Teatro Martí

Una segunda vida para el coliseo de las cien puertas

Yeneily García • La Habana, Cuba
Sábado, 25 de Enero y 2014 (10:14 pm)

Si fuéramos a creer en rumores, está muy cerca la noche en que el Teatro Martí anuncie el inicio de sus funciones, en un renacer glorioso del que fuera escenario por excelencia para el género bufo y la zarzuela en Cuba.

Llamado con toda justeza “el coliseo de las cien puertas”, por el poeta José Fornaris, este monumento recibirá de nuevo a los habaneros después de permanecer cerrado por cuarenta años, tras décadas de restauraciones y un amplio trabajo de rescate en sus estructuras, que le han devuelto su antiguo esplendor.

Inaugurado en 1884 en la misma sede que ocupa hoy, en Dragones y Zulueta, el Martí tomó primero como nombre el apellido de su propietario, Ricardo Irijoa, para luego homenajear al Apóstol, justo a inicios del siglo XX.

El público asiduo a este teatro se acostumbró a ver en cartelera a figuras ahora imprescindibles en la historia de las artes escénicas y la música en la isla como Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, quienes consolidaron la lírica criolla con el estreno de sus obras más representativas; Rita Montaner, Caridad Suárez, Alberto Garrido (hijo), Arquímedes Pous, Federico Piñero, y las inolvidables Alicia Rico y Candita Quintana.

Dentro de sus paredes se estrenaron La mulata María, primer libreto de Federico Villoch; Rosa, la China, de Ernesto Lecuona; Soledad, Amalia Batista y María Belén Chacón, de Prats; y Cecilia Valdés, de Roig.

Con el conocimiento de toda esta historia a cuestas, quise apreciar de primera mano el trabajo de restauración de un lugar tan querido y emblemático en la memoria popular.

Proteger la esencia del lugar ha sido muy importante para quienes laboran en su puesta en marcha, la cual recibió un nuevo impulso hace unos años, protagonizado por la Oficina del Historiador de la Ciudad.

De un edificio en ruinas, que en 2005 solo conservaba la fachada, el Martí ha pasado a ser un primoroso ejemplo de cuánto se puede lograr si se tiene pericia y ganas de hacer bien las cosas.

Las labores de restauración se realizaron a partir de testimonios, fotografías de la época y piezas originales que todavía se conservaban, lo cual permitió un alto nivel de detalle en la terminación y el acabado.

Se tuvo en cuenta la inventiva y las soluciones que permitieran llegar a cumplir los requerimientos que cualquier teatro moderno necesita, respetando al mismo tiempo la arquitectura y diseño originales.

Así, para lograr una buena acústica, en un lugar que se proyectó para tener abiertas múltiples ventanas —prácticamente imposible con el ruido ambiente de La Habana contemporánea—, fue necesario cerrar y climatizar la totalidad del recinto, situar juntas aislantes de sonido en la ahora renovada carpintería francesa de la fachada y utilizar recursos como alfombras y cortinas gruesas.

A estos esfuerzos se unió la instalación de la mecánica escénica y la plataforma elevadora debajo del escenario, el montaje de luces, la ampliación de los camerinos, la cafetería y los exteriores, y la mejora de un inmueble anexo para brindar facilidades a los artistas y albergar las oficinas de dirección. Todo bajo la máxima de cambiar solo lo imprescindible.

Ahora, cuando ya el grueso del trabajo ha terminado, el sueño de escuchar las tres campanadas de rigor al comienzo de un espectáculo no está tan lejos. El espectador asiduo de hace más de cuarenta años seguro quedará encantado con lo que se hizo con el Martí, y los que lleguen atraídos por su leyenda, quizás se enamoren de este nuevo viejo teatro, que tendrá a partir de su reinauguración una segunda vida, esperemos, tan llena de recuerdos e historias como la primera.

Fuente: Cubahora

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