Magdalena somos todas

Lilianne Lugo • La Habana, Cuba
A Tian, el hijo del actor de La Candelaria

 

Comienza el año 2014. Es la primera vez que asisto a un Magdalena sin fronteras, evento que Roxana Pineda y el Estudio Teatral de Santa Clara organizan cada tres años en la ciudad villaclareña, y que resulta en el panorama cultural del país una propuesta única. También tuve la fortuna, un año y medio atrás, de compartir en la ciudad de Estocolmo con mujeres teatristas de todo el mundo gracias a la 9na Conferencia de WPI (Women Playwrights International). Curiosamente, tanto The Magdalena Project como WPI surgen a finales de los 80, y se han mantenido como proyectos liderados por mujeres, en pos de la comunión y encuentro entre estas, principalmente a través de la estructura de festivales o congresos. De alguna forma, el objetivo es el mismo, conocer a otras mujeres y su trabajo, lograr inspirarnos en las otras, crear nuevos proyectos, aprender, desafiar la norma.

Imagen: La Jiribilla
Inauguración del evento
 

Durante muchos siglos el teatro ha sido un arte eminentemente masculino, la sociedad patriarcal se ha encargado de situar a las mujeres en posiciones subalternas. Sin embargo, estos eventos intentan corregir la brecha. En la reunión no solo logramos visibilidad, sino el necesario combustible para seguir adelante cuando tantas dificultades parecen interponerse en el camino. Por eso defiendo los espacios diferenciados para las mujeres (por otra parte para nada exclusivos, o sea, los hombres también pueden participar en las reuniones, espectáculos, intervienen en los paneles, puestas en escena, conferencias, etcétera)

Lo que más me gusta del Magdalena es que intenta cubrir, y lo logra, casi todos los aspectos de la creación teatral: la formación pedagógica a través de los talleres, el debate y la confrontación con el evento teórico, y las puestas en escena. Las maestras fundadoras: Jill Greenlagh, Julia Varley y Geddy Aniksdal compartieron las jornadas, como escolares sencillas, e intentaron transmitir, -en el breve tiempo que duran los talleres- sus conocimientos.

Magdalena sorprende, además, por su carácter múltiple y cambiante. Según las iniciativas que van surgiendo a lo largo de los años, la red crece, extiende su urdimbre más allá de las fronteras europeas y luego latinas y seguirá creciendo, probablemente por la falta de reglas o leyes que la limiten —según apuntó Jill en una reunión nocturna durante el evento— o porque tal como el nombre lo sugiere, Magdalenas somos todas diferentes, múltiples.

Roxana Pineda, nuestra adalid cubana, tiene el mérito de ser una pionera en cuanto a la organización de un programa variado, de alta calidad y que trae como espectadores y participantes no solo a los habitantes de la ciudad sede. También intenta incorpora a mujeres de todo el país, con el fin de que amplíen sus horizontes y compartan sus experiencias.

Colombia, Brasil, Noruega, Dinamarca, Reino Unido, México y Japón, fueron algunos de los países que esta vez asistieron al Magdalena. Unidos bajo un mismo patakí, el de Obba y Shangó, ese que muestra el sacrificio extremo de una mujer por mantener el amor de un hombre, todos (i) respetamos el designio y ensayamos partituras actorales. Yo disfruté la multiculturalidad. Estar entre personas de otros sitios nos enriqueció y nos hizo modestos, nos hizo olvidar ese cierto chovinismo de los cubanos, para aceptar las riquezas que cada cultura deposita en las individualidades.

Imagen: La Jiribilla
Inauguración del evento
 

El futuro del teatro se escribe cada día. Las Magdalenas, nosotras y nosotros hacemos del mundo un lugar en el que la cultura debe existir como parte inalienable de la realidad. El futuro es ese lugar que imaginamos sin plena conciencia, el futuro donde niños como Tian, que han crecido disciplinadamente entre las cortinas y los asientos de las salas de teatro, continúan una creación que va más allá de los viejos conceptos de identidad, género, sexo, y que proponen un teatro y hacen del mundo un lugar más cercano a la utopía.

Reconocer en el otro la grandeza nos hace querer superarnos, ser mejores personas, mejores artistas. Magdalena no ofrece una pancarta ni una consigna, sino un pomito con arena de mar, ese material cambiante y efímero y al mismo tiempo profundamente espiritual. No se trata de proclamar o reclamar conquistas. Se trata de mostrar el resultado de un hacer. Emanciparnos. No pedir. No querer. Mostrar que existimos, y más que existir, que somos y seguimos siendo, que la vida empieza justo allí donde parecía terminar.

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