Entrevista con Ambrosio Fornet:

“La literatura también contribuye a rehacer el mundo a la medida humana”

Celia Fabián • La Habana, Cuba

La literatura de un país salvaguarda, en los días en que empieza su vida en las manos de los lectores y para la posteridad, la memoria del mundo y de los hombres que en él habitaron. De ahí que si buscamos algunas de las coordenadas de los primeros años revolucionarios, encontraremos en los libros de esa época, la vida cubana situada en contexto, desde los acontecimientos políticos-sociales fundamentales hasta los ardores, miedos y esperanzas de los hombres y mujeres que la protagonizaron.

De la memoria colectiva, que tuvo como catalizador el triunfo revolucionario, del reconocimiento de lo que somos o debemos ser que la literatura cubana más reciente ha ayudado a construir y preservar, hablamos con Ambrosio Fornet.

Al intervenir en la inauguración de la Feria del Libro que se le dedicara usted expresó que hasta que publicó su primer libro “había utilizado la escritura como una coraza, y la idea de que un libro suyo pudiera “contribuir” en alguna medida a mejorar o cambiar algo le resultaba completamente extraña. Pero cuando los grupitos de lectores potenciales empezaron a crecer hasta el punto de que parecían abarcar un pueblo entero, se percató de que la literatura podía tener una función social y que, con ella, el oficio de escritor adquiría una nueva dignidad”. ¿Hasta que punto la literatura que se comenzó a escribir a partir del triunfo revolucionario asumió sin ambages la responsabilidad de “contribuir” a la dignificación del sujeto lector en medio de la ola transformadora que promovía este proceso? ¿Cómo caracterizar la nueva dignidad que con la Revolución estrenaba en Cuba el oficio del escritor?

La sociedad no cambia sola, cambia porque uno contribuye a cambiarla. Y uno solo se involucra sin reservas en esa tarea cuando ha llegado a la conclusión de que el cambio es necesario y, más aún, inevitable. La toma de conciencia que conduce al compromiso y a la acción se produce casi siempre por motivos que tienen un fundamento ético, como reacción ante los reiterados actos de injusticia y ofensas a la dignidad humana que uno llega a conocer, directa o indirectamente, por experiencia propia o ajena, a través de lecturas o de simples testimonios orales. Uno concluye que este mundo está mal hecho y que hay que transformarlo de raíz, que hay que rehacerlo a la medida humana.

El triunfo de la Revolución significó un renacimiento, una refundación de nuestra sociedad. Hablábamos de una Cuba nueva, sin las lacras del pasado.  Para el ciudadano de a pie y para los más jóvenes ¿cuál era la Cuba vieja? ¿Cuáles eran aquellas lacras? Y sobre todo, ¿cómo se vivían desde las distintas posiciones que cada sector y, de hecho, cada ciudadano ocupaba en la sociedad? Esto equivalía a preguntarse: ¿teníamos realmente, como nación, una memoria colectiva?  Habíamos sido engañados tantas veces que no quedaba más remedio que preguntarse, en caso de que creyéramos tenerla, ¿no sería una memoria adulterada? Y en cualquier caso, la memoria compartida ¿nos daba un sentido real de pertenencia, de identidad cultural?

En un país como el nuestro, en el que la Nación aún no había cuajado del todo, en el que  todavía la conciencia nacional se hallaba en proceso de formación, una de las maneras en que el escritor podía contribuir a dignificar a sus lectores era contribuyendo a afirmar el conocimiento de su lugar en la historia y por tanto su propia identidad, como persona y como ciudadano. Eso explica que tantas obras literarias de la época –me refiero a los años sesenta—se desarrollaran en contextos históricos muy precisos, tanto del pasado como del presente y, en más de una ocasión, en momentos donde ambos tiempos se entrelazaban o chocaban, como si todos fueran solo variaciones de un mismo tema, un tema centrado en el misterio de la vida humana, o mejor dicho, de la vida humana en sociedad.

Pues bien, hablar de ese misterio desde la perspectiva del cambio era una manera de ayudar a promoverlo. La literatura no produce cambios sociales, pero suele producirlos en la conciencia de los lectores, y ese es uno de los factores  necesarios para consolidar los procesos de transformación social. Durante más de diez años –signados literariamente por sendos premios Casa de las Américas, desde Bertillón 166 (1960), de Soler Puig, La situación (1963), de Lisandro Otero y Los años duros (1966), de Jesús Díaz, hasta Los niños se despiden (1968), de Pablo Armando Fernández  y  La última mujer y el próximo combate (1971), de Manuel Cofiño--, se produjo una sistemática exploración literaria de nuestra realidad pasada y presente que logró llevar a la conciencia de los lectores la convicción de que teníamos una memoria colectiva, una visión crítica y descolonizada de nuestra historia, y, como resultado de ambas, un arraigado sentido de identidad cultural.

He citado algunos títulos representativos de la época, porque si fuera a citarlos todos, la lista, como suele decirse, se haría interminable. Interminable y asombrosa, porque tendría que incluir tanto El siglo de las luces, de Carpentier, como Paradiso, de Lezama, tanto la cuentística de Guillermo Cabrera Infante como la de Norberto Fuentes y Eduardo Heras León, tanto otras varias muestras de la narrativa tradicional como nuevos géneros surgidos entre nosotros, como por ejemplo el Testimonio (Cimarrón, 1966, de Miguel Barnet) y la novela policíaca (Enigma para un domingo, 1971, de Ignacio Cárdenas Acuña).

He tratado de responder la pregunta sobre la contribución que hizo la literatura de los sesenta a la “dignificación del sujeto lector” dando por descontado que el solo hecho de enriquecer nuestro patrimonio cultural –la tarea del escritor— y de ponerlo al alcance de todos -la tarea de las institucionales culturales— es el mejor modo de contribuir al desarrollo y la autoestima de sus destinatarios. Pero hay que tener muy claro que la literatura no solo desempeña una función cognoscitiva –como la que suele predominar en la novela realista, por ejemplo-, sino también una función recreativa, dentro de la que puede incluirse una dimensión espiritual que consiste, simplemente, en la posibilidad de soñar que uno es otro, alguien capaz de salir de sí mismo, por el laberinto de la lectura, para vivir otras vidas distintas de la suya. Basta tener un libro en las manos y concentrarse en la lectura para abolir las leyes del tiempo y el espacio, para trasladarnos al más remoto pasado o a la más remota geografía, o, como decía Quevedo, para conversar con los difuntos, estableciendo con ellos, en silencio, un diálogo tan vivo que las voces casi se puedan oír.

La segunda parte de la pregunta, sobre cómo caracterizar la nueva dignidad que adquiría el oficio de escritor en la Revolución, creo que podría responderla con una sola palabra: como una dignidad revolucionaria.

¿Con cuánta claridad las políticas revolucionarias delinearon un trabajo editorial que acogiera y visibilizara la diversa producción literaria de la Isla y del mundo como parte de ese imaginario que el pueblo cubano necesitaba apropiarse para mejor aprehender su realidad?

Es evidente que la generación que ascendió al poder en 1959 tenía clara conciencia de que existía un vacío en el terreno de la cultura literaria que ya había creado tensiones al establecerse la República. Ese vacío era la ausencia de una Imprenta Nacional. Y es evidente porque ya a principios del 59 se decreta su creación y a principios del 60 se establece realmente y empieza a funcionar. Como todos sabemos, la primera obra que publica la Imprenta Nacional es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que aparece en cuatro tomos al precio de 25 centavos cada uno. La tirada fue de cien mil ejemplares. La simple frase “Todo el Quijote a peso”  bastaría para resumir lo que la Imprenta significó como símbolo de lo que sería el movimiento editorial cubano en los años siguientes. Como dijo Fidel cuando presentó el primer tomo, durante una de sus comparecencias en la televisión, ahora hasta el ciudadano más pobre podía tener una fortuna en sus manos: la fortuna que los escritores habían ido dejando siglo tras siglo como herencia cultural de la humanidad. Nuestros lectores podían tomar posesión de ella por unos pocos centavos. Y muy pronto veríamos que nada quedaría fuera de su alcance, porque al crearse el sistema editorial cubano –después de la Imprenta Nacional, la Editorial Nacional y su sucesor, el Instituto Cubano del Libro; y las editoriales de la Casa de las Américas, para las obras latinoamericanas, y la de la UNEAC, para los autores cubanos vivos— la producción de conjunto acabó incluyendo toda la literatura mundial y, naturalmente, la cubana de todos los géneros y épocas. Así que en un plazo más o menos breve tuvimos acceso, a precios irrisorios, a un fondo editorial que iba de Homero a Joyce, Proust y Kafka, de Machado de Assís y Jorge Isaacs a Horacio Quiroga, Juan Rulfo,  Borges y García Márquez, de Darío a Vallejo y Neruda, de Cecilia Valdés a Mi tío el empleado, de Las honradas a Generales y doctores y los textos de  los más jóvenes escritores cubanos (la literatura africana demoró algo más en llegar, aunque ya en 1968 el joven folclorista Rogelio Martínez Furé publicó un volumen antológico, Poesía anónima africana. Por cierto, no mucho después se publicarían la primera versión al español, hecha por José Rodríguez Feo, de El bebedor de vino de palma, del nigeriano Amos Tutola, y dos novelas de  Ousmane Sembene.

Aprovecho para añadir que antes de 1959 todos los autores cubanos tenían que sufragar de sus bolsillos –de sus magros bolsillos—la edición de sus libros. Ustedes dicen que la Revolución contribuyó a visibilizar la producción nacional. Pues sí, a los efectos públicos nuestros autores eran prácticamente invisibles. Es más, algunos de nuestros textos clásicos  nunca fueron publicados en Cuba antes de 1959: ni La luna nona, de Novás Calvo, ni Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, ni El reino de este mundo o Los pasos perdidos, de Carpentier, ni Jardín, de Dulce María Loynaz, ni Cuentos fríos, de Virgilio Piñera… ¿Qué les parece? Tampoco Martí, el Apóstol, de Mañach, fue publicado nunca aquí, aunque por suerte no era difícil encontrarlo en librerías, en la edición argentina de la Colección Austral.

¿Cómo han respondido las nuevas hornadas de creadores a la búsqueda de autenticidad que ha caracterizado nuestra tradición creativa, en un devenir como nación siempre tan accidentado, donde no han faltado los peligros de todo tipo?

Hay dos modos de entender el sentido de esa búsqueda, la búsqueda de autenticidad, según se vea como una búsqueda solitaria, la de nuestra propia voz individual, la de nuestros demonios personales, o como una búsqueda compartida, la de esa misma voz pero reconociéndola como parte de un coro, el de la tradición literaria, en la que ciertos autores han dejado una huella que nos gustaría seguir y explorar y profundizar. Esas voces-guías pueden ser nacionales o no, y en este último caso la búsqueda  consistiría en hallar el tono y el contexto que nos permita insertarla en nuestra propia tradición, para enriquecerla y dilatarla, tanto temática como estilísticamente. Dicho esto –lo que entiendo por búsqueda de la autenticidad en el terreno de la literatura—paso a confesar mi incapacidad para responder la pregunta. Son tantas las propuestas que han traído los jóvenes narradores –aunque no sé si pueda decirse lo mismo de su diversidad—y tan poco el tiempo de que he dispuesto para familiarizarme con ellas—que prefiero abstenerme de opinar. Por suerte, opiniones recientes y más autorizadas que la mía no faltan: la de los colaboradores de El Cuentero, la de Haydée Arango, la de Caridad Tamayo… Tengo la impresión de que el ensayo-crítico, en general, y el de los jóvenes críticos, en particular, está viviendo uno de sus mejores momentos.

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