Selección de minicuentos

Del alquimista

Saben positivamente, los que de tales cosas entienden, que en la ciudad de Aquisgrán, y a fines de la Edad Media, un judío alquimista halló el secreto de no envejecerse. Fortalecido por su pócima, que le permitiría vivir en todo vigor ciento cincuenta años más que el común de los hombres, dedicó la plenitud de sus días a buscar el secreto de no morirse. Dicen que lo halló, y que desde entonces, oculto en su oscura covacha, tropezado de telarañas y surcado de grueso sudor, busca aquel veneno poderoso sobre todos que le permita, al desgraciado, morirse.

 

De la máscara

¡AYAYAYAY! Hay que velar la velada. El Tío Pedro y la Tía Águeda, su mujer, están sentados en un rincón, mientras su hija Consuelito baila por alguna parte. Una cinta de colores vivos desciende hasta la ancha nariz del Tío Pedro y lo incomoda. Al Tío se le ha muerto, por la tarde, una muela.

Las máscaras de risas rígidas pasan saludando con sus vocecillas mecánicas. ¿Cuál es Consuelito, piensa el Tío Pedro, Consuelito disfrazada de madama? A las doce de la noche fallece el carnaval, se quitan las máscaras, se dan los premios. El Tío Pedro podrá irse en paz a llorar su pérdida, que siente, en los huesos de la quijada, como una irreparable y dolorosa ausencia.

¿Cómo ha sucedido? La cinta de colores, desprendida, se le ha enredado amorosamente a la calva. Hay un corro en torno suyo de gentes que llevan, como si dijésemos, sus caras en las manos, que gritan y ríen en un rabioso regocijo. De la selva de brazos que gesticulan se desprende, agudo, incisivo, un índice que señala inflexible al Tío Pedro. Una voz insegura dice lentamente “vamos a la cara del triunfador, quítese la horrorosa máscara”. Y unas pinzas suaves tiran, tiran poderosamente de la desnuda nariz del Tío Pedro. Sudoroso, helado, el Tío Pedro sabe que es inútil, que nadie podrá arrancarle jamás la horrorosa máscara.

 

De su noche de gran triunfo

Ligera, soprano ligera. Carmen María Peláez parada en el escenario para cantar su noche de gran triunfo. El empresario de bigote de aceite y zapatos charolados lo ha garantizado: Garamba, Carmen, gran gala de Beras. Carmen María, coruscante y joven, cegada por las luces del proscenio, canta. ¡Ah, canta, canta, Carmen, canta! Y Carmen muge y trina y se desgarra. Y con el último acorde estalla la cálida salva de aplausos. Carmen María se inclina, saluda envuelta en la ola cálida, se alza. Las luces disminuyen, cede el espeso muro de sombra. La boca enorme del vasto teatro vacío y el empresario, muerto de risa, que da vueltas a monstruosa araña, al monstruoso aparatito de aplausos. Carmen María quiere escapar, pero se encuentra aprisionada en la reciedumbre de los huesos. Se mira y es una espantosa anciana.

 

Fantasmagorías

Desde muy joven —lo confieso—, me han gustado los fantasmas. Me apasionaban las historias de sus desventuras.

Hoy —lo confieso—, aproximándose la hora de convertirme en uno, ya no me gustan tanto.

 

De Jacques

Llueve en finísimas flechas aceradas sobre el mar agonizante de plomo, cuyo enorme pecho apenas alienta. La proa pesada lo corta con dificultad. En el extremo silencioso se le escucha rasgarlo. Jacques, el corsario, está a la proa. Un parche mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil como una figura de proa sueña la adivinanza trágica de la lluvia. Oscuros galeones navegando ríos ocres. Joyas cavadas espesamente de lianas. Jacques quiere darse vuelta para gritar una orden, pero siente de pronto que la cubierta se estremece, que la quilla cruje, que el barco se encora como si encallase. Un monstruo, no, una mano gigantesca alcanza el barco chorreando. Jacques, inmóvil, observa los negros vellos gruesos como cables. «¿Este?» «Sí, ese» —dice el niño, y envuelven al barco y a Jacques en un papel que la fina llovizna de afuera cubre de densas manchas húmedas. El agua chorrea en la vidriera, y adentro de la tienda la penumbra cierra el espacio vacío con su helado silencio.

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