Plástica y Revolución

Talentos insospechados en un nuevo clima

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

La prueba mayor de que con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959 se introducía un cambio decisivo en el panorama de las artes visuales cubanas se tuvo cuando antes de que culminara la primera década del nuevo estado emergió de la Escuela Nacional de Arte (ENA) una promoción de talentos insospechados, procedentes varios de ellos de remotos parajes de la geografía insular.

Con una tradición en la vanguardia de principios del siglo XX, que había dado al menos hasta ese momento dos importantes promociones, no podía decirse, sin embargo, que existía un movimiento nacional ni masivo, hasta donde puede serlo en un campo donde las individualidades siempre sobresalen por encima de los impactos colectivos. La Habana y Santiago eran los centros donde la actividad académica contaba con determinado peso, en la primera a través de San Alejandro, que de haber blasonado de poseer un claustro de renombrados maestros declinaba hacia el más rancio conservadurismo, al punto que en las décadas precedentes era casi una práctica regular que los jóvenes con mayores inquietudes estéticas pasaran uno o dos años por sus aulas y talleres y las abandonaran para emprender vuelo propio en el extranjero o en el mismo país.

Con la fundación de la  Escuela Nacional de Arte, cuyas edificaciones en la zona de Cubanacán, al Oeste de La Habana constituyeron de por sí símbolos de una nueva visualidad, las posibilidades para la formación del talento tuvieron un alcance inédito, en correspondencia con el proceso democratizador de la cultura, enunciado en las Palabras a los Intelectuales, de Fidel Castro.

Hijos de obreros y campesinos se contaron entre los primeros alumnos de la ENA —algunos captados inicialmente como instructores de arte—varios de ellos con el tiempo han ocupado un lugar prominente en el panorama cubano de las artes plásticas: Ever Fonseca, Tomás Sánchez, Ernesto García Peña, Nelson Domínguez, Eduardo Roca, y Roberto Fabelo, entre otros. Mérito pedagógico que se debió también a la actuación de un claustro en el que confluyeron maestros de muy diversas tendencias estéticas pero probado profesionalismo en un clima donde el rigor estaba acompañado por la libertad creadora.

Imagen: La Jiribilla

Ever Fonseca: Che montaña de gloria. Técnica mixta sobre tela. 60 x 46 cm, 2010

Esta última, a su vez, se correspondía con la aplicación práctica de una política cultural que en las artes plásticas, durante aquella década, demostró que todas las calidades podían y debían expresarse. Abstractos, figurativos, expresionistas, cultores del op y el pop art coincidieron en una programación que se hizo intensa no solo en la capital sino en las galerías que se abrieron en las principales ciudades de la Isla, en las que también, por primera vez, los llamados pintores y dibujantes primitivos tuvieron espacios.

Al mismo tiempo Cuba recibió muestras internacionales de altísimo nivel—la Casa de las Américas, por ejemplo, organizó la primera versión de sus eventos de grabado al que concurrieron quienes serían íconos de la nueva figuración—, la más importante de todas, el Salón de Mayo.

Pero si se trata de establecer coordenadas estéticas renovadoras y con espíritu de cuerpo, tendríamos que citar la fotografía de la épica revolucionaria y el cartel. Avezados fotorreporteros se lanzaron a plazas, calles y campos para captar la imagen de un país sometido a grandes tensiones transformadoras.  La obra de Korda, Osvaldo y Roberto Salas, Corrales, Ernesto Fernández, Perfecto Romero y Liborio, entre otros, contando también con las cámaras  visitantes de Burt Glinn, Luc Chessex y René Burri, es un vibrante ejemplo de arte y testimonio.

Paralelamente el diseño gráfico transformó la visualidad de las ciudades con aires de urgencia y experimentación nunca vistos hasta entonces, con destaques particulares para el cartel de propaganda y el de promoción cinematográfica y cultural, aportados por creadores como Félix Beltrán, Raúl Martínez, Eladio Rivadulla, Alfredo Rostgaard, Muñoz Bachs, Rolando de Oráa, Frémez y Ñiko, dejaron fotos y carteles para la memoria de unos años de fuego.

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