Rosa Beltrán

“Creo que el invento Gutenberg es insuperable”

Ana Lidia García • La Habana, Cuba

La narradora, ensayista y profesora mexicana Rosa Beltrán devoró las páginas de las obras concursantes en la 55 edición del Premio Literario Casa de las Américas, convencida de que encontraría “cuentos memorables”. Para la autora de volúmenes de relatos como La espera (1986), Amores que matan (1996) y Optimistas (2006) – de quien Elena Poniatowska señalara su joven y fecunda capacidad creadora – participar como jurado en este certamen ha significado una oportunidad para descubrir nuevas historias que contar y para escuchar las voces de la literatura del continente.

“Desde que era muy joven Casa de las Américas significó leer por primera vez a Jorge Ibargüengoitia, un autor mexicano a quien admiro y aprecio muchísimo porque ganó con su novela Los relámpagos de agosto (1965) este Premio, que desde entonces era el faro que hacía que la literatura latinoamericana se conociera. Esta institución funciona, además, como una fuerza centrípeta que nos permite luchar contra la atomización de los títulos, impuesta por los grandes mercados.

Es una paradoja que en la época de la globalización, con los avances tecnológicos, los mexicanos no sepamos qué escriben los costarricenses, los puertorriqueños, los cubanos y menos aún los haitianos y dominicanos. Resulta también muy encomiable el esfuerzo de Casa de las Américas por vincular a los latinoamericanos de otras lenguas; que se incluya ahora a otras islas del Caribe y que se haga una mención específica a la creación de mujeres. De esta forma, se transgrede la mirada vertical, unívoca; se le abre las puertas a la literatura que se escribe contra el canon, desde otras latitudes y géneros”.

En sus ensayos se ha detenido también en la literatura escrita por mujeres, ¿qué rasgos definen esa producción?

Todas las escritoras, al igual que hacen los hombres, escribimos contra un canon y al mismo tiempo como parte de una tradición. La mirada sesgada, ese vivir de manera oblicua, escuchando mucho más que hablando, en términos históricos, ha hecho que la obra escrita por mujeres sea variada, poderosa, creativa y que a veces se escape de los parámetros canónicos. Es importantísimo lo que se produce actualmente, lo ha sido desde hace muchos años; no lo haríamos si no fuera por quienes nos antecedieron. Una muestra del reconocimiento que empieza a tener es el hecho de que la cuentista canadiense Alice Munro haya ganado en 2013 el Premio Nobel. Pienso que la literatura que hacemos cada vez está más viva.

Los más de 200 volúmenes que concursaron este año en la categoría de cuento advierten la fortaleza del género en el continente…

No me extraña el número de participantes, pues en América Latina ha existido una tradición muy importante en este género desde el siglo XIX. En ese propio período y a principios del XX se leía mucho cuento junto a la poesía. Después, llegó la etapa de la novela por la que se interesaron las grandes editoriales, pero siempre los relatos han mantenido su vigencia, su espacio y sus lectores. Creo que los latinoamericanos somos narradores natos de historias; que la tensión con la que se cuenta y el poder imaginativo de la experimentación van a estar presentes como han estado siempre y como puede verse en cualquier antología.

¿Qué elementos de un cuento la motivan a calificarlo de memorable?

A pesar de que ya no se piensa en el final cerrado o climático, sigue habiendo una diferencia tensional que hace que el cuento tenga que ser mucho más preciso y exacto que la novela. No debe haber nada que sea distracción, desperdicio, divagación. Todo aquello que en la segunda puede enriquecer lo que se está narrando, en el primero lo empobrece, porque lo diluye. Las mejores obras serán siempre las que nos estremezcan, las que queden en nuestros corazones.

¿Cómo asume la experiencia de enseñar literatura a jóvenes del siglo XXI, nativos digitales?

Es una experiencia siempre fascinante aunque ardua a ratos, porque si bien creo que se escribe en esta época más que en ninguna otra, los jóvenes están muy metidos en Twitter, Facebook, en todas esas formas de escritura que no existían y que son experimentos realmente interesantes y creativos en algunas ocasiones. La actual situación impone también un ritmo, un vértigo, una velocidad que impide a veces que se conozcan las obras literarias de quienes nos antecedieron. Entonces, siempre es reconfortante la idea de abrir ventanas y puertas por primera vez a estas muchachas y muchachos y enseñarles la tradición cuentística y novelística.

Me alegra ver cómo se van encantando con las maneras de narrar, con toda la variedad y potencia de la historia literaria que no es tan distante como pudiera parecer. Van comprendiendo cuánta resonancia hay con los problemas humanos, que al fin y al cabo siguen siendo los mismos, y se van apropiando de las distintas maneras en las que se pueden contar.

Invariablemente empezamos los cursos de la misma forma: con rostros un poco escépticos, pidiéndoles que apaguen sus móviles, que no se comenten por mensajes de textos y, paulatinamente, voy viendo la transformación. Al final presentan trabajos extraordinarios y muchos de ellos se marchan con la viva convicción de participar en talleres literarios. Se dan cuenta de que tienen derecho a vivir esta experiencia desconocida. Es como hablarle por primera vez a alguien de que existe el amor y regalarle ese platillo delicioso que todavía no ha probado.

¿Cómo vislumbra el futuro de la literatura, ante la consolidación de nuevos medios y formas narrativas?

Pienso que estamos viviendo una época de enormes cambios y eso a mí me provoca una gran curiosidad. No creo que el hecho de que surjan nuevos medios atente contra los otros, al contrario. El invento Gutenberg no ha llegado a su fin, simplemente convive con otros soportes que, en su mejor faceta, nos van a enseñar a interpretar desde otra perspectiva lo que antes se pensaba como propiedad exclusiva de los autores.

Internet nos permite apropiarnos de otras formas narrativas que no había hasta hace poco y nos vincula con personas que de lo contrario fueran inaccesibles. Por un lado, es cierto el peligro de perderse en esta gran oferta que puede vaciarnos y equivocarnos. Sin embargo, si sabemos cómo y dónde buscar, puede ser la oportunidad de entrar a un mundo con puertas grandísimas como las de Babilonia y conocer maravillas que no sospechábamos que estaban ahí. 

Sabemos que internarnos en el mundo de la Red de redes es también internarnos en el más allá de la escritura. Nunca mejor que ahora podríamos decir que nuestro reino no es de este mundo, quién sabe de dónde es. Ese sueño de la originalidad que nace con el romanticismo y un poco antes, con la construcción de la idea de un sujeto individual, no deja de ser artificial. Precisamente, el uso de las nuevas tecnologías, la idea de compartir saberes, nos demuestra que en realidad todo conocimiento es una forma de creación colectiva. Creo que es insuperable el invento Gutenberg, vivo entre libros, aunque eso no me impide atisbar nuevos horizontes, asomarme a otros mundos.

 

 

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