La mujer de al lado

Durante el lapso entre una relación amorosa y otra, Zé vivió en un apartamento muy breve ubicado en las afueras de la ciudad. Era un apartamento de edificios gemelos. Dicho en otras palabras, pertenecía a un complejo formado de varias construcciones idénticas. Las ventanas iguales, pues, se enfrentaban. Y Zé podía observar al vecino inmediato con toda nitidez. Era como si un óleo vivo colgara en su sala. Del día a la noche, escenas de otra vida transcurrían ante sus ojos.

Quien aparecía a todas horas, todos los días, era una joven con la que Zé se había cruzado varias veces. Pero no la conocía: nadie se la había presentado de manera formal. Eso sí, siempre le atrajo. Sabía que la llamaban Sole.

Qué sorpresa, pensó, ahora resulta que Sole vive a mi lado.

Como sea, Zé no se sentía cómodo saludándola o conversando con ella. Siempre que se topaban en la calle, una tensión incómoda chispeaba entre ambos. Y seguían su camino sin hablarse.

Quizás para aligerar tal tirantez, Zé había inventado un juego. Cuando la encontraba sentada, parada o tendida, se ponía en un lugar invisible para ella, e imitaba sus posturas. Le agradaba lograr el máximo parecido. Algunas veces lo conseguía y hubiera podido decirse que eran espejo uno del otro. Sólo los diferenciaba que Zé era hombre y Sole mujer.

Algunas tardes, la veía llegar cabizbaja y juraba por Dios que él comprendía su desconsuelo, que había experimentado tristezas parecidas.

Un día amplió la travesura. Se le ocurrió adivinar sus pensamientos e inventar conversaciones; imitaba la voz de Sole. Recurría mucho a frases que había escuchado y que, de algún modo, le parecían creíbles para una charla entre ambos. Pero también a saludos simples u ocurrentes. Agudizando el tono, susurraba: Buenos días, Zé que duermes a mi lado. Y se reía solo.

A veces llegaba al departamento abatido por alguna razón. En esas ocasiones, le asaltaba la urgencia de estar con alguien. Entonces miraba a Sole entre las cortinas e iba hilando un diálogo inventado. Le preguntaba cosas, y respondía él mismo con la voz que había creado para ella.

Otras veces, llegaba el momento de desvestirse y dormir, y ella aparecía en ropa interior o desnuda, andando por su sala. Zé, entonces, actuaba como si vivieran juntos. Bromeaba sobre la inminencia de acostarse y hacer el amor. Le decía cosas lindas sobre su figura. Le prometía un desayuno en la cama.

Una mañana, Zé salió descuidado de su edificio. Se encontró de golpe con Sole. Ella le sonrió pero él se sintió confundido y su conducta fue errática; al no tener distancias que le protegieran, se asustó. Giró sobre sus pies, sin decir palabra, y se fue. Cuando se arrepintió de lo que había hecho, ella ya se había ido.

Desde su cuarto, Sole lo ve acostarse. Dice engrosando el tono, fingiendo la voz de Zé: Buenas noches, Sole que duermes a mi lado.
 

Tomado de La libreta de Ariadna. Antología (1996 -2012), Fondo Editorial Casa de las Américas, 2013. 
 
Carlos Wynter Melo: (Panamá, 1971). Publicó en 1998 su primer libro: El escapista (Premio Nacional de Cuentos José María Sánchez). A él se han sucedido los títulos Desnudo y otros cuentos (2001), El escapista y demás fugas (2003) e Invisible (2005). En 2007  figuró en la selección que integró el Encuentro de Escritores Latinoamericanos de Bogotá, destinado a reunir a un grupo significativo de escritores de hasta 39 años. En el 2011 fue parte de los 25 secretos literarios de la feria Internacional del Libro de Guadalajara. Sus textos han aparecido además en numerosas revistas, y en antologías como Papayas und Bananens (2002), Panamá cuenta (2003), Soles de papel y tinta (2003), Sueño compartido (2005) y Vivir donde América hace cruz (2010).

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