Murmurios del Cauto para los jóvenes santiagueros

Cira Romero • La Habana, Cuba

“Periódico literario dedicado a la juventud cubana”, se lee en el primer número de esta publicación semanal aparecida en Santiago de Cuba el 23 de marzo de 1862. No hay constancia de quién fue su director. En dicho ejemplar se expresaba:

A los Murmurios del Cauto le sucederá lo que a los hombres y los pueblos. Él comenzará débil; y más de un desdeñoso lo mirará con los ojos del indeferentismo; pero seguirá firme en sus pasos y andado los días llegará el momento en que los desdeñosos, los indiferentes, los egoístas dirán: y ¿cómo de unos murmurios tenues y lánguidos ha podido formarse un caudal? Entonces, (¡ah esperanzas! cuán bella eres) será que muchos desearán  dar su contingente a los Murmurios, unos haciendo con sus fuerzas pecuniarias que se sostenga un periódico cuyo título dice cuanto se puede desear, título cuya palabra recuerda uno de nuestros más bellos monumentos naturales: el Cauto, ese paterno río en cuyas orillas hay ocultas tantas tradiciones cubanas que ahora saldrán del encierro en que por espacio de más de tres siglos han estado escondidas, no olvidadas; y otros haciendo con esa fuerza que da amor a la Patria, con esa voluntad que tan generosa despierta del letargo cuando se nombra un objeto en que va embebida nuestra historia, que se aúnen los ánimos; y con las producciones literarias, débiles ahora, de unos;, fuertes, de otros, contribuyan a que los Murmurios literarios sean una semejanza completa de los murmurios del río en cuyas aguas se bañaron los hijos del Sol, los pacíficos habitantes del mundo de Colón.

Publicó cuentos, poemas, fábulas traducidas del inglés y del francés, artículos costumbristas, trabajos sobre la moral y la educación. Dedicó especial atención a los adelantos que se operaban en la ciudad de Santiago de Cuba, su historia, apuntes biográficos de sus mejores hijos y notas estadísticas.

Tuvo una sección llamada “Avenidas” que reprodujo noticias. Publicó, por capítulos, la novela Un joven alemán, de Tristán de Jesús Medina, figura poco estudiada de la literatura cubana, pero de indudable interés. Nacido en Bayamo en 1833, falleció en Madrid en 1886. Muy joven se trasladó a Santiago de Cuba, donde fue administrador de la Aduana. Posteriormente viajó  a La Habana para realizar estudios que luego continuó en Filadelfia. Más tarde se instruyó, en Madrid, en latín y griego. Completó su educación en Alemania, donde estudió violín. De nuevo en Santiago de Cuba, determinó seguir la carrera eclesiástica y se ordenó en el Seminario de San Basilio el Magno. En El Redactor dio a conocer su novela Una lágrima y una gota de rocío. Fue en un periódico de dicha ciudad, titulado El Orden, donde dio a conocer su citada novela Un joven alemán.

Otras labores intelectuales llenaron la vida de este particular hombre: fundó, también en Santiago de Cuba, los cuadernos No me olvides, redactados casi enteramente por él, y donde publicó los primeros capítulos de su novela El doctor In-Fausto. Colaboró en publicaciones habaneras y tuvo cierta nombradía como orador sagrado. Viajó por Inglaterra y de nuevo en España desempeñó, en el Ateneo de Madrid, la cátedra de “Símbolo de la civilización”, y también participó en reuniones abolicionistas. Su inclinación  a la heterodoxia y su matrimonio con una dama de familia anglicana lo llevaron a los medios protestantes y a la idea, incluso, de fundar una iglesia nueva. Por dos veces le fue suspendida las licencias de confesar y comulgar, pero al final de sus días se reconcilió con el catolicismo.

Una de sus obras más sobresalientes es Mozart ensayando su Requiem, que formó parte de un proyecto inconcluso titulado Cuentos de un diletante.

Cintio Vitier ha afirmado que “con la excepción de José de la Luz y Caballero y desde luego Martí, ningún escritor cubano del siglo xix tuvo una experiencia tan rica, dolorosa y profunda de los problemas últimos del espíritu [...] y quizás ninguno en absoluto llegó a un conocimiento tan íntimo y vital de lo que podríamos llamar problemas demoníacos”. Hombre de aliento místico, demostrado sobre todo en Mozart...., logró con esta obra  una mezcla acertada de música y lenguaje, unidos en una particular intensidad emotiva.

Tristán de Jesús Medina frecuentó las páginas de Murmurios del Cauto mientras residía en Santiago de Cuba y formó parte de algunas tertulias literarias donde expuso su particular apreciación del arte y la literatura, que le consiguieron detractores y partidarios. Fue también excelente crítico literario y Vitier no dudó en incluirlo en su obra antológica La crítica literaria y estética en el siglo xix cubano.

Muchos de los colaboradores de Murmurios... firmaron bajo seudónimo —Furraca, Remigio, Antenor, Melibeo, Chepe, Bembenuto y El hijo del Damují. Se trataba este último de Antonio Hurtado del Valle (1841-1875), natural de Cienfuegos, quien murió en la manigua insurrecta. Algunas de sus composiciones fueron recogidas en la antología Los poetas de la guerra (1893), prologada por José Martí.

Otros escritores prefirieron acudir a estas páginas con su nombre, como José Joaquín Palma (Bayamo, 1844-Guatemala, 1911), poeta romántico y revolucionario y uno de los principales redactores de El Cubano Libre, quien residió en Centroamérica desde los 26 años hasta su muerte. A él se debe la autoría del himno nacional de Guatemala. Dedicó una composición poética a María García Granados, el amor guatemalteco de José Martí. Con este último sostuvo correspondencia. Leamos un fragmento de ese poema:

Rompió la muerte el delicado broche

            Que a la existencia terrenal te unía:

            ¡Así mueren los lirios de la noche

                           Al resplandor del día!

 

Como un aroma tu postrer aliento

          Aún vive en las magnolias entreabiertas:

          ¡Así dejan perfumes en el invierno

                                  La tuberosas muertas!

 

Feliz virgen que inocente y pura

                  Nos dice “adiós” y las pupilas cierra,

                  ¡Sin que manche su blanca vestidura

                                          El fango  de la tierra!

[---]

Duerme del sauce al soñoliento ruido,

        Ese sueño feliz de eterna gloria;

        Que el musgo amarillento del olvido

        No cubra tu memoria.

 

Que implores por los tristes de la tierra,

                                 Que vele siempre la piedad cristiana

                                 Apoyada en el mármol que te encierra

                                 Y... ¡adiós! ¡Hasta mañana!....

Otros colaboradores de Murmurios del Cauto hoy son apenas conocidos: Carmen Perozo y Beltrán, Néstor Martínez y Guía y Juan Izaguirre. Nombres como los de Federico García Copley y Francisco Agüero y Agüero tuvieron discreto relieve en nuestra vida literaria.

Murmurios del Cauto, sin ser una revista de rango principal, recogió en sus páginas nombres de la vida cultural de Santiago de Cuba y de otras regiones del país apenas unos años antes de que la contienda bélica detonada en octubre de 1868 dispersara a nuestros mejores hombres de letras. Queda como testimonio fiel de su momento histórico con páginas de indudable importancia; escritas, algunas de ellas, por figuras muy significativas del siglo xix cubano. 

 

 

 

 

 

 

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