Claudio Abbado, música y militancia

Sobre el podio, la batuta firme y dúctil, comprometida con la creación y su destino. En la vida cotidiana, un hombre sencillo, de profundas convicciones políticas y humanas, generoso y solidario. Ambas facetas configuran una imagen coherente, la de una criatura que creyó en que era posible conquistar la justicia y apresar la belleza.

Así recordaremos siempre a Claudio Abbado. Desde su debut en1960 en el mítico Teatro alla Scala, de su natal Milán, el músico italiano tejió su propia leyenda.

Aquí, en La Habana, lo vimos asistir a jornadas de entrenamiento con los jóvenes alumnos de los conservatorios de la capital, en el invierno de 2003. Un hombre que podía pedir cualquier cantidad por ofrecer clases magistrales o aceptar una encomienda al frente de las más célebres orquestas del mundo, desbordaba entusiasmo al trabajar con los muchachos cubanos. “Esta es la Cuba de nuestro Fidel”, dijo al término de uno de los ensayos, consciente de que el adjetivo “nuestro” nacía de una entrañable vivencia. Abbado, desde muy joven, había abrazado las ideas socialistas y militó en el Partido Comunista Italiano. Incluso luego de la caída del muro de Berlín y el desmembramiento de su organización política, siguió declarándose comunista.

A Cuba vino desde Venezuela, país donde el maestro José Antonio Abreu lo invitó a compartir su experiencia con el sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, proyecto sociocultural de impresionante alcance y anclaje popular. En medio de esos avatares alentó la carrera de Gustavo Dudamel, estrella naciente de la dirección orquestal, a quien trajo a Cuba. Entre nosotros, Abbado olvidó su dolencia: tres años atrás le habían diagnosticado un cáncer en el estómago. Fue como si recordase los ímpetus con que se aventuró, en los años 60 e inicios de los 70, en fábricas y comunas, mediante el programa Música / Realtá, apoyado por los comunistas, con el objetivo de desacralizar los espacios de la música de concierto, en compañía del compositor Luigi Nono, el musicólogo marxista Luigi Pestalozza y el pianista Maurizio Pollini.  

Montó con los estudiantes cubanos la Séptima sinfonía, de Beethoven, compositor imprescindible en su repertorio, y sorprendió a los más enterados con el Poema de amor, de Tristán e Isolda, de Wagner, puesto que existían rumores acerca de su desentendimiento con la estética del creador del drama total, alimentados por su renuencia a aceptar contratos para los festivales de Bayreuth. Fueron dos ejecuciones extraordinarias, por la compenetración estilística que consiguió con los músicos. “No creo en prodigios ni milagros —había dicho días antes en Venezuela—; solo en el trabajo y este es más agradable y llega más lejos cuando sin prejuicio alguno estimulamos nuestras coincidencias”.

El clima de confraternidad y el desarrollo de un compromiso compartido caracterizaron la labor de Abbado al frente de los organismos instrumentales y los colectivos operísticos que dirigió. Si a eso se suma su amplitud de miras y el respeto hacia las partituras originales se tiene un cuadro objetivo de las virtudes de uno de los directores que hizo época a escala mundial en la segunda mitad del siglo XX.

Abbado sostuvo una fecunda relación con varias de las mejores orquestas del mundo: titular de la Orquesta Sinfónica de Londres entre 1979 y 1987; director musical de la Ópera de Viena entre 1986 y 1991; principal director invitado de la Orquesta Sinfónica de Chicago entre 1982 y 1985. Fue un hito su consagración en 1965 al dirigir la Orquesta Filarmónica de Viena durante el Festival de Salzburgo. Y luego, en 1989, fue elegido para ocupar la titularidad de la Filarmónica de Berlín.

La crítica más exigente situó a Abbado como continuador de la saga de su compatriota Arturo Toscanini y predecesor de Riccardo Muti y Riccardo Chailly. Sus grabaciones de los ciclos integrales sinfónicos de Beethoven, Mahler y Chaikovski y de las óperas Don Carlo, Falstaff y Un ballo in maschera, de Verdi, y Elektra, de Strauss son paradigmáticas.

Pero en el recuerdo estará siempre il compagno Claudio.

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