Selección de cuento

¡Nosotros solos!

(Sinfonía en acero)

Brillaba el sol y el viento dormía…

La tarde anterior el vagón de reparaciones había llegado para recomponer la vía en dirección a Omaha, y aprovechando que estábamos en tiempo muerto, el capataz pidió permiso para situarlo en el chucho que tenía en La Francia el transbordador de la caña y de esa manera no tener que retroceder hasta Mir, a seis kilómetros del trabajo.

Bien temprano, los guerreros del trabajo, con los picos y las mandarrias al hombro, emprendieron la caminata y poco después se encontraban doblados sobre el fulgor de los raíles colocando polines.

Fue en este momento en que los contemplé por primera vez. Era un enjambre de hombres poderosos. Representación de varios pueblos y un solo vigor. Entre la treintena muchos eran gallegos de ojos azules y pelo rubio; pero había también algunos que revelaban ser levantinos a juzgar por la tiniebla de los ojos y la noche tempestuosa de la cabellera; y mezclado con los mármoles sucios de los obreros blancos, como alegorías de un monumento, aquí y allá, se veía el torso broncíneo de algún que otro negro o mulato desafiando impasible los rayos del sol, al aire la musculatura sudada y magnífica.

Todos jadeaban a compás y desde cierta distancia parecía como que una locomotora arrastraba penosamente un largo convoy.

El trabajo en las líneas es tremendo. Se necesita para él hombres resistentes y vigorosos, capaces de realizar grandes esfuerzos musculares y de mantenerse en violentas posiciones, bajo la rabia del sol, horas enteras.

Todos los de la cuadrilla eran hombres hechos para esta ruda tarea. Casi todos en la plenitud de la vida, respiraban como bueyes y comían como toros. En sus manos cuadradas, la mandarria de veinticinco libras era tan sólo un juguete que volteaban a su antojo. Tenían los brazos y las muñecas como troncos de árboles jóvenes. Cualquiera de ellos hubiera podido ser luchador en Grecia, gladiador en Roma o pugilista en Norteamérica. Y en medio de todos se destacaba un coloso: el capataz.

El capataz era un Hércules que llevaba la cabeza rudamente sustentada sobre los hombros ciclópeos, los que quedaban más altos que las testas rebeldes de cualquiera de sus trabajadores. Parecía un bisonte entre un rebaño de toros.

Era demasiado conocido por los alrededores para que yo no tuviese ya noticias de él; es más, de tan viva manera había oído hablar sobre sus características extraordinariamente desarrolladas, que ya tenía un concepto perfectamente delineado sobre el mismo y que, después, en los dos días escasos que paró la cuadrilla frente a nosotros, vi confirmado en todas sus partes. En tan breve tiempo pude comprobar la leyenda de su fuerza extraordinaria y de su crueldad repugnante. Vi, por ejemplo, en la mañana del primer día, cómo levantaba del suelo un enorme polín de júcaro y lo llevaba en los brazos un buen trecho como si fuera un niño pequeño; y al mediodía, mientras almorzaba en la fondita del batey, lleno de impotencia y de rabia, vi cómo desbarató de una sola patada, con asquerosa tranquilidad, la boca de un grande y noble perro negro que comía en mis manos con delicadezas de novia y que quiso tener el atrevimiento de llegar hasta su mesa para agradecerle un pedazo de carne… ¡Pobre León!

Era un hombre odioso, pero al mismo tiempo era un hombre temido. Parecía estar siempre dispuesto a la violencia; no sé qué borrosas historias ennegrecían su pasado, y esto, unido a su gigantesca figura y a la maligna expresión de su semblante, le daba un aspecto terrible e imponente. Los trabajadores temían sus furores más que a las luces de las madrugadas, y cuando daba un grito, se enderezaban como resortes y temblaban como potros asustados.

La tarde terminaba. El sol, como un héroe de La Ilíada, moría, lleno de vida, en el ocaso. Lentamente, diseminada y en silencio, la cuadrilla retornó al vagón de reparaciones.

Allí, sin lavarse, esperaron los trabajadores el caldo aquel en que los granos de garbanzos sobrenadaban con aspecto de náufragos hinchados, y cuando estuvo listo se lo tomaron haciendo más ruido que cuando trabajaban, pero sin llevar el compás.

Después, a la hora en que ya el sol no era más que un recuerdo de luz en el espacio, empezaron a brillar las chispas de algunos cigarros y a escucharse ¡como allá lejos! unos cantos pequeñitos, lentos y preñados de recuerdos ausentes. Un poco después dejaron de escucharse las canciones y todos en el vagón comenzaron a prepararse para dormir.

Miguel, el meridional de cuarenta años, nuevo en la cuadrilla, de pelo crespo y brazos y muñecas como troncos de árboles jóvenes, sin saber lo que hacía, al encontrar, en el sitio en que por la mañana había puesto su hamaca, otra colgada, la desamarró y sin más interés la puso debajo de la suya. Era la del capataz.

Hacia medianoche algunos lo sintieron llegar. Venía de dejar en Omaha hasta el último centavo en las manos del dueño del café, hombre casi tan repulsivo como él. Tropezar con este gigante encolerizado era lo mismo que dar contra un torpedo.

En el estrecho recinto del carro, y a la indecisa luz del farol que colgaba del techo, su talla gigantesca, con aquellos pasos enormes que hacían saltar su sombra, el capataz personificaba la imagen de un sueño monstruoso. Empezaron a parpadear los ojos de los obreros como los de un niño que miente, como castañetean los dientes cuando hay frío.

Bien porque hubiera bebido algo, bien porque le sorprendiera el atrevimiento del hombre, quedó un rato sin saber qué hacer, o mejor dicho, sin saber cómo dar comienzo a la violencia y al insulto.

Pero de pronto soltó una bestial interjección, que en el silencio de la noche resonó en el carro igual que el primer trueno de una tempestad imprevista, y todos los trabajadores saltaron de las hamacas llenos de pavor.

Por cada excusa serena de Miguel respondía el capataz con un insulto amenazador y humillante, y sucedió lo natural.

Una escena impresionante de película tuvo lugar entonces.

El gigante hizo presa en Miguel por el cuello y lo lanzó contra el suelo. El obrero se puso de pie, instantáneo, y con toda la furia que hay siempre en el pecho de un hombre valiente se abalanzó inútilmente contra el coloso, que, arrojándolo una vez más contra el piso, le plantó una rodilla sobre el tórax agitado… Crujió el pecho como el costillaje de un buque en la tormenta, y levantando entonces el puño enorme iba a descargarlo sobre el cráneo del vencido, cuando notó que la luz había huido de sus ojos, que estaba flojo, que no peleaba… Tuvo miedo, se puso en pie, ¡y era mucho más grande que antes!

Los trabajadores los rodeaban, descoloridos e inmóviles, como las velas apagadas de un altar.

La cólera del vencedor fue decreciendo como una tempestad que se aleja. Miguel dormía un sueño profundo. Como fantasmas se fueron acostando los hombres. La llama del farol tembló por última vez.

La noche reinaba. En su lecho de sombras reposaba el silencio.

Brillaba el sol y el viento dormía…

Por la mañana la cuadrilla que repasaba la vía en dirección contraria se ha encontrado con la que iba hacia Omaha, muy cerca de Coloradas, y ha habido un momento de descanso. Durante él los obreros se han enterado del atropello brutal ocurrido la noche anterior. Entre los trabajadores ha surgido un movimiento de funesta venganza, pero el propio Miguel lo ha contenido con una sonrisa atroz: —¡Nosotros solos! —ha dicho.

Toda la cuadrilla está otra vez doblada sobre el fulgor de los raíles colocando polines, jadeando acompasadamente.

Hay que empatar dos tramos. El capataz quiere rematar el trabajo; coge una tajadera reluciente y sujetándola sobre el carril con las manos rudas, llama a un obrero para iniciar el trabajo que pone punto final a las obras de reparación. Un hombre poderoso, hecho a hachazos, se ha acercado con la mandarria al hombro, pero un joven en quien ya apuntan rasgos hercúleos se la ha arrebatado y con ella traza un vertiginoso enlazamiento en el aire como para demostrar lo que son sus brazos.

A varios pasos de distancia está Miguel todo erguido y en sus pupilas negrísimas hay un punto fulgurante, como si sus ojos fueran el compendio de una noche uniestelar.

El joven lo ve, y él lo mira, y se sonríen espantosamente¼

La mandarria cae con una fuerza rara, extraña, y el capataz está arrodillado ante el joven como en un acto de contrición…

Ya el carril muestra una herida brillante. La mandarria cae con la fuerza y la velocidad de un martinete hidráulico, pero en las manos del capataz la tajadera apenas vibra… Parece como el remate del eje de la Tierra…

La cuadrilla ha parado de trabajar. Hay en el aire una sinfonía en acero que no conoció Wagner…

Después… después… Yo no quisiera recordar con tan honda evocación presente, cada vez que veo a un hombre arrodillado ante el carril con la tajadera entre las manos mientras otro golpea con la mandarria, aquella sensación de horror, de cosa desbaratada, aquel olor sangriento… Y quisiera olvidarme también de aquellos dos hombres que se fueron, serios y satisfechos, sin que nadie intentara ni detenerlos. ¡Serios y satisfechos!… Que se pararon a la orilla del monte denso y se quedaron allí inmóviles hasta que el monte se los fue tragando, poco a poco… poco a poco…

 

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