Rubén Martínez Villena, hombre-poeta

Cira Romero • La Habana, Cuba
De espaldas a la opinión vulgar; mirando más allá
de los límites corrientes, resuelto el gesto y firme;
la barba hacia adelante, cortando como quilla que
taja el mar encrespado o plomizo, todo nervio y
espíritu, como lo sorprendió el lápiz genial de
Blanco, aparece ante sus amigos, cada vez más
numerosos y decididos,  Rubén Martínez Villena,
hombre-poeta. Un visitante extranjero, inspirado
de sutil perspicacia, lo situó hace tiempo al frente
de la juventud pensante de Cuba. E hizo bien.
R. M. V. es el único a quien casi no se discute en
nuestro mundillo literario.
 
José Antonio Fernández de Castro, Barraca de feria, 1933

 

De “caso en verdad excepcional” juzgó Roberto Fernández Retamar la obra literaria y la actuación pública de Martínez Villena. Cintio Vitier afirmaba en 1952 que en su creación “encontramos versos de una agudeza lírica y metafísica tan actual en su sensación tensa de imposible como el hermoso soneto ‘Insuficiencia de la escala y el iris’, pero también las ardientes, directas, henchidas estrofas de ‘El gigante’, hermanas legítimas, por la inflexión y el fuego, de los Versos libres de José Martí”. Y en 1958, en Lo cubano en la poesía, remataba su apreciación anterior: “Hermoso y fúlgido joven, de arrebatado destino, a quien siempre recordamos con cariño y respeto”. Por su parte Virgilio Piñera afirmaba en 1961 que su cuento “El automóvil” “se emparienta con grandes narraciones como ‘El Supermacho’ (Jarry), ‘El Heresiarca y Cía’ (Apollinare), con Alphonse Allais, con Xavier Forneret y también con Villiers de I’sle Adam, y, por qué no, con Poe”. Tal consenso crítico, al que pueden sumarse las opiniones afirmativas de Nicolás Guillén, Juan Marinello, José Antonio Portuondo, Ángel Augier y Pablo Armando Fernández, entre otros, subraya, si acaso fuera necesario reiterarlo, la valía literaria de quien advirtió en su “Mensaje lírico civil”: “nuestra Cuba, bien sabes cuán propicia a la caza / de naciones, y cómo soporta la amenaza / permanente del Norte que su ambición incuba:/ la Florida es un índice que señala hacia Cuba. / Tenemos el destino en nuestras propias manos/ y es lo triste que somos nosotros, los cubanos, / quienes conseguimos la probable desgracia, / adulterando, infames, la noble Democracia, / viviendo entre inquietudes de Caribdis y Scila, / e ignorando el peligro del Norte que vigila”.

Imagen: La Jiribilla

La trayectoria lírica de Rubén Martínez Villena, donde figuran textos capitales, además del citado, como “Insuficiencia de la escala y el iris” y “Defensa del miocardio inocente”, no tuvo culminación en libro alguno sino hasta dos años después de su muerte, en 1936, cuando, gracias a la iniciativa de Raúl Roa, se reunieron bajo el título de La pupila insomne,   tomado de uno de sus poemas  del año 1923:

Tengo el impulso torvo y el anhelo sagrado
De atisbar en la vida mis ensueños de muerto.
¡Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado!
(¡Ya dormiré mañana con el párpado abierto!).

En el poeta Martínez Villena coincidieron varias fuentes de influencia, tales como el modernismo y el romanticismo del mejor gusto, este último “despojado de tono menor”, como ha apuntado Virgilio López Lemus; y, más adelante en el tiempo, la influencia del arte de vanguardia, en un intento por romper con las estéticas precedentes. Asimismo, en el plano temático prevalecieron aquellos relacionados con la frustración y el desencanto, como se aprecia en “Peña arriba”, décima perteneciente a sus años de formación lírica, poseído de una amargura y tristeza incomparables:

Porque mi ser necesita,
para seguir su camino,
algún cambio en el destino
bajo el que llora y se agita.
Una pasión infinita,
algo que acabe mi duelo,
y que cumpliendo mi anhelo
al abatir mi amargura
¡me deje el alma tan pura
como un pedazo de cielo...!

  Una postura más cercana al vanguardismo, cediendo ya a la influencia modernista, aparece en composiciones como “Presagio de la burla final”, “Homenaje al monosílabo ilustre” y su muy difundida “Canción del sainete póstumo”, donde se posesionó de estrofas donde el tono de prosa aparece en esquivo desafío a la de carácter modernista:

Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa,
(¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)
y como buen cadáver descenderé a la fosa
envuelto en un sudario santo de compasión.

El tercer momento de su avance lírico —aproximadamente entre 1928 y 1934—  está marcado por su casi abandono de la poesía, decisión que abordó, casi a modo de testimonio, en su respuesta a una carta de Jorge Mañach, mediante una rotunda afirmación, por demás muy conocida: “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social”.

Imagen: La Jiribilla

Acaso menos conocida es la labor en prosa que desarrolló Martínez Villena,  expresada a través de no muchos ensayos y algunos artículos, entre ellos varios de crítica literaria. Los mayores influjos para estas manifestaciones los recibió de José Enrique Rodó, José Ingenieros y José Carlos Mariátegui; y en cuanto a la interpretación marxista de los acontecimientos históricos su enunciado más cabal se focaliza en “Cuba, factoría yanqui”, en cuyo “Preámbulo” declara que los artículos que lo integran:

más que culpar a los verdaderos responsables [... ] se dirigen a desenvolver el complejo proceso de nuestra absorción, a señalar sus fases, sus medios de ataque, los sectores que ha ido ocupando, a poner en descubierto, en suma, el juego del imperialismo capitalista contra Cuba.

Su crítica literaria, expresada generalmente en breves textos periodísticos, fue más dada a la impresión que al análisis exhaustivo, en trabajos generalmente dedicados a sus coetáneos: Regino Pedroso, José Zacarías Tallet, Agustín Acosta, Enrique Serpa y Regino E. Boti; aunque también escribió sobre los de mayor edad, como Manuel Sanguily y Fernando Ortiz. En todos dejó como común denominador, según ha hecho notar la crítica, el sabor de la simpatía hacia cada uno de los escogidos. Para mí, que pude conocer a Regino Pedroso, la “Semblanza crítica” que le dedica, a propósito de la aparición de su poema vanguardista “Salutación fraterna al taller mecánico”, me trae de nuevo la presencia de este hombre sencillo, del cual emanaba  una falsa apariencia de timorato. Dice Villena:

Quien observa al hombre atildado, pulcro, elegante, con la mirada, de asiática profundidad, atrincherada en los cristales, no supone fácilmente —bajo el indumento del dandy— la musculatura del obrero explotado en el tremendo trabajo sobre el hierro. Quien viera al trabajador en el taller resonante, doblado, sudoroso e imperativo sobre el recio material resistente, idéntico a tantos otros compañeros de labor, no sospecharía de fijo, bajo su traza noble y ruda, la maligna y sutil fiebre de belleza que enciende al artista.

En su aproximación advierte en Regino Pedroso al

artista de florentino refinamiento, narrador de bellas fantasías y amante como un primitivo de los símbolos, las supersticiones y las gemas [que] entrega hoy a su instrumento, ya sin secretos para el panida, su angustia de hombre de la época, el ritmo de su trabajo de herrero y la sorda cólera y vidente esperanza de su clase, hasta la cual llega hoy el llamado de la fatalidad histórica.

El artículo “Apunte sobre el ritmo poético”, dedicado a comentar Tres temas sobre la nueva poesía, de Regino E. Boti, aporta importantes elementos de valor teórico relacionados con el entonces debatido tema de la “liberación del verso”, lograda por el guantanamero al despojarse de metros y rima y reduciendo el ritmo, con lo cual el autor de Arabescos mentales llegó a la conclusión, según Villena, de que “la prosa también tiene ritmo. Ella está integrada por palabras, tal como el verso: por asociaciones o series de palabras con su propio valor rítmico, modificado, asimismo, por la acentuación y algún otro factor también común a la poesía...”. Análisis riguroso en defensa del metrolibrismo, no apuesta Martínez Villena, sin embargo, por “la arritmia poética o la poesía arrítmica. Despojar al verso del ritmo, señala, del ritmo poético, se entiende, no es liberarlo de nada, sino suprimirlo en sí, al suprimir su específica condición, su esencial carácter”.

Hombre de firme ideario político y estético, su vida, tronchada por la tuberculosis hace ahora 80 años, amén de quedar como ejemplo, permanece también como reclamo, porque hundido en la esencia misma del pueblo, es figura esencial de nuestra historia, una clave más en el decursar del tiempo revolucionario que se inició en octubre de 1868. Leer su obra y repasar su vida, “en donde se adivinan angustias y querellas”, para decirlo con verso de su “Sinfonía urbana”, representa buscar y encontrar en ambas la aspiración máxima de un ideario que defendió con la propia vida, quien a la muerte se entregó convencido de que:

Hace falta una carga para matar bribones,
para acabar la obra de las revoluciones.

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