Un día en la vida de Martí

Jorge R. Bermúdez • La Habana, Cuba

Durante los últimos años de su vida neoyorkina, al mar fue Martí por breves períodos de tiempo, a veces, por un día. De las playas del este, fueron Bath Beach y South Beach las más visitadas por él. En Bath Beach, además, vivía Carmen Miyares de Mantilla con su hija María, en una casa de pino blanco. En carta a Serafín Sánchez, del 18 de agosto de 1892, le dice: “Aquí me vine, a este rincón de mar, a componerme, como le digo, el espinazo, trabajando sin tanta conversación como en Nueva York — a recoger los últimos hilos de todos esos trabajos— y luego, por el primer vapor, antes de fin de mes, a Santo Domingo”[1]

Jose Marti

El recorrido hasta Bath Beach se iniciaba en Nueva York, en Batteery Place, donde abordaba el ferry que realizaba los viajes entre Manhattan y Brooklyn, y en este último lugar, el tren a Bath. En el cruce de la bahía ya le era familiar pasar por debajo del puente colgante de 3 455 pies —el más atrevido proyecto de ingeniería de la época—, que une a Nueva York con el fabril condado de Brooklyn. Al inaugurarse el 24 de mayo de 1883, él no pasó por alto tamaño portento, y escribió: “Los puentes deben ser las fortalezas del mundo moderno. Mejor que abrir pechos es juntar ciudades”.[2] Sin duda, el puente colgante de Brooklyn fue una de las obras de ingeniería que más admiró el Apóstol. Al puente, y a los ingenieros y obreros que hicieron posible tamaña construcción, les dedicó páginas tan vívidas que, aún hoy, nos hacen copartícipes del asombro y el entusiasmo de aquellos que entonces lo vieron por primera vez. “Ante nosotros —escribe— se abren cinco vías, sobre la mampostería robusta comenzadas: las dos de los bordes son para caballos y carruajes, las dos interiores inmediatas entre las cuales se levanta la de los viandantes, son la ida y venida del ferrocarril, cuyos amplios vagones reposan a la entrada: como a los 700 pies la mampostería cesa, y empieza el puente colgante, que los cuatro cables paralelos suspenden, trabados a los eslabones de hierro, que cual inmenso alfanje encorvado con la punta sobre la tierra, atraviesan la mampostería, como si tuviera el mango al río y el extremo a la ciudad, hasta anclar en el fondo de la fábrica. (…) Parecen los dos arcos poderosos, abiertos en la parte alta de la torre, como las puertas de un mundo grandioso, que alegra el espíritu… (…) Y el puente —encumbrado en su mitad a 135 pies, para que por bajo él, sin despuntar sus mástiles ni enredar sus gallardetes, pasen los buques más altos, comienzan a descender, en el grado mismo en que su mitad primera asciende (…) bajo sus planchas de acero silban vapores, humean chimeneas, se desbordan las muchedumbres que van y vienen en los viejos vaporcillos… (…) Regocija lo inmenso”.[3]

Y, una vez más, como tópico de la ciencia y la técnica más avanzada de la época, recuerda la electricidad, la “¡Hermosa luz eléctrica!”, sin cuya aplicación no hay ya para él obra grande que se complete. “Bien hacen —escribe el Maestro—, puesto que es ley que vayan juntos análogos símbolos, en iluminar con la luz de los astros el puente de Brooklyn. Entrar por aquellas aéreas avenidas, cuando todo reposa, y con la suave luz de las estrellas brillan sobre los sutiles cordeles de alambre las lámparas eléctricas; dormidas, como dos ejércitos, las dos ciudades; el cielo encendido; en calma el río solemne; y en torno el aire blando iluminado, como con reflejos de alas de ángeles, —la mano estremecida y respetuosa despoja del sombrero la cabeza, y aunque el estático cuerpo quede erguido, se siente que se ha caído de rodillas”.[4]

Desde aquel histórico día de mayo de 1883, cuantas veces Martí hizo el ya acostumbrado cruce del río, observó, respetuoso y emocionado, cual templo de una nueva orden, la notable obra. Hoy, no fue la excepción, cuando la imponente cinta colgante echó su sombra sobre la cubierta del ferry, mientras sus poderosas paletas hendían las turbias aguas del Hudson, sacándole a fuerza de espumas alguna fresca oloración. A lo lejos, la tardía mañana neoyorkino aún obligaba a mantener encendida la antorcha de rojo vidrio de la Estatua de la Libertad, regalo del pueblo francés al norteamericano por el centenario de su independencia del colonialismo inglés… “ganada con ayuda de sangre francesa”, recordó Martí.

Para entonces, el puente de Brooklyn y la Estatua de La Libertad no sólo eran ya parte esencial de la imagen de identidad de la gran ciudad, sino de toda la nación: símbolos de un ideal de pueblo a identificar con un nuevo modelo de vida y sociedad. Si para Martí el “puente” era el mejor exponente del desarrollo alcanzado por la arquitectura de ingenieros y el progreso tecnológico aplicado a las comunicaciones terrestres, la “estatua” no lo era menos de un proceso emancipador de carácter nacionalista a escala global, signado por la justicia social y la solidaridad entre los pueblos, aun cuando los ideales levantados y defendidos por estos habían mermado en demasía a imperativos del tiempo, la realidad y los intereses de los grandes estados.

Estas y otras tantas crónicas — ¿no sería más justo llamarlas poemas en prosa?— dieron a conocer a Martí al gran público hispanoamericano. Y, justamente, la relacionada con la famosa estatua, le mereció el elogio del gran escritor y político argentino Faustino Domingo Sarmiento, quien en carta a Paul Grousacc, aparecida en La Nación de Buenos Aires, el 4 de enero de 1887, con el título “La Libertad iluminando el mundo”, dice de nuestro Hombre Mayor: “En español, nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo, nada presenta la Francia de esta resonancia de metal”.

Como tantos otros domingos del verano de 1892, de regreso a Nueva York, ya tarde en la noche, en la estación de trenes o en la del ferry, acodado a una multitud que cabecea en la espera, bajo los globos de vidrio de Brusch, se apresta a escribir unos apuntes que horas o días más tarde concluirá en un artículo para Patria. En tales circunstancias, la elección de un tema americano cualquiera le permite trascender el momento, alentar en su prosa esa visión entre profética y heroica, con la holgura metafórica de lo que se sabe y se siente como propio… Y salirse de sí mismo. Pero, precisamente hoy, al llegar a la habitación y descalzarse, no da con la hebilla de cierre del zapato. Sólo entonces recuerda el nuevo diseño de calzado que compró. Olvido o cansancio, ¡qué más da! He aquí la reflexión que le nace de un hecho supuestamente banal para cualquier otra persona, menos para él: “Los movimientos inteligentes de los músculos. Otra especie de inteligencia, que dirige los actos que se llamarían “maquinales”. Mis pies, acostumbrados a ir a tal hora durante dos años a aquella casa de Madrid, se iban solos, y me llevaban delante de la puerta, cuando yo iba leyendo, y pensando en asuntos distintos de la casa y la visita. Podría decirse que era el afecto, el deseo, una como voluntad involuntaria. Pero ahora, al quitarme los zapatos de goma, que son diferentes de los que tuve ayer, mi mano fue a buscar la hebilla que los cerraba sobre el empeine, en vez de ir al talón, que es por donde se quitan éstos”.[5] ¿Qué quiere explicar Martí con esa “otra especie de inteligencia, que dirige los actos”? ¿Qué expresa con tanta profundidad como sencillez, en ese verso de su razón: “una como voluntad involuntaria”? Apunta aquí, pues, como idea al paso, el reflejo condicionado, años antes de que esta teoría fuera desarrollada por el fisiólogo ruso Ivan Pavlov. La mejor biografía de Martí, sin duda, es su propia obra escrita. Él fue consciente de ello, cuando escribió: “Para un libro, yo”.



[1] O. C., t. 2, pp. 120-121.

[2] O. C., t. 9,  p. 432.

[3] O. C., t. 9, pp. 425-426.

[4] O. C. t. 9,  p. 446. En su primer viaje a México, en 1875, ante la belleza del Anáhuac, escribió: «Como que algo se cae dentro del pecho, y se arrodilla».

[5] O. C. t. 21, p. 404.

 

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