Carlos Varela:

Una ciudad al desnudo

Analía Casado Medina • La Habana, Cuba

“Guillermo Tell”, “Graffiti de amor”, “Nubes”, “Monedas al aire”, son todas canciones que nos trasladan a sucesos de nuestras vidas, quizá por el indiscutible poder evocador de la música, acaso también por las poderosas imágenes que envuelven los versos, que cuentan de descalabros e historias comunes, que reconstruyen con esa capacidad de síntesis y emotividad que encierra el buen arte un rompecabezas nacional apenas explorado, pero sin dudas extensión y punto de giro de innumerables existencias.

Imagen: La Jiribilla

Firma estas composiciones, que conforman la banda sonora del devenir de un buen número de cubanos, un trovador que experimenta con melodías y ritmos alejados de la tradición trovadoresca nacional, pero cuyas piezas están íntimamente ligadas a ella, por aquello de ser crónica, de llamar la atención sobre fenómenos traspapelados, sobre verdades conocidas por todos pero por pocos enunciadas: Carlos Varela, cantautor que conoce de la importancia de la puesta en escena que deben acompañar las canciones, de los sentires de los públicos que corean sus temas, de las sensibilidades de una generación.

Contrario a lo que pudiera suponerse, son pocos y dispersos los textos que pormenorizan en la obra del creador o en la de otros hermanos de causa, dígase Santiago Feliú, Gerardo Alfonso o Frank Delgado, por solo esbozar una lista que pudiera tornarse interminable. Para transformar ausencias y desidias, para comenzar a remover silencios y olvidos, para estimular el estudio sobre esa generación de topos que tan bien definiera Joaquín Borges-Triana, sobre la  riquísima canción cubana, María Caridad Cumaná, Xenia Reloba y  Karen Dubinsky comienzan a soñar este título que propone hoy Ediciones La Memoria: Habáname: la ciudad musical de Carlos Varela.

Imagen: La Jiribilla

Investigaciones diversas, multidisciplinares, llegadas desde diferentes latitudes y desde también diferentes perspectivas, proponen en esta compilación las especialistas, quienes desde las notas introductorias aclaran, con Varela, “No es el fin”, porque estos textos son apenas una provocación, un pie, un punto de partida para propiciar el debate y el diálogo, tan necesarios a la Cuba contemporánea.

Una circunstancia sobre la que llaman la atención las investigadoras se hace interesante a la hora de seguir estos artículos: los autores cubanos, excepcionales analistas como María Caridad Cumaná, Xenia Reloba y Joaquín Borges-Triana, indagan sobre un grupo de canciones que forman parte sustancial de sus tiempos, de sus maneras de entender el mundo; en cambio, los análisis de los profesores, cantautores y musicólogos de América del Norte, Jackson Browne, Karen Dubinsky, Robin Moore, Robert Nasatir y Susan Thomas, encuentran en Varela una guía excelente para recorrer la historia de un país, de una ciudad.

Imagen: La Jiribilla

De ahí que este entretejido de miradas, que abarca, a la manera en que dijera Martí, la nube y el microbio, que se posiciona en la revisión rigurosa aunque emocionada, en el descubrimiento enjundioso, igualmente emocionado, bordee un contexto complejo, cruce una amplísima avalancha de información, desenrede relatos superpuestos y nos devuelva, después de tantos ires y venires, a un artista que, como sus contemporáneos, como los que vendrán después, intenta desmontar y comprender su realidad, acaso con la esperanza de un futuro mejor posible.

“No soy mago, soy poeta, hago lo que puedo”, aclara Varela, citado en el texto introductorio de esta entrega que incluye las letras de muchas de las canciones del trovador, como si una palabra que no dice nada y al mismo tiempo lo esconde todo, no fuera, muchas veces, el comienzo de una transformación impostergable. No hay puntos finales para esta reseña porque cada quien construirá desde su universo estos acercamientos. Y esperamos que esa síntesis, y su imprescindible socialización, nos enriquezcan.

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