Sistema de Enseñanza Artística

Cómo aprendimos a pertenecer a una cultura

A muchos de los nacidos en Cuba, el arte les viene en la sangre. Es casi una actitud natural el asumir que somos un país eminentemente cultural y que el ser artista es una profesión de la que se puede vivir y no necesariamente tiene que mantenerse como un hobby al que se le dedica tiempo sólo cuando el primer trabajo lo permite.

En esta actitud y en el resurgimiento de una conciencia sobre lo que significa ser cubano, con la identidad y tradiciones que nos identifican, mucho influyó el apoyo que al desarrollo del talento y las artes en general, ha dado la Revolución Cubana durante estos últimos 55 años. 

Desde 1959, la dirección del naciente proceso promovió la creación de instituciones como el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y la Imprenta Nacional con el afán de llevar la cultura hasta las masas, expandir la participación y extender los servicios culturales a cualquier lugar del país; esfuerzo que luego se reforzó con el surgimiento de la red de Casas de Cultura, museos, librerías y la implementación de un sistema de enseñanza artística que asegurara el desarrollo del talento, allí donde estuviese.

La Jiribilla se acercó a Graciela Fernández Mayo, Premio Nacional de Enseñanza Artística 2012, considerada una de los artífices de este sistema en el período revolucionario; para recordar con ella el surgimiento y evolución de un sector que aún hoy se repiensa a sí mismo en una búsqueda constante de la excepcionalidad.

 “Cuando triunfa la Revolución, una de las principales vías de desarrollar al país, más allá de lo económico, lo político o lo social, fue potenciar el desarrollo de una espiritualidad, nacional y creativa”.

Para Graciela están muy vívidos los recuerdos de cuando Fidel se pronunció sobre el tema en dos ocasiones que resultaron ser trascendentes: en mayo del 61, durante una mesa redonda en CMQ donde se anunció el surgimiento del proyecto de Instructores de Arte, con el objetivo de localizar el talento potencial de niños y jóvenes en provincias y municipios; y luego en las Palabras a los Intelectuales, al anunciar la creación de la Academia Nacional de Arte.

“A partir de ahí se plasman las intenciones de dar posibilidades de desarrollo al talento que existiera en el país, ya fuera científico o artístico; y por primera vez se crea un centro con capacidad para internados que permite el acceso de jóvenes y niños de todas partes del país.

“Yo siempre digo, —expresa sonriendo quien es también autora de Antología de pensamiento y política cultural cubanos— que aunque la Bauhaus alemana se planteó como la “catedral del socialismo”, eso lo hicimos en Cuba con el nacimiento de la Escuela Nacional de Arte (ENA), porque no sólo fue donde inicialmente se allanó la senda para el descubrimiento y el posterior crecimiento de todo ese talento en el país, sino que vino a insuflar un espíritu de creación en muchos jóvenes que provenían de zonas que nunca habían tenido contacto con el arte.

“Paralelamente al desarrollo de estas capacidades, se creó la base para fortalecer la enseñanza en las provincias. Imagina lo que significa —dice y trasluce toda la emoción que le provoca evocar estos tiempos fundacionales— que de pronto  se creen todas las escuelas vocacionales de arte, que permitieron algo que hasta el momento sólo era posible en La Habana: el amplio acceso a una formación cultural integral de todo nuestro pueblo”.

Otra de las remembranzas que Graciela Fernández Mayo, rectora del Instituto Superior de Arte (ISA) en la década de 1990, atesora con mayor cuidado, es la  apertura de la Universidad de las Artes en septiembre de 1976, para ella “la génesis que tuvo como punto de partida la creación de la ENA y la reorganización que se llevó a cabo en el sistema de enseñanza artística”.

A partir de este proceso —explica con palabras claras para que se entienda la complejidad que supuso su puesta en práctica—  se articularon los distintos niveles que adoptaron un desarrollo heterogéneo, pues cada uno debía tener su perfil, su plan de estudio que respondiera a las necesidades de cada grupo etario y a sus especialidades, así como las vías de articulación entre una etapa de aprendizaje y la siguiente.

Un momento importante de las constantes transformaciones que sufrían las formas y maneras de enseñar el arte fue cuando se creó el Instituto Superior de Arte (ISA), con el que se ofreció la posibilidad de estudiar licenciaturas en las distintas especialidades artísticas.

“Al Instituto le correspondió una etapa también que es importantísima en el mundo nuestro, porque no teníamos antecedentes en doctorados en ciencias sobre arte. Tenemos doctores que trabajaron en el sistema que venían de la pedagogía, pero no los había en el propio campo artístico y ahí es donde se estructura esa posibilidad para el país. Desde hace varios años egresan doctores y se ofrece la posibilidad de que los interesados se califiquen como investigadores, dándole al artista la posibilidad de que no se forme solo para ejecutante”.

Como consecuencia de la ampliación de las investigaciones y las facilidades para llevarlas a cabo, se produce un fortalecimiento en la visión del quehacer artístico desde una mirada científica, evidenciada en estudios de antropología y folclor, vinculados a la danza y al teatro, entre otras investigaciones.

Además, la doctora Fernández Mayo, no quiso dejar de señalar cómo los primeros años de formación los futuros artistas e instructores estuvieron muy vinculados a los cambios y la actualidad del acontecer cubano.

 “Este año se cumplieron 25 años de un hecho muy importante: la creación de una brigada integrada por muchachos muy jóvenes que estudiaban ballet, arte circense, música, quienes estuvieron en Angola en 1988, después de la batalla de Cuito Cuanavale. Allí hicieron más de 80 funciones en locaciones del ejército cubano y el angolano. Había  estudiantes de poco más de 17 años y todos se esforzaron mucho. Fue la primera brigada cubana que estuvo en Cuito Cuanavale y todos eran alumnos de nivel medio y del ISA”.

Y este no fue un hecho fortuito nacido al calor de una coyuntura específica. Para Graciela Fernández su fundamento radica en que “la Revolución enseñó a todos cómo se concebía y se manifestaba la cubanía. Le dio una conciencia de responsabilidad a toda la población, de la pertenencia a un mundo, a una cultura. Y por supuesto nos dio una vocación de servicio. De todos esos años de formación ha surgido un potencial artístico pedagógico real, gracias al cual hemos tenido en las aulas figuras importantes del quehacer cultural cubano, quienes han desarrollado los métodos con los que se han formado generaciones de artistas. Algunos han logrado sistematizar su manera de enseñar, lo que ha permitido que la cultura de la Isla y sus exponentes ocupen un espacio destacado”.

Si de señalar aciertos se trata, la doctora Fernández Mayo no tarda en apuntar  como uno de ellos  la prioridad que se le dio a la escuela cubana y a sus tradiciones en cuanto al arte y la identidad, al igual que la preocupación desde el principio por lograr una formación integral de los futuros egresados. Este esfuerzo —indica— se materializó con la inclusión en el currículo de clases de asignaturas como historia, estética, filosofía y otras que permitían redondear mucho mejor la personalidad artística.

 “De ese potencial realmente se ha nutrido el país. Hemos dado servicio y hemos estado en otros escenarios en el mundo, generalmente con mucho éxito. Por eso cuando se habla de salvar la cultura, intención que estará presente en el VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, estamos hablando de salvar la enseñanza de las artes.  Precisamente cuando me entregaron el Premio Nacional una de las cosas a las que hice alusión fue a  la necesidad de que se sigan observando esos principios fundacionales de ofrecer opciones de desarrollo a todo el talento que pueda existir en nuestra población, ya que mientras mayor sea el campo de la cultura hay mayores posibilidades para la creación”.

Jubilada ya desde hace un año, pero todavía muy involucrada en los procesos de enseñanza de las artes, Graciela Fernández no quiere dejar de advertir su preocupación sobre el enfoque de la formación y su correspondencia con las expectativas culturales en el país, ya que hay que tomar en consideración que en materia de las artes y la enseñanza artística no se pueden aplicar indicadores y razones inflexibles.

“Si vamos a formar talentos en el arte, debemos tomar en cuenta elementos subjetivos como las condiciones necesarias para que se desarrolle, las individualidades de cada persona. Lo otro es tratar en lo posible de mantener la investigación científica para de esta forma acompañar las decisiones que se tomen”.

En la hora actual, el sistema de enseñanza artística en Cuba, cuyos resultados se palpan en el cuerpo cultural de la nación, está redefiniéndose para hallar esas grietas que afectan el proceso y encontrar las soluciones que lo fortalezcan. En este sentido, la doctora Fernández Mayo insiste en recomendar que: “Valorar la historia es importante para saber qué baluarte hemos creado, cuáles son los que tenemos que mantener y hasta dónde se puede emplear un cambio. Es una tarea muy difícil y ardua el replantearse un plan de estudios que ha dado figuras importantes para las artes cubanas y mundiales.

“Hay replantearse qué representa para el país tener estas escuelas y cómo ha impactado en la población durante tantos años la existencia de centros de formación cultural”.

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