Un ruiseñor oculto ante nuestros ojos

Luis Toledo • La Habana, Cuba

En las afueras del pequeño teatro El Arca, esperábamos por un grupo de niños provenientes de una escuela cercana que habían sido invitados a la función. La propuesta para los pequeños era “El Ruiseñor”, una puesta de Christian Medina, líder del grupo Retablos, de Cienfuegos.

Cuando vi que los pequeños se acercaban recordé las salidas que desde la escuela hice hacia el teatro. La alegría que esto causaba en mí era incomparable, no dejaba de moverme ni bajo regaño. Pero lo que recuerdo con mayor nostalgia era cuando apagaban las luces y daba inicio la obra. En la función era imposible no comentar cada cosa que sucedía, de mí emanaban las más inocentes exclamaciones que compartía observando las caras de mis compañeros. La magia de los títeres era para mí algo inexplicable, algo que simplemente disfrutaba como parte de la historia, sin darle mayor importancia.

Imagen: La Jiribilla

Fui un niño entregado a cada fábula, influenciable por toda enseñanza. Tal vez porque nunca estuve ligado al teatro como proceso, lo disfrutaba sin querer traspasar los retablos. Veía muy lejano el arte del actor, y me gustaba ver los títeres en manos de quienes poseían la gracia para animarlos. Con los años nació en mí el deseo de conocer su funcionamiento, una curiosidad que solo pudo ser saciada mucho tiempo después.

La vida quiso que esta vez me tocara observar a los pequeños desde la experiencia ganada como joven titiritero. Sentado en el público, noté que permanecían reacios a dejarse llevar por la fábula. Trataban de descifrar el funcionamiento de cada personaje, preocupándose por el montaje y los trucos titiriteros. Creaban, sin darse cuenta, una barrera entre ellos y el actor, un muro que no conseguía arrastrarlos hacia las interioridades de la trama. Normalmente es en la adolescencia cuando los niños comienzan a interesarse por la razón de ser de las cosas y de la gente, su origen y destino. Esta preocupación bien guiada puede convertirse en la inquietud de las responsabilidades familiares y sociales. En la población infantil cubana se manifiesta una tendencia a quemar las etapas normales del desarrollo. ¿Qué consecuencias trae esto, cuáles son los ciclos que arrastran o que luego saldrán a flote en el momento equivocado? Cuando analizamos que el entorno actual es de videojuegos y equipos electrónicos donde ellos controlan todo, entendemos que el tiempo que les ha tocado vivir, los aleja cada vez más de la simple contemplación que requiere el teatro. ¿Cómo van a querer develar entonces sus misterios? En este punto es donde se hace necesaria la intervención de los educadores.

Siempre he creído que para disfrutar una obra de teatro infantil no es necesario superar una edad determinada, todo depende de la educación recibida. He visto niños de meses reaccionar tranquilamente ante obras concebidas para pequeños con cinco años o más, lo cual no quiere decir que los niveles de interpretación funcionen igual. Un niño más pequeño se fijará más en el colorido y las formas, y a mayor edad podrá comprender mejor la trama. Casi siempre los hijos de teatristas o personas ligadas al medio tienen mayor capacidad para asimilar el contenido, ya que desde pequeños aprenden a concentrarse. ¿Qué sentido tiene llevar a niños vírgenes en experiencias escénicas si no se les explica cómo deben comportarse ante una función? Puede que no lo comprendan desde la primera vez, pero así se crea el hábito. El error está en creer que todo viene desde del actor, y que siempre van a ser payasos que jugarán con ellos para controlar su hiperactividad; tiene mucha importancia la preparación que reciban para asistir a un lugar donde ellos no serán el centro de atención.

En la etapa de seis a once años, donde comienza la escuela en todos los países del mundo, la personalidad del niño sufre muchos cambios. Debe entender que las relaciones exigidas por la camaradería y la disciplina son mucho más variables que en la familia y debe poder cambiar según los ambientes y circunstancias también cambiantes. Debe aprender a conocerse como una personalidad polivalente, considerados los temperamentos más o menos flexibles o rígidos; ajustando su conducta a circunstancias particulares, lejos de dispersarse sin fin. Esto le proporcionará un entrenamiento útil a lo largo de toda su vida ¿Qué nivel de conocimiento respecto a esto tendrán las personas que guían a los pequeños estudiantes en estas etapas tan importantes de su formación? A veces la escuela debe llenar espacios que no pueden ser completados por los padres, por eso es tan importante que se desarrollen en los ambientes más diversos, sino será imposible corregir su personalidad en sus distintas facetas.

Imagen: La Jiribilla

Los niños con un desarrollo normal comienzan a sentir la poesía alrededor de los siete años, necesitan desplegar su imaginación y nada hay mejor que el arte para hacerlo. El teatro está más cerca de nosotros de lo que parece, si no varía el mundo artificial recreado muchas veces en nuestros hogares,  puede llegar a convertirse en algo frío e improductivo. El niño, instintivamente, quiere ahorrarse experiencias imitando a otros, por tanto, mientras más variantes se les ofrezcan más información retendrá. Cada fin de semana no pocos son los que mantienen una cartelera escénica para los más pequeños, a veces con calidad y  casi siempre con poco público. Ese puede ser un espacio que acerque a padres e hijos, que los una a través de sensaciones similares, provocadas en ellos por la propia obra teatral.

Los espectáculos de Christian Medina, se caracterizan por un alto nivel poético y por un exquisito terminado en sus diseños, lo cual crea un potente gancho visual para los más pequeños. A esto se suma la expresividad del actor, que desde la dilatación en su movimiento compone un mundo repleto de suavidad y dulzura.Tal vez los pequeños no entiendan completamente los símbolos, pero los almacenarán en su memoria, y un día, cuando los años pasen, y necesiten elegir entre dos soluciones, el cuento y su símbolo surgirán del fondo oscuro de su conciencia y serán ellos los que decidan. No hay lección moral que valga más que la contenida en un cuento, son fábulas que no se olvidan jamás.

Espero que los niños que asistieron a este teatro, tengan algún día la misma oportunidad que tuve yo, que pude observar nuevas generaciones y reconocerme en ellas. Tal vez entiendan que no se puede perder la ocasión de apreciar un suceso único e irrepetible, de la mejor calidad. Si acaso recuerdan esa visita teatral o al menos sienten una sensación de vacío ante ese pasaje de la infancia, puede ser que todo aún tenga remedio.

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