Taller sobre creación colectiva

Cómo pensar la experiencia en el teatro

Karina Pino Gallardo • La Habana, Cuba

Del 9 al 12 de enero, en el marco del evento Magdalena sin Fronteras IV desarrollado en la ciudad de Santa Clara, dos importantes miembros del colectivo colombiano La Candelaria realizaron un taller que tuvo como concepto central la creación colectiva. Es conocido que esa noción fue desarrollada e investigada por este grupo hace ya más de tres décadas, y mediante esta estrategia creativa gestó espectáculos medulares para la memoria teatral latinoamericana. Decir creación colectiva es decir, de algún modo, también La Candelaria, Santiago García –su líder indiscutible–, Patricia Ariza y todos los actores que han estado presentes en sus procesos.

Imagen: La Jiribilla

Justamente la maestra Ariza, junto a su compañera de grupo Nora González, actriz y creadora escénica, guiaron este taller, en el cual trabajaron con más de diez actores de muy diferente edad y procedencia. Todos realizaron, el primer día, la lectura grupal de la fábula de Obba y Changó que utilizaron todas las maestras en los talleres, y que cuenta la historia de cómo Obba, esposa de Changó, se corta un día las orejas para darle de comer a su marido cuando en el hogar se ha acabado el alimento. Este acto sacrificial no es apreciado por él, y, al descubrirlo, huye corriendo porque no soporta la dura y fea imagen de una mujer sin orejas. Obba llora largamente hasta convertirse en río.

Con su perspectiva de género, el evento decidió colocar como centro esta historia, que sería explorada por cada maestra de acuerdo con su propia poética y experiencia creativa anterior.

Patricia Ariza y Nora González comenzaron por indagar, desde el entrenamiento físico, una manera de conectar los cuerpos y las mentes de los actores en una sola energía, en un solo impulso. Antes de centrarse en la anécdota, en el contenido de la fábula, fue aún más importante preparar el cuerpo para una situación de vínculo con el otro, de recepción de los estímulos del otro, de ofrecimiento de impulsos al otro. Cada uno debía estar alerta, y realizar sus conexiones mediante la mirada a través de un ejercicio en el cual todos se movían por el espacio sin perder el contacto visual. Si un cuerpo se detenía, todos debían detenerse, si un cuerpo caía, los demás debían sostenerlo. La intención era crear un estado de total relación, que llevara a cada uno a existir en el espacio también en función de lo que el otro necesitara o estuviera dispuesto a dar. Es importante aclarar que este ejercicio estuvo pautado por la idea de no hacer destacar a alguien por encima de los demás. En la fase en la cual un cuerpo proponía un cierto modo de andar y los demás lo seguían, la maestra Nora insistió en que ese líder no debía ser percibido: los cuerpos debían alcanzar tal sintonía que no fuera posible descubrir quién llevaba el movimiento original.

Luego, con la incorporación de la voz, el estado se complejizó y los actores alcanzaron un estado de conexión mucho más completo. González incorporó las mismas pautas físicas a los ejercicios vocales, y al término del primer encuentro la estructura corporal y sonora que se logró estuvo signada por una absoluta cohesión y vínculo entre cada uno de los miembros.

Este entrenamiento se llevó a cabo al inicio de cada una de las tres sesiones restantes del taller, y sirvió como calentamiento sicosomático y como preámbulo al trabajo sobre la fábula que vendría después.

Para ello, la idea fundamental fue que cada uno de los actores pensara acerca de cuánto podría existir en sí mismo de Oba y Changó y cuánto no. Este ejercicio, esencial incluso en el trabajo de La Candelaria, deja en claro la intención de no pensar en la representación artificiosa de un rol, sino en tratar de componer un “personaje” o una entidad que atraviese por completo no solo el alma del actor, sino también su biografía. Por ello en La Candelaria están muy presentes trabajos donde la memoria de los cuerpos y de la nación colombiana se convierten en protagonistas, y donde los actores no son personajes sacados por completo de la ficción sino seres cuya historia está marcada por el contexto, los hombres y la historia de violencia de Latinoamérica y Colombia.

Por ello el cuerpo del actor es esencial para mostrar la anécdota: debe transmitir una energía, una experiencia, una biografía particular.

Imagen: La Jiribilla

Hacia ese destino se encauzaron las improvisaciones de los actores: cada uno debió buscar, primero, un gesto, luego, una cadena de gestos que partiera de sus propios movimientos, su propia expresión corporal, y que estuviera relacionado con la historia de Obba y Changó, específicamente con aquellos atributos que los caracterizan en la fábula, aquellos que los definen como macho-hombre -masculino y como hembra-mujer-femenina. Cada una de estas búsquedas estuvo signada por este enfoque de género, algo que, en mi opinión, limitó un tanto los alcances de las indagaciones en la creación colectiva. Sin embargo, ayudó a cohesionar lo que, finalmente, se propuso para la muestra.

La improvisación es uno de los recursos creativos más interesantes y genuinos usados en la creación colectiva, pues permite que salga del actor aquello que está justo en su ser, en su verdadero comportamiento. La improvisación no propicia el artificio, no propicia lo falso, por ello nunca está bien o mal, según explicaba Ariza, sino que funciona o no, puede ser útil para un determinado propósito o no. A partir de ella, muchos elementos quedan fijados y forman parte del futuro espectáculo.

Así sucedió con lo que fue seleccionado para la muestra final: desde las improvisaciones individuales y en grupos se fueron construyendo los momentos más importantes, como la canción colectiva y los movimientos combinados con frases verbales que cada uno hubo de componer. De esta forma, los actores encontraban su manera de evocar a Obba y Changó como entes individuales y también evocar la historia que los vincula, cuyas ideas de patriarcado, opresión femenina, segregación y jerarquía también se entretejieron.

Fue muy interesante que la muestra se moviese entre la exposición de ideas y la exposición de cuerpos –en un momento bailan al ritmo de los tambores dos danzantes con pasos de Changó y Obba-, ello no permitió que desembocase en una representación de la historia, sino en la presentación de muchas perspectivas acerca de un solo hecho y un solo pensamiento. Ariza y González intentaron proponer una dramaturgia que diera coherencia a cada uno de los momentos y que integrara en una totalidad orgánica la anécdota africana y la biografía del actor, así como que quedaran clarificados los elementos de creación colectiva que se habían puesto en práctica en el taller.

Más allá de las diferentes recepciones de cada actor y sus diversas formas de proyectar lo “aprendido”, más allá de la propia muestra –para mí lo menos importante de estas experiencias formativas-,  el taller abrió una puerta nueva al trabajo en colectivo para los que estuvimos allí, y mostró un camino auténtico de manejo de la experiencia personal, la historia personal, en función de un producto estético final que debe recogerlo pero nunca traicionarlo.

Este taller encontró su mejor complemento en el propio evento con la presentación del espectáculo Soma Mnemosine del grupo La Candelaria, dirigido por Patricia Ariza. Allí se muestra el trabajo con la biografía de los actores y con su historia como ciudadanos de un país rajado por los conflictos sociales y como miembros de un colectivo que está repensando sus derroteros a partir de una mirada sumamente conmovedora a la figura de Santiago García, un hombre que supo ser líder en un grupo que lo seguía como un solo cuerpo. Los que estuvimos en ambos momentos –como talleristas y como receptores- pudimos tejer un vínculo natural entre los dos espacios y alcanzamos a entender que la creación es el camino indiscutible para el aprendizaje y el conocimiento.

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