Teatro escrito con M

Dainerys Machado Vento • La Habana, Cuba

La actriz chilena Carolina Pizarro junta a tres personajes de diferentes generaciones en su unipersonal Tierra de fuego, para contar la historia reciente de su país. Pero su puesta en escena logra acercarnos también a las verdades de muchos otros pueblos, marcados como el suyo por la emigración, la represión, el descontento, las vanas ilusiones.

Julia Varley, uno de los rostros míticos del Odin Teatret de Dinamarca, fue la directora de Pizarro en este empeño. El montaje de la joven creadora homenajea explícitamente a las actrices chilenas María Cánepa (1955-2003) y Rebeca Ghigliotto (1921-2006).

Es también para rendir tributo a Cánepa que Varley viste de mujer a su tradicional personaje de Mr. Peanut. En su unipersonal Ave María —dirigido por Eugenio Barba y presentado este enero por segunda vez en la ciudad de Santa Clara— los elocuentes movimientos de la gigantesca carabela mezclan humor, ironía y dolor mientras ejerce, como en un juego, la maternidad, mientras disfruta del arte y cuida de la casa.

Imagen: La Jiribilla
Ave María, dirigido por Eugenio Barba
 

Objetos comunes en el hogar, que pasan casi desapercibidos a diario, son también el punto de partida de la quinta versión del perfomance Daughters, que la actriz y directora de Reino Unido, Jill Greenhalgh, trabajó durante este mes de enero. En esta oportunidad la experiencia utilizó las historias de vida de las varias creadoras cubanas que se reunieron en un taller aupado por el festival Magdalena sin Fronteras IV. Un par de aretes, una fotografía, una jarra, o unos zapatos fueron algunos de los elementos que las mujeres implicadas utilizaron como pretexto para compartir sus confesiones. Al terminar el ejercicio declararon ellas y su directora, que en sus contenidas actuaciones se sostuvieron todo el tiempo en el finísimo filo que separa a esta forma de actuación de la autorrepresentación.

Imagen: La Jiribilla
Daughters, actuación y dirección Jill Greenhalgh

 

Totalmente autorreferencial resulta también el montaje de Ropa de plancha, que Fátima Patterson y su Estudio Teatral Macubá, de Santiago de Cuba, presentaron como work in progress el martes 14 de enero, en el Teatro Guiñol de la ciudad de Santa Clara. Es la historia de vicisitudes y doble discriminación sufrida por la madre de Patterson, pero es también testimonio de la fortaleza de una mujer que supo construir un universo que la satisficiera a pesar de cualquier carencia.

Imagen: La Jiribilla
Ropa de plancha, de Fátima Patterson
 

Estos nexos autorreferenciales, íntimos y muchas veces dolorosos, entre creadoras tan diferentes, podrían extenderse por muchas líneas. Ellos son las verdaderas raíces del Magdalena sin Fronteras, un festival internacional de ese teatro que en todo el mundo se está escribiendo con M, con M de mujer.

Organizado por la actriz Roxana Pineda y por el Estudio Teatral de Santa Clara, el Magdalena sin Fronteras IV contó como es costumbre con el apoyo de varias instituciones cubanas y extranjeras. Es indudable que la cuarta edición de este evento afianzó su inserción en la Red Magdalena —acunada por su fundadora Greenhalgh—, y que desde 1986 convoca, por todo el mundo, a promover acciones de distinta envergadura para visibilizar el trabajo de las mujeres creadoras en el universo teatral.

Las cifras de este encuentro internacional hablan por sí solas: más de 20 puestas en escena ocuparon media docena de espacios teatrales, durante el 8 y el 18 de enero, en la capital de la central provincia de Villa Clara. Más de 20 puestas de diferentes estéticas y fórmulas escénicas, pero con el común denominador de tener a una mujer como directora, dramaturga e intérprete, o, en la mayoría de los casos, como todo en una.

Más de una creadora agradeció públicamente el nacimiento de su espectáculo a ediciones anteriores del Magdalena. A esa inspiración de la cual se nutren durante el festival agradeció Irene Borges, directora del Teatro Aldaba, de Cuba, la idea de hacer La pintura y otros lugares, que cerró las funciones del segundo día del evento, jueves 9 de enero, en el hermoso Teatro La Caridad. La propuesta fue una de las pocas creaciones de grupo presentes en el festival.

Es llamativo que precisamente los montajes que implicaron el trabajo de muchas personas fueron los que mostraron mayores demandas a nivel de recursos sobre la escena. La labor de las mujeres en el teatro —como la de buena parte de ese movimiento— está siendo marcada por las facilidades prácticas de la creación unipersonal. Sobriedad y minimalismo caracterizaron casi todas las propuestas que llegaron al Magdalena. Por contraste no fue así con La pintura y otros lugares, pero tampoco con Soma Mnemosine, el espectáculo del colombiano Teatro La Candelaria, que sirvió como uno de los cierres de la programación del encuentro.

Imagen: La Jiribilla
La pintura y otros lugares, de Irene Borges
 

Soma Mnemosine es una creación colectiva dirigida por la reconocida actriz y escritora Patricia Ariza. Tuvo dos funciones en el Teatro La Caridad los días 17 y 18 de enero, y luego en el Centro Cultural Bertolt Brecht de La habana, los días 21 y 22. La puesta es un recorrido por la atormentada alma de una Colombia en guerra, donde las y los desplazados experimentan a diario pérdidas y violencia. Es, sin embargo, también una fiesta de los sentidos por la belleza con que fue concebido como espectáculo. Tal contraposición entre la historia que cuenta y las imágenes que construye se afianzan gracias al uso de video proyecciones, y a la simultaneidad entre representación en vivo y representación en video.

Es una lástima que el interior de la mayoría de las edificaciones teatrales de Santa Clara no sea insonorizado. Pero más absurdo resulta que proliferen a su lado espacios de recreación, cuya música compite muchas veces con los silencios y sonoridades de las puestas. El programa del Magdalena probó no obstante que ni siquiera esos percances empañan el buen teatro.

Otras representaciones

Mujeres víctimas de los prejuicios de la sociedad; mujeres preocupadas por la maternidad o apabulladas por matrimonios infelices; mujeres atrapadas en historias de prostitución, violación o desamparo filial, fueron las representaciones del ser mujer que predominaron en las puestas de este festival. No es casual. El teatro, como acto de creación, es también un espacio de denuncia para la realidad que aún predomina en el mundo para este grupo.

Pero no fueron esas las únicas historias a las que nos acercaron estos diez días de teatro. El domingo 12 de enero, el auditorio reunido en el Teatro Guiñol de Santa Clara, ovacionó una vez más el unipersonal Mi vida como hombre, escrito e interpretado por Geddy Aniksdal, del Grenland Friteater de Noruega.

Aniksdal cuenta en su unipersonal sobre el riesgo que asumieron ella y Julia Varley al aceptar la propuesta de Greenhalgh de crear una red que reuniera a mujeres creadoras. Utilizando también su historia personal representa a personajes masculinos identificables en el imaginario de su pueblo. Geddy también asume el teatro como una forma de vida, pero en su actitud ante lo que hace hay un disfrute, una diversión que transmite al público incluso en los momentos más exigentes de su trabajo.

Imagen: La Jiribilla
Mi vida como hombre, escrito e interpretado por Geddy Aniksdal
 

Desde una cuerda más dramática, pero también partiendo de la desacralización del cuerpo, trabaja la actriz estadounidense Margo Lee Sherman en su espectáculo ¿Qué sé yo acerca de la guerra? Dirigido por Andrea Maddox y esta vez con diseño de la joven Sarah Jarris, llegó al mismo escenario del Guiñol este doloroso acercamiento a testimonios de varios soldados de la guerra de Estados Unidos en Irak.

A la representación de la guerra y la violencia está dedicada también la pieza Los hijos de la Dicta-dura, de Arlequins de Brasil. Bajo la dirección de Sergio Santiago, dos mujeres caricaturizan la masculinización de los conflictos políticos, siempre desde un discurso esperanzador. Pocos de los universos representados en el Magdalena concentran sus tiempos dramáticos en sucesos del pasado.

Predomina el presente de cada creadora y creador como escenario de su trabajo. Guarneciendo la piel, el performance del colombiano Taller Jaulabierta, dirigido por Jaime Lizarazo, representa las vicisitudes de los hombres y las mujeres que trabajan en una maquiladora de calzado que funciona como centro económico de su región. Mientras, Y si no es nada, de la Fundación Mandrágora de Ecuador, con actuación y dirección de Susana Nicolalde, nace de tristes acontecimientos sociales, vinculados a la pobreza y la marginación, que su escritora y protagonista quiere mantener vivas en el recuerdo de su pueblo.

De Cuba y otros rincones

Cuba y la noche, Casandra y Hojas de papel volando fueron las tres propuestas que los anfitriones del Estudio Teatral de Santa Clara presentaron durante el Magdalena. La primera, con dirección de Joel Sáez, fue estrenada el pasado año en su sede, y ha recorrido los escenarios de varios países.

Las otras dos puestas son unipersonales, protagonizados por actrices. Pero su principal rasgo es que muestran una trasformación en el trabajo de Roxana Pineda también como directora.

Si Casandra cuenta con su liderazgo artístico, en Hojas de papel volando, su trabajo más reciente, la actriz desdobla todo su sentido creativo, al producir una puesta en escena partiendo del total y consciente ejercicio de la soledad. Su creación está inspirada en poemas de Patricia Ariza, y fue muy aplaudida durante el evento.

Con similares retos de trabajar en solitario se presentaron otros tres espectáculos de mujeres: Desvergonzadas, de la creadora italiana Anita Mosca; Alas me sobran, donde la joven actriz Indira Romero representa a la atormentada pintora mexicana Frida Kahlo, y Medea sueña Corinto, el texto del dramaturgo Abelardo Estorino asumido por Milva Benítez, en una puesta que ella no ha dejado de transformar desde su estreno en 2013. La sede del Estudio Teatral de Santa Clara, la sala Margarita Casallas de El Mejunje y la sede del Guiñol acogieron respectivamente estos montajes. Nuevas Masculinidades: Conferencia de Actor fue la propuesta dirigida e interpretada por Carlos Satizábal de la Corporación Colombiana de Teatro, un participante asiduo del festival.

Un teatro diferente llegó desde Suecia. Ensayando la violación, dirigido por Petra Wilk, cambió el punto de vista entre representación y público. Mostró un performance con elevadas pretensiones estéticas, música en vivo y una atractiva y sobria transformación de los límites teatrales.

Imagen: La Jiribilla
Ensayando la violación, dirigido por Petra Wilk
 

Otra nueva experiencia promovida por este festival fue sin dudas la representación de Kamigata-Mai, un ritual que acercó a receptores y receptoras, durante poco más de una hora, a la milenaria cultura japonesa. Fue interpretado por la maestra Keiin Yoshimura, con música de So Sogiura. Influenciada por el teatro del no, Yoshimura mostró la caracterización de personajes masculinos y femeninos a través de la hermosa plasticidad de su trabajo sobre la escena.

Tradicionalmente uno de los rasgos más hermosos de este festival internacional ha sido que las y los protagonistas de las puestas en escena, sus directoras y directores, son también las y los alumnos de los talleres, las y los conferencistas de sus eventos teóricos. El respeto a la diversidad en la creación escénica sostiene este hermoso puente.

Solo dentro de tres años volverán a abrirse nuevamente estas puertas hacia el teatro hecho por mujeres. Así ha sido pautado durante la historia del Magdalena sin Fronteras, aunque sus participantes reclamen una y otra vez acortar sus plazos. Como aliento funciona el saber que otros festivales asociados a la red descorrerán mientras sus telones en otros países del mundo. Y con certeza otras mujeres se inspirarán en estos encuentros para continuar creando. Algún día, todos los festivales de teatro del mundo tendrán sus presencias como un suceso naturalizado.

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