Entrevista con Perla de la Rosa

Resistencias de Telón de Arena
en Ciudad Juárez

Ambar Carrelero Díaz • La Habana, Cuba

Muchas fueron las mujeres teatristas que llegaron hasta la ciudad de Santa Clara para ofrecer una muestra de su quehacer durante el encuentro internacional Magdalena Sin Fronteras IV. Con una selección que incluyó agrupaciones provenientes de Latinoamérica, Italia, Suecia, y de una región tan distante como el continente asiático, no caben dudas de que el Magdalena Project amplía cada vez más sus horizontes, a través de la colaboración. Por cuarta vez extendió su red hasta Cuba, donde la actriz y teatróloga Roxana Pineda y el Estudio Teatral de Santa Clara fueron sus anfitriones.

Variadas fueron las historias compartidas en esta edición del encuentro. Entre ellas, desde el dolor y la lucha, sobresalió la de Perla de la Rosa. La actriz y escritora es directora artística de Telón de Arena, una agrupación mexicana que hace teatro en Ciudad Juárez, estado de Chihuahua, México. La zona está en la frontera inmediata con los Estados Unidos, y fue considerada en el 2010 como la ciudad más violenta del mundo. Allí el teatro se convierte en una manera de lidiar con un contexto difícil y solidarizarse con los desposeídos. El estado más grande del país—que alguna vez fue el más rico—, hace años está inmerso en un ambiente de violencia, que afecta con cifras alarmantes a las mujeres. Allí Telón de Arena enfatiza su producción teatral en tópicos como la migración, el abuso contra las mujeres y los niños, y el feminicidio. El grupo cuenta con doce años de experiencia y 21 intérpretes entre jóvenes y adultos.

Imagen: La Jiribilla

Se ha polemizado mucho sobre las funciones del teatro. Algunos creen en la noción aristotélica de la purificación a través de las emociones, otros piensan en la transformación del mundo, mientras que muchos abogan por el entretenimiento como objetivo esencial. A su juicio, ¿cuál debe ser la función del teatro para el espectador contemporáneo?

Llega un momento en que ya no puedes utilizar el “debe”, y la actividad creadora comienza a ser la que elige el creador. Me parece que en un panorama ideal el creador debe ser solidario con su realidad, responsable del discurso que presenta desde la escena, pero no es así necesariamente. Los actos de creación los decide cada autor, en cualquiera de las expresiones. En el caso nuestro, hemos intentado ser una voz solidaria con los familiares de víctimas de feminicidio, en primer término, porque en la ciudad se dio de manera descomunal desde finales del siglo XX, el asesinato de mujeres y niñas.

Esto permanece hasta la fecha. En varias ocasiones hemos tocado el tema, hemos querido solidarizarnos con los migrantes, poniendo especial foco hacia las mujeres que mueren en el desierto, hacia sus hijos. Creemos que el teatro debe ser esa voz que logre visibilizar a las víctimas. La violencia que Felipe Calderón impuso a nuestro país durante su mandato ha dejado más de cien mil muertos, más de diez mil huérfanos. Las pocas energías que tienen las víctimas las usan para buscar a sus muertos, para cubrir su duelo. Nosotros creemos que el teatro puede lograr que cada víctima deje de ser un número y comience a tener un rostro. Esa decisión de darles voz, aunque sea prestada, en el escenario es para Telón de Arena el resultado de una búsqueda. No decidimos hacer ese teatro de antemano, hacia él nos ha empujado la dinámica social.

Al principio éramos teatristas que trabajamos durante más o menos treinta años coincidiendo aquí o allá, en trabajos que eran nada más teatro. Pero llegó el momento en que no pensábamos en otra cosa que en nuestro propio terror, y el teatro se convirtió en el lugar donde poner todo eso, donde lanzar preguntas y desenmascarar al poder.

Recuerdo que en aquel momento mis vecinos me decían: “Perlita, invítanos al teatro pero a reírnos”. Y yo pensaba: “inocentes de mis vecinos, atosigados como todo el mundo, ¿de qué nos reímos?, como las hienas, de nada”. Yo trabajo en una universidad en Juárez donde hubo nueve maestros asesinados en asaltos. Tenemos dos estudiantes desaparecidas desde hace cuatro años. En medio de todo, hubiera querido tener la ironía suficiente, el talento necesario para haber dicho algo desde el humor, que me parece mucho más poderoso que el sermón. Pero no me salía.

Las obras de todo este período son muy negras, muy densas. Una se llama El enemigo, y en ella colocamos al estado como rostro de la violencia. Ahora retomamos una que se llama Justicia negada. Está basada en la historia real de tres madres que recorrieron todas las instancias de justicia para encontrar al asesino de ocho muchachas cuyos cadáveres aparecieron en un campo algodonero. Las autoridades las presionaron para que se callaran, pero ellas lograron llegar hasta Chile, a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y sentar al estado mexicano en el banquillo de los acusados. Lograron que esta corte internacional de justicia escuchara su verdad, y allí salió condenado el estado mexicano como un estado omiso de justicia. Algo muy importante para todas las mujeres de Latinoamérica, porque desde Canadá hasta la Patagonia, cualquier familiar de víctima de feminicidio puede acogerse a los beneficios de esa sentencia. Esto significó además un memorial para las víctimas y una reparación del daño económico. Aunque nada te paga una vida, en Ciudad Juárez cada vez que desaparece una mujer, desaparece también una cabeza de familia. Vivimos en un modelo maquilador de industria global, por lo que cuando secuestran o asesinan a una mujer, en la mayoría de los casos han dejado hijos. Esto provoca una estela de abuelas cargando con sus nietos. El escenario nos permite decir la verdad que se trata de invisibilizar desde el poder, tiene un sitio aquí para expresarse a través de nuestras obras.

¿Cuáles son las razones fundamentales de tanta violencia contra la mujer en México?

¿Por qué desaparecen mujeres y niñas? Porque se puede. ¿Por qué matan a los pobres? Porque se puede. Porque la impunidad es la madre de la injusticia.

En un mundo machista, las mujeres somos amenaza como son los pobres. ¿Por qué se asesinan migrantes o se les excluye? Porque cada migrante lleva una pobreza en las espaldas, que amenaza a los que están bien colocados. Ese es el pensamiento. Nada de esto es gratuito: la mayor parte de esta violencia es posible porque hay un mercado que la ampara. El rapto de chicas sucede porque hay una trata de personas. La vida humana se ha convertido en mercancía.

¿Estas desapariciones incluyen hombres también?

La cifra de cien mil muertos incluye hombres y mujeres. Esto ha caracterizado al país en los últimos cinco años. Tiene que ver con una supuesta confrontación a las fuerzas del narcotráfico, pero en medio queda toda la población civil. Las fuerzas policíacas altísimamente corrompidas se vuelcan contra la población y los más vulnerados son los jóvenes en pobreza.

El otro fenómeno coincide con nuestra ciudad, pero se ha diseminado por todo el país, y otras regiones de Centroamérica. En el año 1993 se registra la primera víctima de este fenómeno llamado feminicidio. En un orden donde prima el interés del dinero, la vida de las mujeres y de los niños no importa. En México se venden niños y mujeres para la explotación sexual. Esto es provocado por un modelo neoliberal, por la guerra del narcotráfico que es un genocidio. Estado Unidos protege a estos asesinos.

En mi país se les llama “nini” a los jóvenes que ni estudian ni trabajan. Todo el potencial de la juventud en lugar de ser una promesa de futuro, está criminalizado. Es un joven “friégatelo”, porque es un delincuente y no hace nada. Cada vez la exigencia de grados en la educación para obtener un trabajo es mayor, pero cada vez les sirven menos, porque cuando salen son subempleados o desempleados. Nuestro futuro se ha convertido entonces en un problema. Por eso hicimos un unipersonal dedicado a esta temática, con un actor muy joven y talentoso, el espectáculo se llama Generación nini.

El teatro como ese acto vivo de comunicación humana, ¿es un instrumento más poderoso que otras expresiones artísticas, para defender un espacio y denunciar los crímenes?

Lamento decirte que no. Los que van al teatro ya piensan como nosotros, por eso van al teatro. A los que tendríamos que ganar están en los bares, viendo televisión. ¿A quién vamos a cambiar? A veces sentimos que es un diálogo con nosotros mismos. Yo quisiera encontrar la estrategia para que esto tuviera más impacto. Pero la gente entra al teatro, llora con nosotros, y qué. Es como mi conversación contigo: somos parte de una tajada en el mundo afín. En la universidad donde trabajo, los especialistas hacen coloquios sobre la violencia, ofrecen claves para erradicarla, y los funcionarios llegan, cortan el cordón y se largan. Nunca oyen nada porque no les interesa.

El teatro está consumiéndose a sí mismo. El año pasado, Darío Fo declaró en el Día Internacional del Teatro, que si bien antes “el poder” temía a los cómicos porque lo delataban, lo burlaban, ahora los teatristas no tienen ni teatros, ni público. O sea, llevar a la gente al teatro es una odisea.

En ese caso, ¿por qué hacer teatro, si tienen claro que su alcance es mínimo?

Porque es un espacio de resistencia. Por esa solidaridad mínima que podemos expresar con el subalterno, con el despojado. También para hacernos visibles nosotros mismos, porque somos parte de esos despojados. Si no fuéramos desposeídos en algún sentido, no estaríamos haciendo teatro.

Una vez que he vivido la guerra, la palabra esperanza me suena cursi, me suena a “esperar”, ¿esperar qué? No me gusta. Pienso que la palabra ideal es “resistir”. Yo creo que decir “el teatro va a cambiar esto”, es darle una envestidura heroica, y me gusta pensar el teatro como una profesión más de la comunidad. Creo que ganamos más si nos vinculamos a la comunidad y no despojamos de arrogancia. Podemos transformar maneras de pensar, podemos ayudar para que los espectadores reelaboren su realidad, o tal vez nos cuestionen, y ya eso es una construcción comunitaria. El teatro es preventivo, una vez que el mal está instaurado, no puede hacer más que resistir.

¿Cómo enlazan el tema de la violencia con la creación teatral? ¿Prefieren alguna estética en particular en el tratamiento de estos temas desde la escena?

Cuando comenzamos hace doce años teníamos una debilidad: éramos solo actores. Además, en Ciudad Juárez no hay universidad de enseñanza artística. Yo me formé en la capital del país y estudié Literatura dramática. Allá absorbí nuevas cosas, incluida la rebeldía con que regresé a mi ciudad. También me encontré con otros compañeros que habían recibido talleres y habían crecido en el oficio, y así integramos el núcleo de Telón de Arena. Al inicio no teníamos director, y me dije: me regresé a mi tierra y me toca dirigir. Aunque no tenía una voz propia desde la dramaturgia porque no escribía, me interesaba la figura de la mujer. Empecé a adaptar a autores que trataran estos temas, por ejemplo a Lorca. Hasta que en 2004 escribí mi propia Antígona.

En mi versión el hermano enterrado por Antígona no es hombre, como en el clásico sofocleo. Polinices es una mujer, la hermana insepulta. Creón es el gobernador que niega los cuerpos y asegura que las mujeres muertas eran unas migrantes descastadas, ingratas hacia la ciudad. En esta traslación, Tebas era una alegoría de Ciudad Juárez, y se estableció un diálogo entre el mito y la realidad que estábamos viviendo.

Guadalupe de la Mora, otra integrante del grupo, había trabajado Mar de arena, sobre las mujeres que mueren en el desierto, tratando de cruzar. Ese texto surgió a partir de la exposición Perdidos y encontrados, con objetos dejados por los migrantes en el desierto de Arizona. De pronto encontrabas una carriola, una manila, cosas que evidenciaban el paso de niñas y niños. Con todo ese material trabajamos una dramaturgia propia. Así empezamos a generar textos como El enemigo, Justicia negada, Contrabando, conmovidos por la dinámica social de una ciudad que nos acorrala. Hace poco estrenamos Night Stalker (Mi hermano siamés), que es un espectáculo bilingüe.

En la compañía somos dos directores, César Cabrera y yo. Él no escribe, pero le gusta la dramaturgia argentina, así que representa estos textos, también a Jorge Sánchez Sinesterra, que enfoca los tópicos teatrales. Yo ahora me di el lujo de escribir sobre un tema histórico. Después de tanta densidad necesitaba hacer una farsa, pero también habla del país. O sea, no puedo abandonar la reverberación política en mi teatro. Su alteza serenísima tiene entonces tono de farsa pero habla de los tiranos. El público se ríe muchísimo, pero estamos hablando del país actual. Ha sido un logro indiscutible, porque usualmente tenemos un promedio de treinta a cincuenta personas, pero con esta puesta hemos llegado a setenta, e incluso a veces quedan espectadores afuera porque nuestro espacio es pequeño.

¿Telón de Arena tiene una sede propia?

Si, desde mayo del año pasado, cansados de estar mendigando que nos prestaran un teatro, hicimos un foro en un patio. Lo adecuamos y cada vez avanza más técnicamente. Es una ventaja tener un espacio propio.

¿No tienen miedo de hacer este teatro de denuncia en una zona tan peligrosa? ¿No tiene miedo usted siendo mujer?

Pero si quienes tienen que venir al teatro no vienen. Mi vida estará segura porque creo ni se enteran de las denuncias. En la obra El enemigo, un actor hace un rompimiento dramático y le pregunta al director: “Oye, y ¿no te parece esto muy panfletario? ¿No te da miedo?”. Y el director le responde: “Si no son capaces de leer, ¿tú crees que van a ir al teatro? No van al teatro como Drácula no se asoma a la iglesia”.

Perla, ¿usted es feminista?

Sí. Yo creo que no hay de otra. Tengo una compañera feminista que es maestra de Estudios de Género en la universidad donde trabajo y ella me dice: “estamos muy mal, porque voy a las reuniones y cuando las mujeres hablan lo primero que dicen es que no son feministas”. ¿Quién les ha dicho que ser feminista es odiar a los hombres? Soy feminista como el cubano “cubanista”. Velo por mi entorno, como lo hago por los infantes o por los hombres, por los homosexuales o las lesbianas.

Algunas aseguran que ya no son discriminadas, pero yo percibo aún mucha inequidad. Incluso en el contexto de las universidades algunas catedráticas siguen cuestionándose la utilidad de los Estudios de Género. Pero entonces los sueldos de las mujeres siguen siendo menores y son escasas en puestos de decisión. La maternidad sigue siendo un problema, la responsabilidad hacia la casa y los hijos sigue siendo un espacio de desigualdad.

Aunque reconozco que la revolución de las mujeres no hubiera sucedido sin el acompañamiento de algunos hombres. Por ejemplo, yo iba a ser contadora pública, estudié en el tecnológico hasta el octavo semestre. Pero en el teatro, empecé una amistad con dos hombres que se convirtieron en mis mejores amigos. A través de ellos conocí los textos de Sartre, la poesía, y comencé a mover mi manera de pensar. Es decir, creo que quien alcanza la libertad, puede compartir la libertad con los otros. Entonces, los hombres libres pueden ayudar a que las mujeres lo sean también. Las mujeres libres logramos criar hijos libres, tener parejas libres. Lo que pasa es que el machismo es una expresión de hombres esclavizados hacia sus modelos. Una herencia de violencia de la que no quieren despojarse porque los hace sentir seguros.

Yo tengo un hermano. Mi madre nos crió sola. Ella decía: “Quien paga manda, y yo soy la que tiene el dinero”. Su sentencia era: “Cuando pierdas la virginidad, dejes de creer en Dios y te hagas comunista, serás desgraciada”. Pero ella tenía una foto de Fidel Castro en el closet. Un día le pregunté por qué tenía esa foto ahí, y ella me dijo: “porque es muy guapo”. Pero al final resultó que yo soy de izquierda.

Simone de Beauvoir en su ensayo El segundo sexo asegura que no se nace mujer, que se llega a serlo. ¿Piensas que se “nace” artista o es una condición que se alcanza?

Es un misterio. Creo que hay condiciones en la temprana infancia que te predisponen. Hay personas que no tienen mucho talento pero se van haciendo. También es válido. Por otro lado, el excesivo talento a veces provoca que la gente se acomode muy rápido. Así que el talento, si nace o no con nosotros, lo que lleva es una responsabilidad de cultivarlo. Porque lo que no se forma, se deforma. Puedes nacer con una caja torácica que te de una voz increíble pero si no entrenas, no sirve. Lo que uno no puede abandonar es la responsabilidad de formarse.

Respecto a la frase que citabas, gracias a la teoría de género hoy sabemos que no nacemos ni hombres ni mujeres, son los roles sociales impuestos los que nos llevan a eso. En el rol del artista, además de cultivar el talento, está el de construir su humanidad. No nacemos humanos, nos forjamos humanos, la sociedad nos acorrala y nos lleva a algunos hacia el humanismo y a otros a la barbarie. Cuando veo a los políticos de mi país veo a empleados de los ricos. Creo que han perdido la dimensión del poder, de la transformación.

Pienso en Calígula cuando dice: “quiero la Luna”. El poder es alcanzar lo imposible. Si yo tuviera poder quisiera otro mundo.

Ustedes trabajan con empeño aunque sin muchas esperanzas, incluso cuando muchos han renunciado a la lucha. ¿Qué siente que le toca ahora hacer a Telón de Arena?

Pues seguir resistiendo. Definitivamente seguir resistiendo.

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