Crear desde lo femenino

¿Riesgo? ¿Hazaña? ¿Irreverencia?

Susana Nicolalde • La Habana, Cuba

Vengo de ríos y montañas; de brisa salina y aliento de mar. Ya no tengo prisa, pero es necesario sacar a orear las prendas para que no se enmohezcan. Cuando era niña, me gustaba jugar con los barquitos de papel; los ponía uno detrás de otro en el chorrito de agua que había quedado de la lluvia y les decía ¡Adiooooos! Hay algunas despedidas que son muy difíciles, hay otras que son necesarias, hay otras que son imprescindibles… llegan y ya… son definitivas. Los adioses son como los barcos, una los ve irse a lo lejos, desde la orilla hasta que se escapa el sol y luego hasta que asoma la luna. La Luna es amiga del navegante, es decir… del adiós…es decir…. de las despedidas……

Imagen: La Jiribilla
La actriz, directora y escritora Susana Nicolalde durante su intervención en el Evento Teórico del Magdalena sin Fronteras IV
 

A lo largo de mi recorrido por las tablas siempre ha existido una permanente inquietud por la palabra REPRESENTACIÓN, por su contradictorio significado.

¿Qué hacemos en el teatro, cómo vivimos el teatro? ¿Representamos a un personaje o vivimos un personaje?; ¿representamos una historia o contamos una historia?, ¿invento un espacio donde viven los personajes de la historia que quiero contar o descubro el ámbito donde transitan y habitan los personajes de la historia que quiero contar? Son muchas las preguntas que me hago permanentemente desde mi oficio de actriz y directora.

Ahora, con 32 años en esta faena, veo y siento, cada vez más cercano, el territorio del teatro y la vida, o de la vida y el teatro.

El actor–creador, como prefiero definir a nuestra condición de artista, es un hacedor de universos posibles que deambulan en nuestro interior y que a través de una particular manera de vivirlos y expresarlos, transitan por el escenario convertidos en historias que queremos contar.

El actor-creador tiene un cuerpo entrenado y preparado para trabajar sobre el escenario. Este cuerpo contiene su universo sensible a partir del cual investiga y explora los materiales orgánicos que despuntarán, después de un proceso de búsqueda, en la construcción de una realidad escénica, una puesta en escena o representación. Dicho así suena demasiado fácil. Pero no lo es. El oficio del actor es muy complejo ya que tiene que partir de una gran disposición para intentar entender que su herramienta de trabajo es él mismo, que crea desde su propio universo, su cuerpo y su pensamiento. Es a partir de este concepto que entiendo particularmente el hecho creador en el Teatro.

Para que se produzca el hecho teatral atravesamos distintos caminos, distintos puntos de partida que, en un momento determinado, se cruzarán entre sí. Técnicas asimiladas o relacionadas de distintos maestros han ido construyendo mi universo referencial de maneras particulares. Pero mi mayor referencia ha sido la danza de Wilson Pico, pionero de la expresión contemporánea en el Ecuador, mi maestro. La danza entonces se constituye en una fuente primordial para mi entrenamiento personal como actriz.

Despertar

Desde que me asomé al Teatro fui despertando frente a la gran ventana y fuente inagotable de la creación, primero como un juego, luego con mucha curiosidad, después con mucha dificultad para entender lo contradictorio que es el ser humano y que son sus relaciones con la vida y el universo. No puedo entender el teatro si no como un camino que me ayudó a abrir el zoom de mi mirada. Con su descubrimiento, empecé a ver y a entender las cosas desde otro ángulo, diferente al que hasta ese entonces mis ojos me habían guiado.

Con apenas 18 años y con mucha dificultad me enfrenté a mis primeros miedos en el escenario, a mí misma. Era estudiante de sicología, con unas ganas inmensas de conocer que había más allá de la puerta de mi casa, en los barrios marginales de mi ciudad natal, Guayaquil —austeridad, brazo de mar y mucho calor—, donde la única posibilidad de progresar y ser alguien era lograr el estudio en la Universidad estatal con una profesión “digna”: ingeniera, doctora o abogada, cualquiera que esta sea. Pero se me cruzó en el camino el taller de teatro dirigido por Ernesto Suárez, un actor y director, exiliado de la dictadura argentina de los años 70’ que llegó al Ecuador junto con Arístides Vargas. Éste fue luego mi maestro en el Grupo Malayerba, del cual formaría parte muchos años después. Mi opción por el teatro causó una tremenda conmoción en mis padres, preocupados del triste porvenir que me sentenciaba a una vida austera, sin oficio ni beneficio… El teatro: una vida de locos hippies y bohemios.

Imagen: La Jiribilla
Y si no es nada fue la obra que la Fundación Mandrágora llevó a Santa Clara
 

Conocer – aprender - descubrir - saber

Creo que este es un primer gran camino por el que tenemos que transitar. Es el asombro inagotable del conocimiento a través de la experimentación.

Creo también que el permanente cuestionamiento sobre nuestra condición de mujer artista, sinónimo de irreverente y atrevida, impuesta desde siempre en las diferentes etapas de la historia y los contextos en cualquier organización social nos ha llevado a irrumpir e insurgir en los paradigmas sobre la imagen de la mujer contemporánea. Es un riesgo permanente, tentadas a menudo a renunciar a él, sujetas a todo tipo de interrupciones, nos enfrentamos al abismo existencial de la escena artística con mayores riesgos que en cualquier otra profesión, y es posible que vivamos más peligrosamente.

Las mujeres artistas, en un gran porcentaje, trabajamos solas o estamos condenadas a la soledad, a una soledad que llegamos a amar, porque es desde donde empezamos a tener un lugar propio o un cuarto propio como decía Virginia Wolf. Ese espacio propio empieza a tener un sentido, es un territorio de libertad, que al mismo tiempo nos empuja permanentemente a un abismo desde donde decidimos lanzarnos o no, esto implica un verdadero riesgo. Pero creo también que es la única manera en la que podemos enfrentarnos a la creación, desde el riesgo y la duda, desde lo desconocido, intentando despejar la neblina. Por otro lado, existe una tendencia muy clara en el abordaje de temas o propuestas teatrales que tienen que ver directamente con tu historia personal, y esto se traduce en: espectáculos unipersonales, demostraciones de trabajo, work in progress, que parten desde una necesidad vital no solo de visibilizar tu búsqueda y tu experimentación, sino también como una reafirmación sobre tu identidad profesional y de mujer de oficio, de artista de las artes escénicas.

Desde esta mirada, la creación es un acto sagrado, al que me entrego sin restricciones. Esta soy y en esto creo. Y esto me puede llevar, ciertamente, para algunas miradas desatentas y conservadoras, como una madre desnaturalizada o una compañera egoísta que vive sumergida en su propio universo, el de los sueños y las pasiones, mientras son otros quienes se encargan de la vida terrenal, de lo cotidiano, pues a veces eso es muy cierto, pero a veces no.

Imagen: La Jiribilla
Con la actriz Paloma Dávila comparte Nicolalde el protagonismo de esta pieza
 

Crear desde lo femenino supone dos grandes riesgos:

1.- Asumir la soledad como un acto de fe, desde donde me desnudo y me confieso, me exorcizo y me revelo. Estar atenta, mirar alrededor y encontrarte con la nada y empezar una vez más cada vez.

2.- Combatir en el mismo terreno el asombro ante la creación como artista y el trajín de tu hogar, desde la cotidianidad de mujer y madre, de hija, de hermana, de amante y esposa.

Quienes hemos optado por el teatro, como nuestra vida y nuestra pasión y hemos optado también por la familia, no la hemos tenido fácil. Es muy duro y ciertamente muy complicado lidiar con dos universos paralelos tan poderosos y tan absorbentes, tanto el uno como el otro. La única manera de resolver esta situación, en mi caso, ha sido defender, contra viento y marea mi espacio personal. Y mi espacio personal es el teatro. No tengo por qué escoger entre el uno o el otro, los dos espacios, los dos universos me conforman y me son importantes y vitales.

He colgado mis lunas sobre el cordel del tiempo, ya no tengo prisa, pero es necesario sacar a orear las prendas para que no se enmohezcan. Miro atrás y me sorprendo saltando de luna en luna, jugando a ser mujer, creciendo, muriendo, renaciendo hasta llegar al momento en el que me encuentro hoy. Mujer de muchas lunas, mujer nacida de la verruga de un pie, mujer que ha parido dolores, mujer que ha parido alas y sonrisas, mujer que se ha parido a sí misma, mujer que baila con la muerte. Muerte que me espera, pero aún no es mi momento. Si ha esperado tanto tiempo… que espere un poco más, ya no tengo prisa; ahora entiendo por qué la muerte puede estar en un rinconcito fumándose un cigarrillo mientras espera. Pues que espere. Yo no tengo prisa. Mientras tanto yo seguiré el camino de mi luna nueva, cabalgando entre sábanas de arcoíris y bañándome con la luz plateada de mis noches. “Mi muerte, la mía, será de piedra. Conozco las pasarelas, los puentes giratorios, todas las zapas de la fatalidad. No puedo perderme. La muerte, para acabar conmigo, tendrá que contar con mi complicidad.

 

Fragmento  del texto leído el 15 de enero de 2014, durante la sesión matutina del Evento Teórico Sobre Dramaturgias y Representación, del Festival Internacional Magdalena sin Fronteras IV, Santa Clara, Villa Clara.

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