Clavos en el ataúd del CD

Miguel Ernesto Gómez Masjuan • La Habana, Cuba

Uno tras otro los antiguos íconos tecnológicos musicales han ido desapareciendo. El casete, la walk-man, hasta el disco de vinilo —aunque este todavía continúa atrayendo la atención de no pocos— terminaron acompañados por adjetivos como “obsoletos” u “objetos museables”. En la era de la música online recordar un LP posiblemente provoque un encogimiento de hombros, en señal de desconocimiento, en toda una generación nacida bajo los designios de la extensión mp3.

En la lista de los “obsoletos” quizás podrá incluirse, dentro de poco tiempo, el CD. Los clavos parecen introducirse cada vez con mayor profundidad en el ataúd que algunos ya preparan para este formato que fue, ¿cómo dudarlo?, muy popular. Las señales están por todas partes. Varias cadenas de tiendas, en diferentes países, anunciaron que dejarán de vender CDs en un futuro cercano; otras prefieren reducir el espacio físico dedicado a la comercialización de los compactos y el gigante Ford aseguró que sus próximos prototipos de automóviles no llevarán reproductor de CD.

Imagen: La Jiribilla

Además, las cifras de la industria musical confirman un desinterés generalizado por la adquisición de CDs. En 2002 se vendieron en EE.UU. —considerado el mayor mercado musical del mundo— 800 millones de álbumes. Una década después, ese total descendió abruptamente hasta 316 millones y en 2013 continuó la caída, pues la industria vendió un 8% menos, por lo que solo se adquirieron 289,4 millones de CDs.

El disco más vendido el año pasado, en EE.UU., fue 20/20, de Justin Timberlake. Este resultó el único álbum que superó las dos millones de copias comercializadas. La situación es similar en otro fuerte mercado musical, el del Reino Unido, donde la venta de CDs cayó un 20% en 2013. De acuerdo con datos de la empresa Nielsen Soundscan, esta fue la primera vez que en ese país no se alcanzó las cinco millones de copias anuales.

Ante estas realidades numéricas, ¿podemos confirmar el declive definitivo del CD? ¿Su caída parte de un factor netamente económico? El fenómeno tiene varias aristas que nos llevan a respuestas inconclusas. La expansión en el uso de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC) ha incidido en la creación de nuevas formas de acceder a la música. Tal vez el mayor “descubrimiento” para la industria discográfica sea el hecho de comprender que ya no es el único puente que une a los artistas y la audiencia.

La multiplicación de las tiendas online, con iTunes a la cabeza, la posibilidad de escuchar música en streaming, mediante servicios como los que ofrece Spotify u obtenerla a través de las descargas legales o ilegales —estas últimas, según la industria musical, provocan enormes pérdidas económicas cada año— sin dudas son elementos esenciales para comprender el declive de los CDs.

Además, estamos en presencia de una enorme modificación a la hora de aproximarnos a los álbumes. Hasta los años sesenta del siglo pasado no pocos artistas optaban por producir sencillos que se comercializaban en discos de vinilo, con tiempos de reproducción entre 33 y 42 minutos; sin embargo, probablemente la influencia de The Beatles y The Rolling Stones, con sus fabulosas producciones, haya jugado un rol fundamental en que se estableciera, con mayor fuerza, el concepto de álbum. Las empresas discográficas entendieron que les resultaba más rentable vender un disco en un rango de 12-30 dólares que no un sencillo, en menos de cinco.

Esa concepción económica llega hasta nuestros días; pero, a partir de las NTIC, las personas han encontrado nuevas opciones. ¿Por qué pagar por un CD completo, cuando, en realidad, solo interesan algunos temas?, preguntan muchos. El internauta del siglo XXI —aunque la brecha digital siempre mediará en todos estos procesos y, por tanto, no es posible generalizar— prefiere adquirir o descargar aquellos temas sueltos que le interesan, a un menor precio o de manera gratuita y en un formato que le permita escuchar la canción en diversos dispositivos. Aquí estamos en presencia de una transformación cultural (no se consume de igual forma la música) y también económica.

Frente a estas modificaciones, los artistas tuvieron que cambiar. Un ejemplo es el rapero Chris Brown quien renunció a la creación de nuevos álbumes. “Prefiero publicar una canción cada pocos meses, acompañada de su videoclip”, señaló el artista. Otros apuestan por caminos diferentes, es decir, consideran válida la producción de un álbum, pero deciden combinar el CD físico con su versión digital. Tal vez el caso más estudiado haya sido el de Lady Gaga. En 2011, ella optó por vender su segundo álbum “Born this way” en formato digital, a un precio de 99 centavos, durante dos días, en la tienda virtual Amazon; mientras el CD costaba 13 dólares. También encontramos los artistas que colocan sus discos gratuitamente online, como vía para multiplicar sus opciones de ser conocido y los que promocionan su música, sin necesidad de intermediarios.

Criticado, olvidado, gastado, el “viejo” CD se resiste a desaparecer totalmente. Según Ed Christman, de la revista Billboard, “todavía se venden 300 millones de álbumes cada año en EE.UU. Es improbable que una industria abandone un producto que vende 300 millones.” En Cuba, de seguro, no estamos listos para introducir el último clavo en el ataúd de un ícono tecnológico que, como otros tantos, todavía nos resulta muy familiar.

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