“Me gusta sentirme libre y quedarme si quiero (…)”

Juan Gelman • Roma, Italia

Hace tres semanas que estoy con taquicardia —me escribe—, y no lo puedo impedir. No porque me sienta culpable (cristiana, estúpidamente culpable) sino porque estoy lejos y, sobre todo, porque la gravedad de lo que ocurre allí choca aquí con una pared de goma. Me agarran furias y tristezas imparables, y como resultado final esta taquicardia que no me deja ni me deja respirar.
“Perdona la solemnidad. Hace rato que no descargo. Me resulta muy difícil escribir para Buenos Aires. No sé si es autodefensa o ganas de eludir, no el dolor, sino decirlo. Sé que está mal y eso me da pesadillas de noche.
“Como ves, soy jodido para querer. La mayor parte del tiempo, me basta con hacerlo. Sé que no es suficiente. Somos muchos los que andamos con el cariño estropeado, pero hay que tener valor para sacarlo de adentro con estropeaduras y todo. Me parece ahora que es algo que hay que aprender, como tantas cosas en la vida. Nos moriremos aprendiendo, si queremos vivir distraídos del morir.”
Me parece estarlo viendo, a Juan, la mañana que me dejó sobre el escritorio un paquete envuelto en papel de diario y atado con piolines. Allí estaba toda su ropa y su mobiliario. Me dijo:
-Me tuve que mudar de casa. No sé adonde. Salgo a buscar. Cuidame las pertenencias.
Se dio vuelta con la mano en el picaporte y agregó:
-Pero antes, contame la historia de la gallina, que ando triste.
Era una historia de Paco Espínola. Juan se la sabía de memoria, pero igual se ahogaba de risa cada vez que yo la repetía. Paco había lavado el honor de la familia degollando a una gallina bataraza que lo había mandado a la puta madre que lo parió.
Desde lejos, ahora, le escribo una carta jodona.
Juan dice que le cuesta, pero él puede abrirse el pecho y convidar, si gustan: “Como el pan a la boca —supo escribir a una mujer—, como el agua a la tierra, ojalá yo te sirva para algo”, y supo pedirle: “Tus pies caminen en mis pies, tus pies. Estés en mí como está la madera en el palito”. Porque Juan, el poeta, quería que el cuerpo de ella fuera el único país donde lo derrotaban.

Imagen: La Jiribilla
 

Carta de Juan Gelman, desde Roma. Él era el secretario de redacción de la revista. Hacía tiempo que estaba condenado. Se tomó un avión; se salvó raspando.
 
Tomado del libro Días y noches de amor y de guerra, 1983

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