Rubén: Pablo, Roa, Conchita desde la memoria

Víctor Casaus • La Habana, Cuba

PABLO

Mecanógrafo de Mérito. Taquígrafo graduado. Decano de la Sociedad de Empleados del Bufete Giménez, Ortiz y Barceló, en comisión al servicio del doctor Fernando Ortiz.

 

HERMANA

Pablo comenzó a trabajar en el bufete. Ganaba 80 pesos mensuales, como secretario de Ortiz. Al entrar, sustituyó en ese trabajo a Rubén Martínez Villena.

ROA

Un día le pregunté: Pablo, ¿cómo tú conociste a Rubén? Y me dijo: Bueno, lo conocí una tarde en el bufete de Fernando Ortiz, en la azotea. Yo había subido como era mi costumbre, a hacer ejercicios de calistenia con los cuales me mantenía en forma como atleta. Era una tarde hermosa, con un crepúsculo lleno de tintes contradictorios y yo, después de haber hecho esta calistenia, respiraba, afanoso, el aire yodado del mar. De pronto, una mano, con suavidad de paloma, se me posó en el hombro, y me volví, y mis ojos negros se toparon con los ojos verdes de Rubén Martínez Villena.

—¿Tú eres Pablo, no? ¿Tú eres mi sustituto?

—Sí. ¿Y tú eres Martínez Villena, tú eres Rubén?

—Sí.

 Dícele: Oye, te voy a decir, Rubén, cuál es mi imagen del hombre perfecto. Dímela. El hombre perfecto es el que tiene mediana estatura. De aspecto frágil. De espíritu macizo. De imaginación esplendente. De corazón al galope. De sensibilidad exquisita. Así. Así como tú. ¿Como yo? Sí, como tú.

Imagen: La Jiribilla

PABLO

A Rubén Martínez Villena, ex versificador y actual poeta activo, lo conocí jugando a la pelota en la azotea del bufete. (Una vez entre él y yo les dimos los nueve ceros a otra novena, creo que formada por el doctor Carreras, Gener y Jerónimo Blanco.) Por entonces Rubén decía, junto con Julio Antonio Mella que murió de asesinato en México, cosas furibundas contra Alfredo Zayas...

ROA

Entonces Rubén le refirió a Pablo el último episodio político de su vida, que era el movimiento de veteranos y patriotas que él había encabezado. Dice Pablo que súbitamente se puso grave, se puso serio. Y cuando terminó, le dijo: Tú ves, Pablo, la experiencia demuestra que los viejos y los jóvenes no suelen avenirse, tienen ideales distintos, objetivos distintos, puntos de vista diferentes. Y eso me ocurrió a mí.

No cabe duda de que la juventud es la fuerza creadora de la vida y del mundo.

CONCHITA

Yo tenía entonces dieciséis años y pesaba 90 libras. Mi abuela estaba empeñada en que yo fuera maestra, y a mí no me gustaba. Efectivamente, me suspendieron las dos veces. Pero me puse a estudiar rápidamente mecanografía. Tenía que trabajar. Me dieron dos direcciones para buscar empleo. Una era en un almacén de víveres, donde fui primero y no me gustó mucho el ambiente. La segunda dirección era un bufete que estaba en San Ignacio no. 40, entre Obispo y Obrapía. Allí trabajaba Pablo como secretario de Ortiz.

Imagen: La Jiribilla

PABLO

Con el doctor Fernando Ortiz yo estoy aprendiendo muchísimas cosas que en absoluto me interesan, pero que a veces me hacen gracia, como por ejemplo, averiguar en una misma semana, y como él dice, todos los chismes de la Virgen de la Caridad del Cobre y del Barón de Humboldt. Por lo demás, y para que nunca se encuentren deficiencias en mi perfecta labor mecanográfica, yo tendré buen cuidado en evitar que él sepa cómo yo a veces me distraigo pensando alguna truculencia...

CONCHITA

Me decidí por el bufete. Era una casa antigua. Tú subías una escalera de mármol y había una recepción, con un buró viejo de madera. A mano izquierda, una mampara.

Llegué y miré y había un compañero sentado allí en el buró, con una cara muy agradable, diría yo que muy bonita, de ojos azules. No se me olvidará nunca esa cara: con un mechón, con un crespo caído aquí sobre la frente. Yo no sabía quién era. Dice: ¿Usted qué deseaba, compañera? Dígole: Yo soy Conchita Fernández. Estoy citada por el doctor Giménez Lanier para hoy por la mañana. Yo temerosa, muriéndome de miedo, porque me iban a poner a prueba para mi primer trabajo en el mundo. Entonces el compañero aquel se vira y grita: Pablo, aquí está Concha, que tú estabas esperando. Y entonces se abrió la mampara aquella que había allí, la abrió Pablo con los dos brazos y aquella figura atlética que tenía: ¡Al fin llegaste, Concha!

Y yo: Pablo, espérate, no me asustes, que yo estoy muy nerviosa. Él se viró para el compañero del buró y le dijo: Rubén, esta es Conchita Fernández. Es muy jovencita, pero necesita trabajar. Vamos a ver si se puede quedar aquí. Entramos a buscar al doctor Giménez Lanier, pero yo me quedé pensando: ¿Rubén? Y Pablo me dijo al poco rato: Conchita, ese es Rubén Martínez Villena.

PABLO

Y, desde luego, Rubén solo sabía de mí que tenía unas cuantas cosas locas detrás de las pupilas, un tumulto físico metido por entre los músculos jóvenes y una docena de dos de pecho que se negaban a salir por la garganta en otra forma que no fuera la de insoportables gritos de vendedor de periódicos... Y es claro, con tales datos, cuando un día, que llegó acabando de hacer «El héroe» y se lo presenté, le pareció, como a mí, muy bueno y atrevido...

PABLO: CARTA DE LEJOS

Era un hombre generoso. Particularmente conmigo. Siempre recuerdo que cada vez que leía un cuento mío me comparaba con algún famoso cuentista y así, fue ascendiendo en sus elogios hasta compararme con nombres que da vergüenza citar. Y es que sentía la necesidad de estimular. Cuando salió Batey, allá por los días de la huelga de marzo precisamente, las tres o cuatro veces que lo vi, llevaba el ejemplar que le había regalado y siempre me hablaba de algo que había leído, no me explico yo con qué tiempo, pues fueron aquellos días febriles para él.

ROA

Tenía por Rubén una admiración extraordinaria. Porque es que Rubén fue con él muy íntimo. Muy intimista. Porque le dijo cosas que eran muy personales de Rubén —Rubén no solía hablar de esas cosas—, como la muerte de la madre: él se amarraba un hilo fino de seda del puño de la madre al puño suyo, y dormía en una cama aledaña para estar atento a los movimientos de ella. Todas esas cosas que no se cuentan. Y Pablo consideraba que todo eso para él era un timbre de orgullo por la confianza que Rubén depositaba en él.

Imagen: La Jiribilla

CONCHITA

Estuve un tiempo de prueba, Pablo me ayudó y me quedé fija en el bufete. Vi a Rubén una o dos veces más en ese período, porque en ese momento ya se preparaba su viaje a la Unión Soviética para ingresar en un hospital en el Cáucaso, y comenzar a hacerse un tratamiento.

Después que Rubén se fue para la URSS, allí mismo en el bufete nos dimos a la tarea de preparar un baúl para enviarle chucherías y algunas cosas. Entre las cosas que tratamos de conseguir —costó bastante trabajo-, pudimos encontrar un abrigo negro para enviárselo. Porque hacía bastante frío donde él estaba.

Y ese es el abrigo con que aparece Rubén en esa foto que siempre se publica por ahí.

ROA

Es curioso lo de Pablo: cómo madura. Pablo conoce a Rubén en el año 25 y Pablo no se incorpora a la lucha revolucionaria de Cuba hasta el año 1930. Transcurren cuatro años y Pablo no se mete en nada: él es deportista, él es escritor, hace cuentos, escribe, qué sé yo, y no se mete en nada. Es curioso eso: cómo maduró, cómo creció, cómo se fermentó su espíritu revolucionario. Y la importancia de Rubén en todo ese proceso.

Por Rubén es que yo vengo a conocerlo. Se proyecta una entrevista en el bufete de Ortiz. Yo andaba por aquella época con un libro a pupilo bajo el sobaco. Ese libro era Batey. Pablo, el hombre de Batey: yo tenía interés en conocerlo.

HERMANA

Por esa época, segunda mitad del año 30, Pablo preparaba su boda.
 

Mensaje prenupcial anticatólico

(Al riente Torriente y a Tete riente)
 

«¡Atletas, en su marca! Listos. ¡Pum!» El magnesio

por esta vez no fotobarniza un adefesio:

es una real pareja de una mujer y un hombre

que respectivamente se merecen tal nombre.

Amigos: sin embargo

resulta bien amargo

suponer tan espléndida pareja

—pagana si no fuera tan «de ahora»—

ante un altar y un sayo de la vieja

iglesia fascistizadora.

Torriente:

verdaderamente

que no te he visto nunca en frac;

pero me parece que el traje de traela

y hasta la colchoneta —flus de foot ball,

o el traje, propio para gozar del mar y el sol,

¡qué demonio!

son más adecuados para el matrimonio.

Ir repellado por una pechera,

y, en la elegante vanidad del cuello,

ahorcado y seudosatisfecho,

es en verdad ilógica manera

de mantener cien metros el resuello

para romper la cinta con el pecho!*

                                        Rubén Martínez Villena

* Nota confidencial de un casado al precolega.

ROA

La entrevista se produjo por fin en el bufete de Ortiz. Eran los días febriles en que preparábamos la histórica tángana del 30 de septiembre. El abordaje mutuo fue efusivo, directo y, diría mejor, tremante. Le expuse rápidamente los trajines en que andábamos metidos. Y entonces Pablo, con ojos relampagueantes, me habló de Rubén.

Yo pensaba, le dije, invitarte a que te incorporaras a nuestra lucha, pero como veo que acabas de casarte me parece que va a ser imposible que le dediques tiempo completo.

Irrumpiendo violentamente, me respondió, tajante y definitivo: Considérame ya incorporado.

Y ni siquiera me dio tiempo a abrazarlo, porque a seguidas expresó: ¿Cuándo y dónde es la próxima reunión?

Había conocido a un hombre entero y verdadero. Y había anudado, también, la más limpia, alegre y honda amistad de mi vida.

 

Tomado del libro Pablo: Con el filo de la hoja, 1983

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