica y la propia dotación instrumental de solistas y orquestas, pasando por la implicación de estos problemas en la subjetividad de promotores y difusores. ¿Habría sido igual la formidable eclosión de Los Van Van y Adalberto o el jazz latino, al estilo de Chucho Valdés e Irakere? ¿Tendríamos una mirada diferente sobre la música cubana que se ha hecho fuera de la Isla?

Mucha tela por donde cortar y muchas y exigentes investigaciones por realizar. Pero la historia no puede ser reescrita. Los hechos hablan por sí mismos y, sin lugar a dudas, si en 1959 éramos ya una potencia musical, cinco décadas y media después esa condición se ha reafirmado con creces. 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato