Música

Hoy cantó Postrova

Fernando León Jacomino • La Habana, Cuba

El pasado viernes 10 de enero, como cada semana en la capital cubana, Silvio Alejandro Rodríguez dio la bienvenida al público habitual de su peña Tres tazas, espacio que ha sostenido durante varios años y que ahora  funciona en La Pérgola del Pabellón Cuba. Calculo que ya la descarga habría comenzado cuando recibí un SMS anunciando la presentación informal de lo que en otro tiempo fue el Dúo Postrova, intregrado por Eduardo Sosa y Ernesto Rodríguez.

Esta fue una de las agrupaciones de pequeño formato que destacaron por su originalidad durante los años noventa; década, como se sabe, muy difícil para todos los cubanos pero, tal vez por eso mismo, propicia para la creación de espacios íntimos a favor de la poesía y la trova. Reducidas al mínimo las publicaciones de todo tipo y limitada a niveles inimaginables la capacidad de movimiento entre las diferentes regiones del país, la oralidad y el contacto interpersonal se fueron convirtiendo casi en la única vía para socializar el último poema y la mejor canción. Era la época de las peñas de 13 y 8, en La Habana, del nacimiento y desarrollo de Las Romerías de Mayo, en Holguín, de editoriales emergentes como Sed de Belleza y Reina del Mar y de muchos otros espacios y eventos generados desde la Asociación Hermanos Saíz y auspiciados por un sistema institucional maniatado pero, por primera vez (y quizá por mero instinto de subsistencia), interesado en respaldar aquellos inexplicables impulsos. Resultantes de la acumulación cultural que había estallado en la década anterior (los ochenta), tales espacios se atemperaban forzosamente a la contracción material y de infraestructura imperante, sin renunciar a la vocación de servicio de aquellos años, cuando la relación directa con el espectador primaba por encima de cualquier interés mediático o comercial.  

La guitarra, insustituible para la gestación del hecho artístico pero insuficiente como medio de expresión a mediana y gran escala, tampoco podía soñar entonces con el respaldo tecnológico del que hoy no se nos ocurriría prescindir, ni con sostener agrupaciones acompañantes.  Aquella indefensión material terminaría tributando a la readecuación y descentralización de pequeños y medianos circuitos promocionales y a la creación de formaciones mínimas de cantautores que devinieron casi siempre en laboratorios creativos y proyectos de vida en común. Así surgieron el llamado Grupo de 13 y 8, que hoy conocemos como Habana Abierta, el Trío Enserie y los dúos Cachivache, Gema y Pavel, Postrova y Buena Fe.

Sin ánimo de establecer relaciones causales directas entre aquel contexto y estas agrupaciones, que sería tema para otro artículo, lo cierto es que la inmensa mayoría de aquel legado, recogido apenas en unos pocos discos, sigue siendo hoy tan novedoso como desconocido por amplios sectores de público, especialmente los más jóvenes. Corresponde excluir de esta generalidad la trayectoria de Buena Fe, sobreviviente de aquel movimiento y única formación que ha sabido transitar con éxito hasta las actuales condiciones de reproducción cultural y que ha empujado a la institucionalidad hacia un modelo de gestión funcional que, paradójicamente, ofrece cada vez menos espacio para lo mejor de nuestra cancionística.

En aquellas condiciones de los primeros noventa surgió la agrupación de Sosa y Ernesto, cantautores santiagueros que hoy defienden sus respectivas carreras en solitario, uno en Cuba y el otro en Isla Margarita, Venezuela.  Tras varios años de labor, primero en Santiago de Cuba y luego en La Habana, grabaron el que terminaría siendo su único disco, titulado Postrova, contentivo de 11 temas originales, dos versiones y una musicalización de versos martianos.  El disco, licenciado en Cuba por Bis Music en el año  2000 pero publicado en 1998, abrió las puertas a la circulación internacional de un trabajo que nunca se escuchó lo suficiente entre nosotros, en parte como consecuencia de la desatención sistemática de más de una casa disquera local.

Tuve el privilegio de conocer al dúo en 1995, cuando ni siquiera se llamaba Postrova. Después nos seguimos viendo con determinada frecuencia en eventos, reuniones de artistas y hasta en trenes de ida y vuelta, y fuimos compartiendo cada nueva canción y construyendo una amistad que todavía dura, afortunadamente. En uno de esos encuentros, Sosa me contó de cómo se unió a Ernesto para cubrir el espacio dejado por otro trovador santiaguero, que había decidido tomar otros caminos y que luego conoceríamos como William Vivanco. Por eso el dúo que yo conocí se llamó Wiler, hasta un día en que Salvador Palomino, amigo entrañable y artífice de la etapa que vendría, se ocupó de explicarme las intenciones y potencialidades de aquel nuevo nombre. Así, tras varios años de precariedad de todo tipo,  Postrova comenzó a disfrutar de cierta difusión radial y televisiva, en parte gracias al empuje promocional  de José Luis Cortés, y logró posicionarse como una de las principales novedades del ámbito musical cubano.  Es entonces que Caribean Production y EMI Odeón deciden incluirlo en un paquete comercial de reciente creación,  denominado El joven son.

La idea de este nuevo proyecto, liderado por Seju Monzón, consistía en presentar a varios artistas jóvenes a los sectores de público conquistados por el fenómeno Buena Vista Social Club, ampliamente difundido en Europa y el Reino Unido y ganador del Premio Grammy en 1996. Por eso Monzón consigna, en su nota a la ópera prima del dúo, su interés por dejar testimonio sobre esa otra zona de la creación musical nacional “fruto del estudio y la preparación con que salen los músicos cubanos de las escuelas de música, manejando el mástil de la guitarra y el tres con tremenda soltura y virtu