El empeño útil

Madeleine Sautié Rodríguez • La Habana, Cuba

De aquella triste manifestación popular que fue el entierro del poeta y revolucionario Rubén Martínez Villena (1899-1934) se cumplen este enero 80 años. La Sociedad de Torcedores de La Habana, ubicada en el pueblo de San Antonio de los Baños, fue el escenario del velorio en el que no hubo “apetecidas tazas de chocolate” ni se recitaron “frases del pésame vulgar”. Su cadáver envuelto en la roja bandera del Partido Comunista y la Internacional estremecedora entonada por la conmovida multitud mucho distaron del acontecimiento que describió en su “Canción del sainete póstumo”, cuando en vano imaginó que su partida de este mundo sería un común suceso que solo podrían lamentar sus familiares y amigos.

No fue casual que ante la muerte del joven luchador una gran masa de obreros y amigos lo acompañara con los ojos húmedos, la garganta anudada y el puño en alto. Rubén había puesto su vida a disposición de la lucha por un mundo sin injusticias ni fealdades y estuvo siempre en primera fila para conseguirlo cuando hacerlo era demasiado riesgoso. Su ejemplaridad sin manchas y el convencimiento de haber perdido en plena juventud a un líder excepcional fueron las razones por las que costaba tanto aceptar el adiós definitivo de aquel que con tanto acierto combinó versos y acciones. 

Imagen: La Jiribilla

No se equivocó el general Máximo Gómez cuando al conocer a Rubén en uno de sus frecuentes viajes a La Habana y descubrir en la clarísima mirada del niño la furtiva verdad de su futuro, le auguró: “Tu vida tendrá luz plena de mediodía”. Tal vez pudo ver el mambí en aquella mirada que le resultó inteligente, la pueril sensibilidad que escapó en sus primeras manifestaciones hacia la necesidad urgentísima del poema.

El pequeño, que descollara después como uno de los más grandes revolucionarios cubanos de su generación, tuvo en la bandera cubana su primera inspiración. También por aquella época, cuando fue nombrado su padre Superintendente General de Escuelas de La Habana —al presenciar la visita constante de maestros a la casa para felicitar a Don Luciano— compuso una cuarteta que refería el suceso. Los indicios estaban ahí, en su infancia, condicionados por propicias circunstancias familiares y genéticas. De su madre, Dolores Villena, heredaría la ternura, la simpatía, la modestia y esa dulce nobleza que lo hacía un ser particularmente generoso. Del padre, en cambio, la disciplina estricta, la energía vital, el empeño pertinaz que hibridando con una agudísima inteligencia “nacieron” al Rubén interior dotado de una auténtica inclinación hacia las causas nobles, de una fuerza única que vertería en su profundo amor a la humanidad.

Era Rubén un adolescente cuando fue nombrado maestro auxiliar en el Instituto San Manuel y San Francisco que estaba incorporado a las escuelas que mantenía la Sociedad Económica Amigos del País, del cual su padre era director. Allí alfabetizó a 21 niños. Con ello honraba a su maestro Luis Padró Rodríguez, modelo de pedagogo que le inspirara después la creación de su primer artículo periodístico, en cuyos argumentos define: “Ser maestro es un modo de hacer patria, y esta es de fijo, la mayor grandeza”.

Fue aquel también el sitio oportuno para beberse la historia de nuestra independencia y degustar la epopeya mambisa cuyos héroes posarían después por su poesía en sonetos enardecidos como “El rescate de Sanguily” o “San Pedro”, donde refiere con exquisito verbo lírico la sonada proeza de Agramonte o la escalofriante caída del Titán de Bronce.

Matricularía entonces en la escuela de Derecho de la Universidad de La Habana, en 1916 por petición de su madre. Por este tiempo se le ha revelado el enigma de la poesía que si bien lo había abordado desde la niñez ahora se le ofrecía con nuevas sacudidas. Sorprendido por esa posesión de las formas el adolescente escribe en las pizarras de las aulas cada día versos, epigramas, y gana entre sus amigos el sobrenombre de “el Poeta”. Aparecen entre sus primeros versos conocidos las décimas “Peñas Arriba”, donde está ya está esa ansiedad inquietante que lo caracterizará desde entonces: “Porque mi ser necesita / para seguir su camino / algún cambio en mi destino / bajo el que llora y se agita. / Una pasión infinita/ algo que acabe mi duelo, / y que cumpliendo mi anhelo /al abatir mi amargura / me deje el alma tan pura / como un pedazo de cielo.”

Pronto encontrará Rubén ese hallazgo que ha reclamado. La propia realidad de su patria, plegada de gobiernos corruptos a los que nada les importaba la justicia social, no le es en absoluto indiferente. La rebeldía interior contra esas vilezas lo conducirá a esa exaltación imperecedera que ya no lo abandonará.

Por esta época trabaja como secretario de don Fernando Ortiz. Tal se desborda su inteligencia que es el prologuista de un libro que titula En la tribuna en el que se recogen los discursos del eminente sabio. Sin dedicar el tiempo necesario a sus estudios y cumpliendo con su carrera más como un compromiso familiar que con una vocación inexistente se gradúa de abogado con notas de sobresaliente. Todas las condiciones estaban creadas para que el joven se instalara en un puesto donde podría ejercer su carrera de Derecho Civil y Público, solo que estos conocimientos los usará, siendo fiel a su conciencia, para defender a revolucionarios y hacer valer la justicia.  

La Protesta de los Trece sería la escalada primicial de su vida política cuando en plena Academia de Ciencias de La Habana acontecería el singular hecho que reconoce la historia revolucionaria con este nombre: un grupo de jóvenes con Rubén al frente desenmascararían el sucio negocio de compra venta que con el convento de Santa Clara había ejecutado un funcionario, el Secretario de Justicia, al calor del Gobierno de Alfredo Zayas y protestarían en la propia cara del máximo responsable.

Por tal osadía Villena guardaría prisión pocos días después, acusado de injurias cuando en verdad había denunciado grandísimas y tristes verdades. Será esta circunstancia ideal para estrenarse el joven abogado en el ejercicio de su profesión y asumir propiamente su defensa; será fecundo también este sitio para inspirar aquel texto poético, el “Mensaje lírico civil”, que abordando un tema tal no pudo despojarse de su lirismo, que siendo funcionalmente una epístola dirigida a un amigo (el poeta peruano José Torres Vidaurre) no dejaba de ser notorio, además de por las muchas desfachateces puestas al trasluz, también por la austera petición que emana de esas líneas, la necesaria “carga para matar bribones” con la que podrían los oprimidos finalmente “acabar la obra de las revoluciones”.

A partir de esa irrupción con que se inicia la vida combativa de Rubén, empezarán a llover ininterrumpidamente los hechos que engrosan su misión. Redacta la exposición de la Falange de Acción Cubana, asociación que pretendía criticar los métodos corrompidos del gobierno de turno, abogaría por el saneamiento de los procedimientos públicos y por la elevación del nivel cultural y escolar de las masas. El movimiento se ha solidificado en la Asociación de Veteranos y Patriotas y desde allí defiende su criterio insurreccional para combatir el régimen. Más tarde, en 1927, confeccionará el manifiesto del Grupo Minorista formado por intelectuales que reclaman medidas muy significativas para la realidad cubana.

Despliega entonces una labor insigne en la propaganda. Lo mismo pronuncia un discurso que redacta una proclama para la prensa, escribe un artículo político mordaz o colabora para realizar actividades subversivas. Su disposición es asombrosamente jubilosa. No habrá tarea que no esté dispuesto a asumir. Haciendo falta un aviador que bombardeara los objetivos militares de La Habana, un experto, hábil en la materia, no lo piensa dos veces Rubén para ofrecerse en semejante aventura sin siquiera haberse subido jamás a un aeroplano. Para ello partiría hacia EE.UU. donde sería el entrenamiento suyo y de otro compañero, su amigo y hermano de lucha José A. Fernández de Castro. Ya en un brevísimo tiempo estaría ejecutando la tarea que les había sido encomendada. Arbitrariedades impiden la ejecución de la misión. Fueron aprisionados ambos revolucionarios. Solo por esa razón no fue Rubén el protagonista de tamaña empresa.

Después de absueltos trabaja Rubén en Tampa, lavando botellas en una fábrica de cervezas, para con este dinero costear su pasaje y regresar a Cuba. El escenario que contempló al codearse con los obreros le permitió vivir muy de cerca la explotación del hombre por el hombre. Su espíritu se fragua más aún. So odio por la injusticia se afianza.

Está de vuelta y tiene que trabajar. El movimiento de Veteranos y Patriotas se ha desmoronado pero hallará otros espacios donde verter sus nobles afanes. Había hecho crítica política y literaria. Había escrito encendidos versos porque era poeta de pura cepa aunque circunstancialmente expresara que los destrozaba, que los olvidaba, que les importaban tanto como a la mayoría de los escritores les importaba la justicia social.

Estaba preparado para asumir cargos intelectualmente importantes. Es entonces editorialista en El Heraldo y en poco menos de un mes es llamado para desempeñar esta misma responsabilidad en otra publicación, ahora en La Nación. Pero Rubén se ha negado porque aceptarlo significaba “envilecer mi conciencia y someter mi pensamiento” y por esta razón rechaza la bien pagada oferta y asume modesta y dignamente, el puesto de corrector de pruebas.

No obstante en otras publicaciones continúa desplegando una prosa —de carácter político. Su leitmotiv sería lograr la liberación del proletariado. Escribe artículos en periódicos, en revistas antiimperialistas y en la prensa del movimiento obrero.

Conocer a Mella es trascendental en su vida, no solo por la entrañable amistad que los une sino por la ideología que comparten y por la cual están dispuestos a ofrecer su vida, como en efecto hacen. Dueño ya de una recia madurez comunista funda junto a aquel la Universidad Popular José Martí, y la Liga Antiimperialista de Cuba. Heroicos y generosos actos de lealtad unen a estos jóvenes y la historia los recoge. El penoso epíteto “Asno con Garras” que ganara Machado de boca de Rubén se había generado en el calor de una discusión que sostuvo con el dictador mientras defendía a Julio Antonio de las ofensas que le profería aquel. Los desvelos con que procedió Rubén demandando al gobierno la inmediata excarcelación de Mella, quien protagonizaba su épica huelga de hambre fueron muchos y muy sentidos. A raíz de esta osadía que llevó a cabo junto con otros dos revolucionarios, Mella fue puesto en libertad.

Entonces su verbo fluye como nunca antes en la Sociedad de Torcedores de La Habana, o en el Sindicato de motoristas y conductores de La Habana o en la Federación Obrera de Bahía de La Habana. Esto condiciona un contacto aún más estrecho con los obreros.

Y en plena efervescencia de su ser, mientras experimenta con gustoso entusiasmo el desenvolvimiento más fiel a su yo, un indicador aciago anuncia la persistente dolencia de Rubén. Ya en su memorable sainete se había adelantado con singular acierto: “Yo moriré prosaicamente de cualquier cosa:/ (¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)”.

Sufre en mayo de 1927 una congestión pulmonar aguda. Lo remite Gustavo Aldereguía, amigo y médico suyo, para la Quinta de Dependientes. Y va pero no se interna en el hospital únicamente para recuperarse, desde allí solicita su ingreso al Partido Comunista de Cuba y al respecto de este trance en su vida ha referido: “No haré un verso más como esos que he hecho hasta ahora. Ya no siento mi tragedia personal. Yo ahora no me pertenezco. Yo ahora soy de ellos y de mi partido.” Pero solo estaba asegurando que no escribiría versos. Escribiría, en cambio, con el idioma de la acción la poesía necesaria de los que tocando fondo estaban rimando la construcción de otro futuro. Y desde su lecho de enfermo siguió redactando artículos, manifiestos, propaganda, haciendo que su palabra bella y certera llegara a los de menos nivel intelectual, a la clase obrera.

Después de superada la crisis continúa dando rienda a sus útiles anhelos. Dirige la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC) y allí asiste a los trabajadores usando como vía fundamental el diálogo hombre a hombre. Más que un asesor es un orientador político. Es brillante su actuación como aglutinador de los gremios y sindicatos obreros.

Y desde esos horizontes echa el dirigente un singular vistazo a la juventud y comprende que tiene un importante papel que jugar, sobre todo la juventud obrera. Es necesario preparar el relevo de ese proletariado naciente. Entonces se propone unificarla. Se fundan las Juventudes Culturales y Deportivas Obreras. Rubén dirigió el periódico Juventud Obrera que divulgaba las actividades de la futura liga Juvenil Comunista.

Organiza y dirige la huelga del 20 de marzo de 1930 que hubo de durar 24 horas, a pesar de que el tirano había alardeado que en su gobierno ninguna huelga sobrepasaría el cuarto de hora. Pálido, tembloroso y con fiebre de 39 grados subió a la tribuna del Centro Obrero de La Habana. Desoyendo a su padre, profundamente preocupado por la salud quebrada de su hijo, llegó Rubén y pronunció una de los más ardientes discursos: “Decían que no habría huelga y hay huelga. Decían que yo no hablaría y estoy hablando…”.  Machado condenó a muerte a Rubén. Circuló su nombre a todos los puestos militares del país. La manifestación fue un éxito político como lo sería la de agosto tres años después que derrocaría al “Asno” y que con sus escasas y casi últimas fuerzas también encabezaría. Rubén parte en un pésimo estado de salud hacia Nueva York.

Pero su vida se aniquilaba. Fue enviado a la URSS a un sanatorio del Cáucaso. Arribó primero a Moscú, donde llegó a creer que moriría por no poder siquiera soportar el viaje hasta el hospital. Desde allí le escribe a su esposa Asela Jiménez. “Dile a mis compañeros, Chela mía, que mi último dolor no es dejar la vida sino dejarla de modo tan inútil para la Revolución y el partido. ¡Cuánta envidia siento por mi situación de los últimos días de marzo! ¡Qué bueno, qué dulce debe ser morir asesinado por la burguesía! Se sufre menos, se acaba más pronto, ¡se es útil a la agitación revolucionaria!”.

Aprovecha una inesperada mejoría para trabajar en la Sección Latinoamericana del Comintern, en Moscú. En 1932 con el diagnóstico mortal de su enfermedad —tuberculosis— decide regresar a su patria.

En 1933, en Nueva York se reúne con los emigrados cubanos y el partido comunista de EE.UU. Desde allí retorna a su prosa que ve la luz en distintas publicaciones revolucionarias. Está consciente de su brevísimo tiempo y solo con el fin de derrocar a Machado, vuelve a Cuba.

Todavía habla, ya con un pulmón de menos y el otro prácticamente destrozado, apenas sin poder proyectar la voz al público, cuando se reciben el 29 de septiembre del 33 las cenizas de Mella procedentes de México.

Mientras su cuerpo está próximo a expirar, su pensamiento se debate en el curso del congreso que se estaba efectuando a la par de sus últimas horas. Se trataba del 4º Congreso Obrero de Unidad Sindical cuyo temario había redactado Rubén sacando energías de dónde casi no podía hallarlas. Aldereguía, su médico, era uno de los delegados, y al regresar del evento, justo a donde agonizaba el incansable, hubo de responderle a la pregunta solicitada: —“¿Cómo iba el congreso cuando regresaste?”.

La reacción a la respuesta ofrecida, que calificaba de victoriosa la culminación de la jornada fue un chispazo de júbilo emanado de sus ojos. Poco después se apagaba una vida en consonancia perfecta con el útil anhelo ya cumplido.

Lo ocurrido después ya lo hemos referido. La pupila de Rubén, renuente al sueño eterno, baña de luz a cuantos se asoman a su vida. 

Si bien es cierto que no es la calidad indiscutible de su obra literaria la primera y más genuina razón de su inmortalidad, sino su brevísima y útil vida puesta al servicio de la justicia social, no debemos por ello separar ambos brillos. A fin de cuentas la condición de poeta enaltece y fecunda. Serlo fue para él fortaleza y divisa. Por ello dio de sí mucho más de lo que como simple hombre hubiera podido ofrecer.

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